Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de del 2016

Lc 12,32-48
Dichosos ellos

«No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes se ha complacido en dar a ustedes el Reino». Con esta afirmación que Jesús dirige a sus discípulos comienza el Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario. Entendemos que Jesús con la metáfora «pequeño rebaño» se refiere a sus discípulos, porque en ese momento ellos eran una pequeña comunidad y lo seguían a él como las ovejas a su pastor. Entendemos que, con la expresión «el Padre de ustedes», se refiere a Dios, pues ya les ha enseñado a orar llamando a Dios: «Padre» (Lc 11,2). Entendemos que la razón por la cual los discípulos de Jesús no deben temer nada es que Dios les ha expresado su favor dandoles lo que Jesús llama «el Reino». Pero, ¿entendemos a qué se refiere Jesús con esa expresión? ¿Qué es lo que les da Dios? Es urgente aclarar este concepto, porque lo usa Jesús constantemente en su enseñanza.

Lo primero que debemos decir es que «el Reino» es un don de Dios: «Se ha complacido en dar a ustedes...». En la frase anterior Jesús ha afirmado que «el Reino» es superior a todos los bienes que el ser humano necesita para su vida: «No anden buscando qué comer ni qué beber, y no estén inquietos... ya sabe el Padre de ustedes que tienen necesidad de eso. Busquen más bien su Reino, y esas cosas se les darán por añadidura» (Lc 12,29-31). Sólo el Reino puede satisfacer al ser humano; lo demás también nos será dado, pero es «añadidura». Por sí solo no basta. Ahora entendemos por qué en la oración que Jesús enseña a sus discípulos «el Reino» es la primera petición: «Padre, venga tu Reino» (En la versión de Lucas, Lc 11,2). El Reino de Dios es un don que el ser humano recibe de Dios; pero exige del ser humano el desearlo más que todo otro bien. Por eso, no sólo es objeto de petición, sino también de búsqueda: «Busquen su Reino».

En el Antiguo Testamento el fiel judío sabía que la paz, que era la suma de todos los bienes, consistía en que Dios muestre su rostro propicio, como iluminado por una sonrisa. Dios manda a los sacerdotes bendecir, diciendo: «El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz» (Num 6,25-26). El fiel oraba diciendo: «Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro» (Sal 27,8-9).

Los discípulos de Jesús sabemos que el rostro del Padre es Jesús, como lo asegura San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha manifestado» (Jn 1,18). Jesús se extraña de que sus discípulos hayan comprendido eso: «¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). La Bula con la cual el Papa Francisco promulgó el Año de la misericordia comienza con estas palabras: «El rostro de la misericordia del Padre es Jesucristo» (Misericordiae vultus, N. 1).

Debemos concluir, entonces, que el Reino de Dios, que es el rostro de Dios iluminado sobre el mundo, es Jesucristo. Él es el don de Dios que concede al ser humano la paz y la felicidad plenas, el don que excluye todo temor. A esta misma conclusión llegó San Pablo: «El que no retuvo ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará, junto con él, gratuitamente todas las cosas?» (Rom 8,32). Teniendo el amor de Dios revelado en Cristo Jesús, el Apóstol no teme a nada: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,35.39). El Reino de Dios es, entonces, la expresión que Jesús usó para revelar su propia identidad: él es el amor de Dios manifestado a nosotros. Jesucristo es el don que Dios se complace en dar continuamente a su pequeño rebaño.

Todo lo demás cede en importancia ante el conocimiento de Cristo. San Pablo lo llama «basura» y «pérdida» (cf. Fil 3,8). A esto se refiere Jesús cuando exhorta: «Vendan sus bienes y den limosna. Haganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos». Nuestro tesoro debe estar en el cielo: «Busquen las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios... no las de la tierra» (Col 3,1.2). Ese debe ser nuestro tesoro, el del cielo, porque «donde está el tesoro de ustedes, allí estará el corazón de ustedes».

El discípulo que tiene su corazón en Cristo, no teme nada de este mundo. Tres parábolas agrega Jesús para indicarnos en qué forma debemos tener nuestro corazón en él: Como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran... como el dueño de casa que vela continuamente para que el ladrón no lo sorprenda desprevenido... como el administrador fiel y prudente a quien el Señor dio la administración de sus bienes. Lo común de los tres casos es la permanente atención al Señor. Jesús asegura: «Dichosos ellos».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles