Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Marzo del 2016

Lc 15,1-3.11-32
Dios, Padre rico en misericordia

La parábola del hijo pródigo, que leemos en este Domingo IV de Cuaresma, considerado el escenario en que Jesús la expone, es uno de los puntos claves en su misión de revelarnos el verdadero rostro de Dios. El Hijo de Dios, Dios verdadero y uno con el Padre y el Espíritu Santo, se hizo hombre, uno de nosotros, para revelarnos a Dios. Él se relacionaba con Dios llamandolo Padre. Y Dios confirma esa relación filial, al menos en dos ocasiones –en el Bautismo y en la Transfiguración–, declarando: «Este es mi Hijo» (Lc 3,22; 9,35).

Lo impresionante es que no sólo Jesús llama a Dios «Padre», como corresponde a su naturaleza divina, sino que nos enseña que también nosotros debemos llamar a Dios con ese nombre, porque Dios nos ve a cada uno de nosotros como un padre a su hijo. Tal vez el punto culminante de esta revelación es cuando Jesús nos enseña a orar. Siempre es un problema, cuando debemos dirigimos a una persona importante –por ejemplo, cuando debemos escribirle una carta–, saber cómo tratarla. El problema principal del ser humano ha sido cómo dirigirse a Dios, al verdadero Dios, porque para esto es necesario saber cómo es Dios. Jesús nos enseña: «Cuando oren, digan: “Padre”» (Lc 11,2). Jesús hablaba arameo y, seguramente, pronunció la palabra «Abbá», que es la misma que él usaba para dirigirse a su Padre. Que nosotros llamemos a Dios con ese nombre es una enormidad. El que ha comprendido esto ha comprendido todo. Nos permite, sobre todo, entender la Encarnación, es decir, por qué envió Dios a su Hijo el mundo. ¡Dios quiere la vida de sus hijos a quienes ve sumidos en la muerte! En efecto, «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Cuando este objetivo se logra en cada ser humano, el Padre se alegra.

No podían entender esto los judíos del tiempo de Jesús, en modo particular los fariseos y los escribas, porque ellos no consideran a Dios como Padre, no se dirigen a Él con ese nombre, no saben que Dios se alegra cuando un pecador se convierte, como se alegra un padre cuando su hijo regresa a la casa paterna. Ellos veneran a un Dios que recompensa al ser humano cuando cumple su ley y lo castiga cuando la infringe. Por eso, critican a Jesús porque acoge a publicanos y pecadores y come con ellos: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”». La actitud de Jesús les parecía una deslealtad con Dios, a quien el pecador había ofendido. Para explicarles que su actitud, lejos de ser una deslealtad con Dios, es lo que complace a Dios, Jesús les revela el verdadero rostro de Dios. Con este fin les propone la parábola del hijo pródigo.

En esa parábola, que relata una historia de la vida diaria, el padre tiene los rasgos de Dios; los dos hijos representan actitudes frecuentes de los seres humanos en relación con Dios. El hijo menor ofende gravemente al padre, despreciando su amor y abandonandolo sin importarle el dolor que le causa. Ese hijo no ama a su padre. Pero el padre sigue amandolo y anhela que regrese. Por eso, cuando el hijo regresa, obligado por la necesidad y movido por el interés, el padre se alegra y organiza una fiesta insistiendo en tratarlo como hijo: «Celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Hasta aquí nos deja la parábola con ese hijo. Pero debemos suponer que ese hijo, habiendo conocido cómo era realmente su padre, surgió en él el amor a tal padre y, entonces, concibió dolor y arrepentimiento de haberlo ofendido. Se convirtió y alegró verdaderamente al padre.

Por su parte, el hijo mayor tampoco ama al padre. Tiene una conducta intachable, pero no por amor al padre, sino por interés en su recompensa. Por eso, no se alegra con lo que se alegra el padre, a saber, el regreso de su hijo. La descripción que él hace de su conducta es la propia de un fariseo, intachable en el cumplimiento de la ley: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya». Tiene con el padre, no un trato de hijo, sino de siervo. El padre también ama a este hijo y quiere conquistarlo a su amor, quiere que cambie esa actitud, que adopte la actitud de un hijo que se alegra con su padre. Primero, lo tranquiliza asegurandole que todo el patrimonio es suyo, porque el hermano menor ya recibió su parte. Luego, le ruega que participe en la fiesta apelando a su sentimiento fraterno: «Este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado». ¿Cómo reaccionó este hijo a los ruegos del padre? ¿Surgió también en él el amor al padre y le dio la alegría de entrar en la fiesta? La parábola nos deja en suspenso. Es que este hijo representa a los que criticaban a Jesús, a los fariseos y escribas. ¿Aceptaron ellos esta noción de Dios como Padre, que Jesús está revelando, y comprendieron que Dios se alegre y haga fiesta cuando un pecador se convierte?

Sabemos que Jesús procuró esta alegría a su Padre obteniendo la conversión de muchos pecadores. Obtuvo la conversión de Zaqueo, que era jefe de publicanos; obtuvo la conversión de Mateo, que de publicano pasó a ser uno de los Doce; obtuvo la conversión de la mujer que le lavó los pies con sus lágrimas. Ha obtenido la conversión de muchos en la historia.

Conocemos también un fariseo famoso, que comprendió cómo era Dios. Se trata de San Pablo, que describe su conducta en el judaísmo en términos semejantes al del hijo mayor de la parábola: «Ustedes ya están enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo... cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superandolos en el celo por las tradiciones de mis padres» (Gal 1,13.14). Y agrega: «En cuanto a la Ley, fariseo... en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3,5.6). Pero comprendió que esa actitud de él respecto de Dios era pecaminosa, porque era arrogante y no dejaba lugar a la misericordia divina. Cuando conoció a Dios y se convirtió, escribe: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo...» (Ef 2,4-5). Si hubiera estado Pablo entre esos fariseos que criticaban a Jesús, al escuchar la parábola que Jesús propuso, él se habría convertido, habría dejado de criticarlo por acoger a los pecadores y lo habría seguido. Es lo que debemos hacer cada uno de nosotros en este tiempo de Cuaresma.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles