Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Abril del 2016

Jn 13,31-35
En esto hemos conocido el amor

El Evangelio de este Domingo V de Pascua comienza con una frase circunstancial: «Cuando Judas salió, dice Jesús...». Lo que Jesús dice en ese momento tiene relación con la salida de Judas. Salir de la compañía de Jesús y sus discípulos en medio de esa cena solemne, que era la última, no se explica sino por una causa muy grave.

El lector sabe esa causa, porque Jesús la ha indicado, aunque de manera enigmática para sus discípulos: «En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me entregará» (Jn 13,21). Y al discípulo amado, que está a su lado, le da un signo sobre quién lo hará: «”Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar”. Y, mojando el bocado, lo toma y lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote» (Jn 13,26). El evangelista explica: «Tras el bocado, entró en él Satanás». Entonces Jesús dice a Judas: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto» (Jn 13,27). Sólo Jesús sabe lo que Judas tiene intención de hacer. Los demás lo ignoran: «Ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía» (Jn 13,28).

Jesús sabe que Judas sale para entregarlo y que ha comenzado así a cumplirse «su hora», la hora de su pasión y muerte. Pero esta es la hora de su paso al Padre: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre... sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía...» (Jn 13,1.3). Jesús va a transformar su pasión y muerte, que concentra contra él toda la maldad de que es capaz el ser humano, en un acto de amor salvífico: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Por eso, en este acto supremo de amor se revela su gloria. Así se explica que, cuando Judas salió, Jesús diga: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto».

La gloria de Dios consiste en el acto de amor de Jesús, que él hace en total obediencia a su Padre, como lo dice en su oración al Padre al final de esa cena: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). Por su parte, la gloria de Jesús consiste en su regreso a la derecha del Padre: «Ahora, Padre, glorificame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo existiese» (Jn 17,5). Esto es lo que Jesús ve que ha comenzado a realizarse con la salida de Judas.

Jesús considera que es necesario informar a sus discípulos sobre su inminente partida. Lo hace en términos muy afectuosos, porque comprende la tristeza de la separación: «Hijitos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes... Adonde yo voy, ustedes no pueden venir». Pero les deja en herencia el medio que asegurará la comunión de ellos con él: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros». El cumplimiento de este mandamiento no es posible al ser humano sin una estrecha unión con Cristo. Por eso, él anuncia su partida, pero agrega el medio de su permanencia entre nosotros.

¿Por qué llama Jesús «nuevo» a este mandamiento? Existía el mandamiento: «Amarás a tu prójimo, como a ti mismo» (Lev 19,18). Pero el mandamiento de Jesús es nuevo, por tres razones.

En primer lugar, es nuevo en cuanto a la medida de amor que nos manda tener. Si la medida antigua era: «Como a ti mismo», la medida de amor del mandamiento de Jesús es: «Como yo los he amado». Esta medida de amor era desconocida antes de Cristo, como lo afirma el mismo San Juan en su carta: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16). Y el evangelista agrega otra formulación del mandamiento nuevo: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos». Esta es la medida.

La segunda razón de la novedad es la extensión del mandamiento. En el mandamiento antiguo el prójimo es el otro miembro del pueblo de Israel. No se incluyen en este concepto de prójimo los hombres y mujeres de otros pueblos, menos aun los enemigos. El mandamiento de Jesús se extiende a todo hombre y mujer, incluso los enemigos: «Yo les digo: amen a sus enemigo...» (Mt 5,44).

La tercera razón, tal vez la más novedosa, es la finalidad del amor. Amar consiste en procurar el bien del otro. La novedad del amor de Cristo es que él nos obtuvo el Bien supremo, a saber, la participación en la naturaleza divina, la filiación divina y la felicidad eterna. Amar como Jesús nos amó consiste en procurar este Bien supremo para nuestro prójimo. Por eso el acto máximo de amor es el apostolado, que procura para todos la salvación eterna obtenida por Cristo para el género humano.

Por último, debemos agregar que el amor es nuevo por definición, porque es siempre un acto creador de Dios. El amor es el testimonio más claro de la acción de Dios: «Amemonos, porque el amor es de Dios... Dios es amor» (1Jn 4,7.8). En cambio, el pecado es viejo y es a ras de tierra; es precisamente la ausencia de Dios; es el egoísmo humano, que no tiene ninguna novedad, porque es siempre igual. Por eso, Dios al enviar a su Hijo al mundo declara: «Miren que hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21,5). Cumpliendo el mandamiento de Jesús, experimentamos la unión con él y verificamos la verdad de su promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles