Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 21 de Febrero del 2016

Lc 9,28-36
Donde yo esté, allí estará mi servidor

El domingo pasado, Domingo I de Cuaresma, contemplabamos a Jesús en el desierto ayunando durante cuarenta días y sometido a la tentación del diablo. Este domingo, Domingo II de Cuaresma, lo contemplamos en el monte revestido de esplendor. Los evangelistas Marcos y Mateo describen el hecho diciendo que Jesús «se transfiguró». De aquí el episodio tomó el nombre de «Transfiguración». Lucas evita este término –en griego «metamorfosis»– y dice: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro fue otro y sus vestidos de un blanco fulgurante». ¿Por qué evita Lucas decir que Jesús «cambió de forma»?

Lucas, que era del séquito de Pablo, ciertamente conocía al himno cristológico que el apóstol cita en su carta a los filipenses. En ese himno el misterio de la encarnación de Cristo se formula en estos términos: «Siendo de condición divina... se anonadó tomando la condición de esclavo, haciendose a semejanza de los hombres» (Fil 2,6.7). Pero este himno suena literalmente: «Estando en forma de Dios... se vació a sí mismo tomando forma de esclavo». La encarnación es explicada como un «cambio de forma» (metamorfosis). Lo que Lucas quiere decir es que en aquel monte, que la tradición identifica con el Tabor, Jesús no cambió de forma, no retomó la forma de Dios. Si así hubiera sido los apóstoles no habrían podido verlo. Tampoco habrían podido verlo Moisés y Elías, que conversaban con él. A Moisés, que había pedido ver a Dios, Dios le había respondido: «Al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33,22-23). En el monte Tabor es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, quien fue glorificado y en este estado, hizo visible a Dios. La Transfiguración es la realización concreta de la afirmación del Prólogo de Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1,18).

En el desierto Jesús estaba solo y manifestaba en su cuerpo los estragos del prolongado ayuno. Era su estado más despojado, sólo superado por su pasión y cruz. No corresponde a lo que se esperaría del Hijo de Dios. Por eso dos de las tentaciones que nos refieren los Evangelios comienzan así: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan... Si eres Hijo de Dios, arrojate de aquí abajo...» (Lc 4,3.9). En esa ocasión Jesús se manifestó como Hijo de Dios por su obediencia a la voluntad de su Padre. En el Tabor, en cambio, se encuentra en su estado más glorioso, anterior a su resurrección: «Vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él». Esta visión es indicada como argumento de veracidad en la segunda carta de Pedro: «Les hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo» (2Pet 1,16-18). Pero esa visión no fue concedida a todos, sino sólo a los tres apóstoles elegidos, Pedro, Juan y Santiago. Y no es la visión lo que recomienda la voz del cielo: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchenlo».

Lo que se manda, entonces, a nosotros, lo que manda la voz del cielo a todos, es escuchar la Palabra de Cristo. La Palabra de Cristo resuena, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía dominical, en la cual debemos participar todos los domingos anhelando escuchar esa Palabra. Pero también resuena en nuestra lectura diaria del Evangelio. Para indicar el resultado de esa escucha atenta, Jesús nos propuso la parábola del sembrador, que Lucas concluye así: «La semilla que cayó en buena tierra, son los que, después de haber escuchado, conservan la Palabra con un corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia» (Lc 8,15). Estaban presentes en el Tabor Moisés y Elías, que representan «la ley y los profetas». Pero la voz del cielo subraya la diferencia entre ellos y Jesús: «Este es mi Hijo». Si antes la norma era: «Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen» (Lc 16,29), ahora la voz del cielo nos manda escuchar a su Hijo: «Escuchenlo». Que no tenga Jesús que quejarse de nosotros como se quejaba de su generación: «Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás» (Lc 11,32).

Los apóstoles quieren perpetuar ese momento. Pedro dice a Jesús: «Maestro, bueno es que nosotros estemos aquí; haremos tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para Elías». El pronombre personal «nosotros» incluye junto con ellos también a Jesús, porque él es la fuente de toda bondad, él colma todo anhelo humano. El evangelista comenta: «No sabía lo que decía». Aún no había llegado el momento de gozar para siempre de la compañía de Jesús glorificado. Todavía tenían que cumplir su misión de evangelizar el mundo. Lo que ellos vieron en el monte fue un anticipo de la recompensa eterna que reciben los servidores de Jesús: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre lo honrará» (Jn 12,26).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles