Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Julio del 2011

Mt 11,25-30
Yo les daré descanso

«Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y las has revelado a pequeños». En esta alabanza que Jesús dirige a su Padre, aclara su identidad llamandolo: «Señor del cielo y de la tierra». «Cielo y tierra» abraza todo lo que existe. El Señor de todo lo que existe tiene que ser anterior a todo y estar por encima de todo. Ese título no corresponde sino a Dios que ha creado todo y lo mantiene en la existencia. La alabanza de Jesús remonta a la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). Al llamarlo «Padre», Jesús declara su condición de Hijo de Dios.

Acto seguido Jesús afirma: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Fuera de lo que hace que el Padre sea el Padre y el Hijo el Hijo, es decir, la relación entre ambos, de ese «todo» no se excluye nada, ni siquiera la divinidad. Por lo tanto, lo que Jesús está afirmando es que también a él corresponde el título «Señor del cielo y de la tierra». Pero Jesús decía esto habiendose «despojado de sí mismo y habiendo tomando la condición de siervo... apareciendo en todo como un hombre» (Fil 2,7). Por eso agrega: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre». La afirmación de Jesús es corroborada por él mismo cuando, después de su resurrección, se presenta ante sus apóstoles con estas palabras: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).

Estas son aquellas cosas que Dios oculta a los sabios e inteligentes del mundo y revela a los pequeños. Un conocido físico-matemático hizo noticia el año pasado afirmando que la ciencia puede responder a las preguntas acerca de la existencia del universo sin necesidad de la fe en un Dios «Señor del cielo y de la tierra». Y algunos lo siguieron en esta idea también en nuestro país. No es novedad. Ya lo había anunciado Jesús hace veinte siglos: «Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes». En cambio, Pedro que era un humilde pescador que creía en Dios Creador, reconoce a Jesús como el Hijo de Dios y recibe esta sentencia de Jesús: «Dichoso eres..., porque esto te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo» (cf. Mt 16,17). Pedro era uno de esos pequeños.

Los que conocen a Jesús, porque el Padre se lo ha revelado, entienden la invitación de Jesús: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo les daré descanso». Se refiere al descanso de alma que sólo Dios puede dar al ser humano, como lo aclara más adelante: «Encontrarán descanso para sus almas». Para encontrar este descanso Jesús pone una condición: «Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Los judíos en el tiempo de Jesús hablaban de la ley como de un yugo que había que llevar con dificultad. Jesús asume este modo de hablar y critica la conducta de los fariseos diciendoles: «Ustedes atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mt 23,4). Él, en cambio, asegura: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». Él formula su ley así: «Este es mi mandamiento: que ustedes se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 13,34).

El descanso que Jesús ofrece sólo él puede darlo. Es el descanso de Dios, ese descanso que es eterno. Si la condición para entrar en el descanso de Dios es aprender de Jesús la mansedumbre y humildad del corazón, lo que excluye de él es la dureza del corazón y la falta de confianza en Dios, como asegura Dios mismo dirigiendose a su pueblo en el desierto: «No endurezcan el corazón... como lo hicieron sus padres poniendome a prueba, aunque habían visto mis obras, pues entonces en mi cólera juré: ¡No entrarán en mi descanso!» (Sal 95,8.9.11). Comentando ese texto la Epístola a los Hebreos asegura que Dios ha indicado un nuevo «hoy» para entrar en su descanso y nos exhorta por medio de David: «Si escuchan hoy su voz, no endurezcan el corazón» (Heb 4,7). Y concluye: «Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna» (Heb 4,16). Es un eco de la invitación de Jesús: «Vengan a mí... Yo les daré descanso».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles