Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Mayo del 2016

Jn 20,19-23
El Espíritu dará testimonio de mí

Si hay algo que está claro en el Evangelio de Juan es que Jesús prometió a sus discípulos que les enviaría alguien a quien llama: «El Paráclito, el Espíritu de la verdad, el Espíritu Santo». Cinco promesas se leen en su discurso de despedida: «Yo pediré al Padre y él les enviará otro Paráclito... el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16.17); «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todo» (Jn 14,26); «Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad... él dará testimonio de mí» (Jn 15,26); «Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes; pero si me voy, yo lo enviaré a ustedes» (Jn 16,7); «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los llevará a la verdad plena» (Jn 16,13). A estas promesas se agrega el gesto expresivo que realiza Jesús en la tarde del mismo día de su resurrección, cuando se puso en medio de sus discípulos que estaban reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos, como leemos en el Evangelio de este Domingo de Pentecostés: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”».

El nombre que Jesús le da –«Espíritu, viento»– insinúa que no se ve con nuestros ojos, ni se oye con nuestros oídos y menos se toca con nuestras manos. Por otro lado, leyendo con atención las promesas del Espíritu debemos concluir que su acción es esencial para un cristiano; más aun, esa acción distingue a un cristiano de quien no lo es: «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes lo conocen, porque permanece junto a ustedes y estará en ustedes» (Jn 14,17). Debemos concluir que la existencia del Espíritu y su acción en el cristiano es objeto de fe. El mundo está radicalmente incapacitado –no puede recibirlo–, porque «el mundo», en este contexto, describe aquel ambiente que se cerró a la fe en Jesús y en su palabra.

Los apóstoles recibieron el don del Espíritu prometido el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, de la resurrección de Jesús: «Unas lenguas como de fuego se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2,3-4). En esa ocasión la efusión del Espíritu sobre ellos adoptó el signo visible de esas lenguas como de fuego. Pero, además de la forma corporal como paloma que adoptó cuando descendió sobre Jesús en su bautismo, en todos los demás casos no tiene ninguna manifestación verificable a nuestros sentidos. ¿En qué nivel actúa el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo actúa en lo más profundo de nuestro ser, a un nivel que no podemos objetivar. Actúa sobre nuestras dos facultades principales, la inteligencia y la voluntad, antes de que en ellas se formen los pensamientos y los deseos. Y allí, a ese nivel, nos convence de que Jesús es la verdad y nos infunde el amor a él y el impulso de anunciarlo a los demás: «Él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio» (Jn 15,26.27). Ese testimonio de que Jesús es la verdad lo da el Espíritu ante nuestro espíritu y allí es donde se forman nuestras convicciones de fe. El Espíritu actúa, entonces, sobre nuestra inteligencia revelandonos la verdad sobrenatural, esa verdad que nuestra inteligencia no puede alcanzar por sus propias fuerzas y que, sin embargo, la que da sentido a nuestra existencia: «Él los llevará a la verdad completa». Y actúa sobre nuestra voluntad concediendonos la fuerza para dar testimonio de Cristo.

El Espíritu no es corporal; pero tiene una clara manifestación exterior en las personas que se dejan guiar por su acción interior. Dos son las manifestaciones del Espíritu: en primer lugar, el amor a Jesucristo, la fe en él, y la vida conducida según su enseñanza; y como consecuencia, la misión, es decir, el anuncio de Jesucristo para que todos lo conozcan y lo amen y, de esta manera, alcancen la salvación. Esta es la manifestación que indica Jesús en aquel día de su resurrección en que se puso en medio de sus discípulos: «Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes; reciban el Espíritu Santo». Es la manifestación que tuvo la efusión del Espíritu el día de Pentecostés: «Todos los oímos hablar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios» (Hech 2,11). Antes de la venida del Espíritu Santo prometido, los apóstoles habían escuchado la enseñanza de Jesús, pero no habían captado su sentido –no habían llegado a la verdad plena– y no tenían el valor de manifestarse como discípulos suyos y anunciarlo, como lo hicieron inmediatamente después: «A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hech 2,32). Pedro, el mismo que antes negó a Jesús tres veces, ahora no tiene temor de manifestarse como su discípulo y dar testimonio de él públicamente.

Comprendemos por qué la Iglesia necesita la efusión del Espíritu sobre cada uno de los fieles y por qué celebra esta Solemnidad de Pentecostés como el día en que se puso en movimiento la evangelización. Que sea constante nuestra oración: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles