Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Junio del 2011

Jn 6,51-58
La Eucaristía hace la Iglesia

La liberación de la esclavitud de Egipto fue el evento fundante del pueblo de Israel. Los hijos de Jacob que obli-gados por el hambre fueron a establecerse en Egipto eran un grupo de setenta personas. Pero en Egipto se multiplicaron y en el momento de su liberación, cuatrocientos años más tar-de, en el momento del éxodo, eran un pueblo numeroso. Para la travesía del desierto, que duró cuarenta años, Dios los proveyó de un alimento nuevo. Lo recuerda Moisés en uno de sus discursos pronunciados ante el pueblo a la vista de la tierra prometida: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto... te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habían conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor» (Deut 8,2.3). Una cosa era clara: de todos los hombres que salieron de Egipto y gustaron el maná, nin-guno entró en la tierra prometida, ni siquiera Moisés; todos murieron en el desierto. El maná era un pan que mantiene la vida, sí, pero esta vida mortal.

En el discurso de pan de vida, pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús promete que él dará otro pan, que compara con el maná en estos términos: «Los padres de ustedes comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no mue-ra» (Jn 6,49-50). ¿De qué vida está hablando? Es claro que todos los hombres y mujeres del tiempo de Jesús también mu-rieron, incluidos todos los apóstoles. En el Evangelio de esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Jesús ex-plica cuál es ese pan y cuál es la vida que comunica y man-tiene para siempre.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré, es mi carne por la vida del mundo». Jesús no está diciendo una metáfora, sino una realidad. Su cuerpo, ofrecido en sacri-ficio por el perdón de los pecados («por la vida del mun-do»), resucitado y lleno de vida, es el alimento que prome-te. «El pan que yo daré es mi carne». En ese momento nadie podía entender el sentido de sus palabras. Sólo podían ve-rificar que Jesús las reafirma con más fuerza: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». «Carne y sangre» es el don de la persona completa.

La vida que ese alimento prometido comunica es la misma que tiene ahora Jesús, glorioso y sentado a la derecha del Padre, una vida que comienza aquí y permanece eternamente. Es la vida que Jesús llama «vida eterna»: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Que todos tengamos una vida mortal, (que ahora puede prolongarse más o menos años, excepcionalmente, más de noventa), nadie puede discutirlo, porque es de experiencia universal. Pero que podamos tener desde ahora una vida que no termina con la muerte corporal, sino que se prolonga eternamente y que garantiza la resu-rrección de la carne, eso es objeto de fe. Hay que creer las palabras de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él». Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre; él vive eternamente. Por eso la perma-nencia recíproca que concede comer su carne y beber su san-gre no cesa jamás, permanece eternamente. Se prolonga in-cluso después de la resurrección que él nos concederá en el último día, el último día de la historia humana.

La Iglesia no es una mera sociedad visible compuesta por hombres y mujeres de este mundo. Ella es un misterio, porque esos hombres y mujeres que la integran –los que aún peregrinan en esta tierra y los que han llegado a la patria celestial– gozan de la vida divina que comunica el pan de vida. Por eso no sólo, obedeciendo el mandato de Cristo, «la Iglesia hace la Eucaristía», sino también y, sobre todo, «la Eucaristía hace la Iglesia». Nosotros confesamos esta fe diciendo «Amén», cuando el sacerdote que nos entrega este alimento confiesa la fe de la Iglesia diciendonos: «El Cuerpo de Cristo». Este es el alimento que estamos invitados a recibir cada domingo. ¡No podemos despreciarlo!

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles