Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Febrero del 2016

Lc 4,1-13
Tú eres mi Hijo, el amado

El Evangelio de este I Domingo de Cuaresma nos presenta las tentaciones a las que fue sometido Jesús durante cuarenta días en el desierto, inmediatamente después de su Bautismo en el Jordán. El episodio del Bautismo concluía con estas palabras: «Se abrió el cielo y vino sobre él el Espíritu Santo en forma corporal como una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”» (Lc 3,22). La decisión de ir al desierto y ayunar durante cuarenta días fue una inspiración a la cual Jesús accedió dejandose conducir por el Espíritu Santo: «Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo». Observemos que, si bien las tentaciones se resumen en tres, la lucha duró cuarenta días. ¿Por qué recibió Jesús esta inspiración?

En el tiempo de Jesús el pueblo de Israel comenzaba la celebración del culto en el templo cantando el Salmo 95, llamado invitatorio: «Vengan, aclamemos al Señor; demos vítores a la Roca que nos salva; entremos en su presencia con acción de gracias; aclamemoslo con salmos» (Sal 95,1-2). La participación en el culto era considerada una entrada en el descanso de Dios. Por eso, en el mismo Salmo Dios advierte cuál es la actitud que excluye de ese descanso, la actitud que excluyó a la generación de los israelitas de la tierra prometida: «No endurezcan el corazón, como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando me tentaron sus padres, me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras. Durante cuarenta años aquella generación me fastidió y dije: “Un pueblo de corazón extraviado son ellos y ellos no conocen mis caminos”. Por eso he jurado en mi cólera: “No entrarán en mi descanso”» (Sal 95,8-11). Dios había dicho al faraón, por boca de Moisés: «Israel es mi hijo, mi primogénito... Deja ir a mi hijo para que me dé culto» (Ex 4,22-23). Pero «esa generación», con Moisés a la cabeza, no se comportó como hijo de Dios y Dios no encontró su complacencia en ellos. Al contrario, durante todo el recorrido por el desierto se rebelaron continuamente contra Dios y murmuraron contra Él: «Aquella generación me fastidió».

Jesús vino al mundo para expiar el pecado del mundo. Y va a comenzar expiando el pecado de su pueblo durante esos cuarenta años de rebeldía y murmuración. Él será tentado durante cuarenta días y permanecerá fiel. Él se comportará como verdadero Hijo de Dios, el Hijo amado; él llenará de complacencia a su Padre. Él abre nuevamente el ingreso el «descanso de Dios». Esto significa el tiempo litúrgico de la Cuaresma que comenzamos el miércoles de ceniza. Durante este tiempo cada uno debe comportarse como hijo de Dios, complaciendo a Dios por la obediencia a su Palabra.

El Evangelio nos detalla tres tentaciones con que el diablo tentó a Jesús. Pero la conclusión sugiere que la prueba fue continua: «Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno». Reaparecerá para el ataque final, desencadenando los hechos que lo llevaron a su muerte en la cruz: «Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce. Éste se fue a concertar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia el modo de entregarselo...» (Lc 22,3-4).

En la primera tentación, se trata de los placeres de los sentidos, concentrados en el comer: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». La tentación consiste en inducir a Jesús a usar su poder de Hijo de Dios para su propio beneficio. Él usó su poder para nutrir a una muchedumbre de cinco mil hombres. Pero no lo usa en beneficio de sí mismo, porque él no vino a gozar de los placeres del mundo, sino «a servir y entregar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). El pan es necesario para sustentar esta vida nuestra terrena. Pero esta vida terrena no es el valor supremo. El valor supremo es la vida eterna. Eso es lo que Jesús responde al tentador: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre». Lucas al lector completar la cita bíblica: «... sino de todo lo que sale de la boca del Señor» (Deut 8,3). Ese alimento de vida eterna lo obtenemos de la boca de Jesús, como lo confiesa Pedro: «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Este es el alimento que nos debemos procurar durante la Cuaresma.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el poder terreno, diciendole con mentira: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero». Es mentira, porque el único que posee la plenitud del poder es Cristo resucitado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Es un poder que, como hemos dicho, se usa para salvación de los hombres y no para dominio sobre ellos. Son muchos los que por el afán del poder terreno ceden al engaño del diablo: «Si me adoras todo ese poder será tuyo». Jesús rechazó la tentación citando el primer mandamiento: «Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto».

Lucas cede a su fascinación por Jerusalén y por eso sitúa la tentación culminante en esa ciudad santa (en el relato original, la tentación culminante es la del poder, tal como la encontramos en el Evangelio de Mateo): «Lo llevó a Jerusalén, y lo puso sobre el alero del Templo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden...». Jesús es el Hijo de Dios y por eso no necesita poner a prueba a Dios para creer plenamente en su Palabra. Él no repite las tentaciones de Israel: «Me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras». Por eso responde: «Está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios». Nos invita así a confiar en la bondad y misericordia de Dios, porque nos ha dado pruebas evidentes de su amor. La más grande de todas es que nos ha dado a su Hijo: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único» (Jn 3,16).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles