Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Junio del 2016

Lc 7,36 - 8,3
Ella ha amado mucho

En varios Salmos se canta la misericordia de Dios con el estribillo: «Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (cf. Sal 136). Esa misericordia tuvo su revelación plena en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En el Evangelio del domingo pasado se nos revelaba la misericordia de Dios en la actuación de Jesús ante el dolor de una viuda por la muerte de su hijo único. En el Evangelio de este Domingo XI del tiempo ordinario se nos revela la misericordia de Dios en la actuación de Jesús ante una mujer rechazada como pecadora pública.

Cuando Jesús resucitó al hijo de la viuda de Naín, la reacción de los participantes en ese cortejo fúnebre, transformado, por la intervención de Jesús, en cortejo festivo, fue esta: «Todos glorificaban a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”». Un hecho de esa naturaleza no podía quedar oculto: «Esta palabra sobre él se difundió en toda Judea y sus alrededores» (Lc 7,16.17). Es comprensible, entonces, que un fariseo, que eran las personas más religiosas y más sensibles a ese tipo de informaciones, quisiera verificar esa condición de Jesús: «Uno de los fariseos le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa». El fariseo no le da ninguna de las muestras de afecto que solían darse a los invitados de honor: no le da el agua para los pies, no lo saluda con un beso y no le unge la cabeza con perfume. Pero Jesús no se ofende por eso. Él tiene interés solamente en la conversión del fariseo.

La indagación del fariseo sobre la condición de Jesús estaba fracasando. Pero ocurrió algo que confirmó su opinión negativa: «Una mujer pecadora pública, al saber que estaba Jesús comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniendose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume». Jesús no manifiesta ninguna reacción de rechazo hacia la mujer; más bien parece aceptar con gusto esas muestras de gran afecto. El fariseo, entonces, concluye en su interior que Jesús no puede ser un profeta, porque ignora la condición de pecadora pública de esa mujer: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».

Pero Jesús va a demostrar que no sólo conoce quién es esa mujer, sino también que conoce todos los pensamientos del fariseo. Le propone una breve parábola para involucrarlo: «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos lo amará más?». El fariseo comprende que ha sido sorprendido en sus pensamientos y que está cayendo en una trampa. Por eso responde con cautela: «Supongo que aquel a quien ha perdonado más». Jesús celebra su respuesta: «Has respondido bien». Y entonces lo aplica a la situación concreta en la cual destaca la diferencia de afecto demostrada por el fariseo y por la mujer: «Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. Tú no me diste el beso; ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no ungiste mi cabeza con aceite; ella ha ungido mis pies con perfume». La mujer demuestra mucho amor, porque tiene mucho que agradecer; el fariseo demuestra poco amor porque no tiene nada que agradecer a Jesús.

Las lágrimas de la mujer y las demás muestras de amor son signo del dolor de sus pecados y de un firme propósito de enmienda. Ella sabe que ese dolor de sus pecados hasta las lágrimas es un don que ha recibido de Jesús, de su predicación y de su bondad. El dolor de sus pecados le ha obtenido ya el perdón: «Se le ha perdonado mucho». Por eso, ama mucho y lo demuestra. ¡Dichosa esa mujer, sobre la cual Jesús declara: «Ha amado mucho»! El fariseo, en cambio, no amaba a Jesús. Antes de este encuentro con Jesús, él consideraba que no tenía nada de qué ser perdonado y, por tanto, nada que agradecer. Lo decimos en tiempo pasado, porque, él, como hombre honesto, tuvo que reconocer que Jesús era verdaderamente un gran profeta. Si el Evangelio nos conserva su nombre, Simón, es porque la comunidad cristiana lo conocía como uno de los suyos. En efecto, en la comunidad cristiana primitiva había un grupo de antiguos fariseos: «Algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe...» (Hech 15,5).

Lucas conocía una tradición que sólo él nos transmite, una tradición preciosa: además de los Doce, seguían a Jesús también algunas mujeres. Así como Pedro es, sin vacilaciones, el primero de los Doce, así, María Magdalena es la primera de las mujeres. El evangelista la describe como «aquella de quien habían salido siete demonios». «Siete demonios» expresa la máxima oposición a Dios. Pero, si algo es claro en esta mujer, es su intenso amor a Jesús: ella sigue a Jesús hasta el pie de la cruz, ella es la primera en acudir al sepulcro de Jesús, ella es la primera que lo ve resucitado. Por otro lado, es significativo que Lucas incluya en su Evangelio esta noticia sobre María Magdalena inmediatamente después del episodio de aquella mujer pecadora pública que, habiendo sentido dolor de sus pecados, tanto amó a Jesús. De aquí podemos deducir que esa pecadora pública se identifica con María Magdalena. Así se nos revela que la misericordia de Dios puede hacer de un gran pecador un gran santo. María Magdalena habría suscrito estas palabras de San Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo» (1Tim 1,15).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles