Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de Junio del 2016

Lc 9,18-24
Lejos de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo

En el Evangelio de este Domingo XII del tiempo ordinario leemos la doble pregunta que hace Jesús a sus discípulos sobre su propia identidad. La primera es fácil de responder y no tiene mayor consecuencia; la segunda es de muy difícil respuesta y tiene graves consecuencias.

La importancia del momento está realzada por su ubicación en el contexto de la oración de Jesús: «Sucedió que mientras estaba él orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”». En este mismo clima de oración ocurre el Bautismo de Jesús (Lc 3,21), la elección de los Doce (Lc 5,12), la Transfiguración (Lc 9,28-29), la enseñanza de la oración al Padre (Lc 11,1), la agonía en el huerto de los olivos (Lc 22,41.44).

Decíamos que esa primera pregunta es fácil de responder, pues los discípulos no tenían más que repetir las opiniones que habían escuchado de la gente. Hay que considerar que el episodio anterior es el relato de la multiplicación de los panes, cuando Jesús alimentó en el desierto a una multitud de cinco mil hombres que no tenían más que cinco panes y dos peces. Ante ese hecho asombroso todos tienen que haber expresado su opinión sobre Jesús. Es lo que responden los discípulos: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado». En el Antiguo Testamento lo máximo que se encuentra en cuanto a la relación con Dios es la condición de profeta. La gente dice sobre Jesús lo más cercano a Dios que conocen. Lo decía también la gente del cortejo fúnebre después que resucitó al hijo de la viuda de Naín: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros» (Lc 7,16). Así lo definen los discípulos de Emaús resumiendo toda su vida y enseñanza: «Un profeta poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19). Decíamos que esta respuesta no tiene mayor consecuencia. De hecho, Jesús no tiene ninguna reacción.

La segunda pregunta es más importante: «Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Jesús espera una respuesta distinta de la anterior y así establece una diferencia entre los Doce y el resto de la gente. A los Doce confió Jesús el misterio de su Persona para que lo conservaran sin error y lo anunciaran a los demás, como lo afirma San Pedro ante la comunidad de los discípulos: «Nosotros (los Doce) nos dedicaremos al ministerio de la Palabra» (Hech 6,4).

Pedro se adelanta a responder a esa segunda pregunta en nombre de todos: «El Cristo de Dios». En la lengua aramea que ellos hablaban esta respuesta suena así: «El Ungido de Dios». Pero esta identificación corresponde sólo a una de las tradiciones sobre aquel que Israel esperaba como Salvador. Se trata de las profecías que lo presentan como el hijo de David, quien fue hecho rey de Israel por la unción de Samuel y a quien prometió el profeta Natán: «Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza... Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré padre para él y él será para mí hijo» (2Sam 7,12-14). Jesús no rechaza esa identificación con el Ungido, hijo de David; pero «les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie».

Había otros anuncios proféticos que hablaban de una venida de Dios mismo para salvar a su pueblo y al mundo, como el que leemos en Isaías: «Miren que viene el Dios de ustedes, vengador; es la recompensa de Dios, Él vendrá y los salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo» (Is 35,4-6). Esta es la profecía que Jesús indica a Juan el Bautista como cumplida en él, cuando Juan le manda preguntar: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Lc 7,19).

Había una tercera línea de profecías que son las que ahora Jesús destaca. Se trata de las profecías del Siervo del Señor, que comienzan así: «He aquí mi Siervo a quien yo sostengo, mi Elegido en quien se complace mi alma» (Is 42,1). Es Dios quien habla. Sobre este Siervo la profecía decía: «Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias... ¡Y, con todo, eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! ... Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus moretones hemos sido curados» (Is 53,3-5).

Esta es la profecía con la cual Jesús se identifica ante sus discípulos. Es como si dijera: «Yo soy ese Siervo del Señor que toma sobre sí el castigo que trae la paz al mundo». Lo dice de esta manera: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Este es el camino que Jesús siguió para darnos la salvación. Es el camino que indica a nosotros, sus discípulos, para unirnos a él y alcanzar la vida eterna: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará».

Muchos se encuentran hoy que se llaman cristianos; pero muy pocos que quieran tomar la cruz y seguir a Cristo. El espectáculo que vemos hoy es más bien el que lamenta San Pablo: «Muchos viven –lo repito con lágrimas– como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre...» (Fil 3,18-19). El apóstol expresa su amor a la cruz exclamando: «¡Lejos de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6,14).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles