Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de del 2016

Lc 12,49-53
Mi paz les doy

El Evangelio de este Domingo XX del tiempo ordinario es un texto precioso que nos permite conocer los sentimientos profundos de Jesús y nos advierte que ante él, nadie puede permanecer indiferente o adoptar una postura neutral.

Ya la primera palabra es, por su misma naturaleza, inquietante: «Fuego he venido a arrojar sobre la tierra». Cualquier persona que hiciera esta afirmación pondría a todos en alerta. Más aun si agrega: «¡Cómo quiero que ya esté ardiendo!». Es claro que Jesús está usando una metáfora. ¿A qué se refiere? El fuego se caracteriza porque se difunde rápidamente y nada se resiste a su acción. Nos recuerda un texto de los Salmos, que probablemente tiene en mente Jesús: «Envías tu Espíritu, Señor, y todas las cosas son creadas, y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104,30).

Por eso, antes de ascender al cielo, promete a sus discípulos: «Recibirán una fuerza, cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Hech 1,8). Esa efusión del Espíritu tomó la forma visible de lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos el día de Pentecostés. Comenzó entonces a difundirse el testimonio de Cristo en la tierra. Ese anuncio debe renovar la faz de la tierra. ¡Esto es lo que Jesús anhela!

La segunda metáfora es semejante: «Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me urge que ya esté cumplido!». Jesús usó esta metáfora para indicar su pasión y muerte; lo ve como un baño en el que debe sumergirse completamente, para resurgir nuevamente. Expresa su fuerte deseo de que «ya esté cumplido (telesthé)». Su última palabra, antes de reclinar su cabeza en la cruz y entregar el Espíritu, es esta: «Está cumplido (tetélestai)» (cf. Jn 19,30). Le urgía llegar a ese punto, porque con su muerte y resurrección nos obtuvo el don del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra.

La segunda parte del Evangelio se introduce con una afirmación desconcertante de Jesús en forma de pregunta: «¿Piensan ustedes que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, les digo, sino división». Sabemos que la oración que Jesús dirige a su Padre es: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti... que sean uno como nosotros somos uno... que sean consumados en uno» (Jn 17,21.22.23). Y que en la última cena su legado es la paz: «La paz les dejo». Pero precisamente cuando afirma que les deja la paz, se ve obligado a distinguir: «La paz, la mía, les doy» (textual), y explicar: «No la doy como la da el mundo» (Jn 14,27).

La «paz como la da el mundo» consiste en decir y hacer lo que evite todo conflicto, lo que complace a la mayoría. La paz como la da el mundo se llama hoy «lo políticamente correcto». La paz de Jesús se basa en afirmaciones suyas que serían altamente incorrectas políticamente: «El que quiere a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,37-39). La división se produce, porque, ante Jesús, unos los acogen y lo aman más que la propia vida y otros lo rechazan. La división de produce porque el hijo lo acoge y el padre lo rechaza. Y ante Jesús nadie puede ser indiferente: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30). Jesús no acepta la neutralidad; el que se declara neutro es contrario. El evangelista Juan expresa esa diferencia en el Prólogo de su Evangelio: «Vino a los suyos (toda la humanidad) y los suyos no lo recibieron; mas a cuantos lo recibieron les dio el poder hacerse hijos de Dios» (Jn 1,11-12).

En este Evangelio Jesús adopta el modo de hablar de los profetas, que fueron enviados al pueblo de Israel para llamar a la conversión, cuando se iban tras otros dioses o cuando oprimían a los débiles. El profeta Jeremías condena la predicación de los falsos profetas, porque anuncian una paz falsa, que convive con la mentira y el fraude: «Desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, todos andan buscando su provecho, y desde el profeta hasta el sacerdote, todos practican el fraude. Han sanado el quebranto de mi pueblo a la ligera, diciendo: “¡Paz, paz!”, cuando no hay paz» (Jer 6,13-14). Los falsos profetas mantenían la situación de injusticia presentandose como anunciadores de paz. Esto es lo que Jeremías critica. A esto se refiere Jesús cuando dice: «No estoy aquí para dar paz», es decir, confirmar la injusticia; estoy aquí para llamar a conversión: «Conviertanse, porque ha llegado el Reino de los cielos» (Mt 4,17).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles