Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Mayo del 2016

Jn 16,12-15
El misterio de Dios, Uno y Trino

La Iglesia ubica muy convenientemente la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que celebramos hoy, en el domingo siguiente al de Pentecostés. De esta manera, expresa en su liturgia que es imposible al ser humano llegar al conocimiento de Dios, Uno y Trino, sin la acción del Espíritu Santo. El misterio de la Trinidad, que es el misterio central de la fe cristiana, fue revelado por Jesús; pero la comprensión del sentido profundo de sus palabras la concede el Espíritu Santo: «Él los guiará en la verdad plena».

La búsqueda de Dios ha apasionado a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Y no puede ser de otra manera, pues, según afirma San Pablo en su discurso en el Areópago de Atenas, «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17,28). Nadie es más cercano a cada uno de nosotros que Dios. San Agustín decía: «Dios es más íntimo a mí que lo más íntimo mío». Y, sin embargo, no podemos conocerlo con nuestras propias fuerzas. La inteligencia humana puede afirmar la existencia de un Ser que explica la existencia de todos los demás seres. Pero de ese Ser lo único que la inteligencia humana puede afirmar es que no tiene límites de ninguna especie. Todo lo que sabemos acerca del Dios verdadero ha sido revelado en la Escritura y esa revelación alcanza su plenitud en Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha relatado» (Jn 1,18). Esa misión de Jesús era difícil, pues él no podía usar más palabras y conceptos que los de nuestro lenguaje terreno. Por eso, para captar su sentido, que supera todo lenguaje humano, tiene que actuar el Espíritu Santo, que precisamente, por ser Espíritu, actúa al nivel de nuestro espíritu: «Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios... A nosotros lo reveló Dios por medio del Espíritu...» (1Cor 2,10.11).

En el Evangelio de este domingo, que es una de las promesas del Espíritu Santo, Jesús hace ver esa dificultad: «Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden cargar con ellas ahora». Se trata de la imposibilidad en que se encontraban los discípulos de tomar el peso a las palabas de Jesús. ¿Quién puede tomar el peso a expresiones como éstas: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre... Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí... Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él... Como el Padre me ha amado, así los ha amado yo a ustedes... Todo lo que tiene el Padre es mío..., etc.» (Jn 14,9.11.23; 15,9; 16,15)? Jesús no dijo esas palabras inútilmente; las dijo para que fueran comprendidas por sus discípulos. Agrega, sin embargo, que para eso es necesario que el Espíritu Santo las infunda en el corazón: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará en la verdad plena». Aunque Jesús usa el verbo «guiar, conducir», no quiere expresar un traslado, sino una radicación. Por eso, no usa la preposición propia del movimiento –«hacia»–, sino la preposición de la permanencia: «en». El Espíritu hace que lo revelado por Jesús se radique cada vez más en nosotros y nos transforme a semejanza de Jesús. Lo repite Jesús: «Él me dará gloria, porque tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes». El Espíritu no anunciará nada que los discípulos no hayan ya escuchado a Jesús mismo, como lo aclara Jesús: «Él les recordará todo lo que yo les he dicho... No hablará por su cuenta... tomará de lo mío» (Jn 14,26; 16,13.14).

Ciertamente, de toda la verdad revelada por Jesús, la más importante, que el Espíritu ha concedido a la Iglesia y a cada fiel conocer, es el misterio de Dios Uno y Trino: una es la sustancia divina y tres son las Personas divinas. La Iglesia no pudo formular este misterio mientras no declaró solemnemente la plena divinidad de Jesucristo (Concilio de Nicea, año 325) y la plena divinidad del Espíritu Santo (Concilio de Constantinopla, año 381). El Espíritu la llevó a la verdad plena sobre el misterio de Dios mismo, en medio de controversias y vacilaciones, recordandole siempre lo dicho por Jesús, en un lapso de más de tres siglos.

Se trata siempre de comprender las palabras de Jesús, como las que leemos en el Evangelio de hoy: «Todo lo que tiene el Padre es mío», expresión que incluye también la divinidad, que es común al Padre y al Hijo. Pero todo lo que es del Padre y de Jesús es también del Espíritu Santo: «Tomará de lo mío». Creemos, entonces, en un solo Dios y en tres Personas distintas –Padre, Hijo y Espíritu Santo–, cada una de las cuales es ese mismo y único Dios. Cuando nos relacionamos con cada una de las Personas divinas nos relacionamos con Dios. Lo llamamos «Padre», porque el Espíritu reproduce en nosotros la imagen de Jesucristo, que es el Hijo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles