Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Abril del 2016

Jn 10,27-30
Mis ovejas escuchan mi voz... Yo les doy vida eterna

El Domingo IV de Pascua, que celebramos hoy, recibe el nombre de Domingo del Buen Pastor, porque en los tres ciclos de lecturas, el Evangelio se toma del Capítulo X de San Juan, donde Jesús asume la metáfora del pastor y su rebaño, que en el Antiguo Testamento describe la relación entre Dios y el pueblo de Israel, y la aplica a sí mismo, afirmando: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11.14).

Cuando un judío piadoso ora diciendo: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1), lo entiende del Dios verdadero. (Donde se ha traducido: «El Señor», en la Biblia hebrea está escrito el nombre divino inefable: «Yahweh»). Cuando un cristiano ora con esas mismas palabras, lo entiende de Cristo. ¿Hemos perdido algo con este cambio? ¡No, al contrario! Por eso Jesús declara: «Yo y el Padre somos uno». Esta afirmación no tendría sentido, si antes Jesús no hubiera aclarado quién es «el Padre». En efecto, él ya ha dicho: «El Padre es más grande que todo», que equivale a decir: «El Padre es Dios». Sólo en este entendido la afirmación de Jesús tiene sentido y es la verdad: «Yo y el Padre somos el mismo y único Dios». No es una verdad más; es la verdad central de nuestra fe cristiana. Es una verdad de fe. Por eso, para hacerla nuestra, tiene que actuar en nuestro corazón el Espíritu Santo, según la declaración de Jesús: «Él los llevará a la verdad plena» (Jn 16,13). No podría hacer esto el Espíritu Santo, si no fuera Él también Dios. La verdad central de la fe cristiana es que el Padre, el Hijo (Jesucristo) y el Espíritu Santo, cada uno de estos tres, es el mismo y único Dios.

Ahora entendemos por qué, hablando de sus ovejas, Jesús puede decir con fuerza: «Nadie las arrebatará de mi mano» y explicarlo diciendo: «Porque nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre». Sigue la razón: «Yo y el Padre somos uno».

Decíamos que, lejos de perder algo por seguir a Cristo como nuestro pastor, hemos ganado mucho. En efecto, nuestro pastor, por amor a nosotros, se hizo hombre y, por amor a nosotros, murió en la cruz. Él cumple la definición del «buen pastor»: «El buen pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11).

En el Evangelio de este Domingo del Buen Pastor, Jesús indica el criterio que permite saber quién le pertenece como oveja de su rebaño. «Mis ovejas escuchan mi voz... mis ovejas me siguen». Entendemos que hayan podido escuchar la voz de Jesús sus contemporáneos. Pero ¿cómo podemos hacerlo nosotros dos mil años después? No escapó a Jesús este problema y por eso Él confió su Palabra, en primer lugar, a los Doce y, luego, a sus sucesores. Todo lo que Jesús enseñó e hizo quedó entregado a ellos. Jesús vino en un momento de la historia humana en que aún no se habían inventado los medios audiovisuales, que nos habrían permitido grabar su voz, incluso su imagen (En el contexto de toda la historia, faltó poco tiempo). Pero existía ya la escritura. Y, sin embargo, él no quiso dejar nada escrito de su puño y letra. Repetimos: todo lo dejó entregado a su Iglesia, declarando: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16) y también: «En verdad les digo: todo lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,18). Para ser reconocido por Jesús como ovejas suyas es, entonces, necesario escuchar la voz de los pastores de la Iglesia que están en comunión con el Sucesor de Pedro, porque a él, personalmente, dijo Jesús: «Lo que tú ates, quedará atado en el cielo...» (Mt 16,19).

El segundo criterio que Jesús indica es: «Mis ovejas me siguen», que corrobora el primero. («Escuchan mi voz»). En efecto, con esta expresión Jesús quiere decir que la relación que se establece entre él y sus ovejas es la del maestro con sus discípulos. Los discípulos seguían al maestro para aprender de él, de su vida y su palabra. Es la relación que observamos en el Evangelio entre Jesús y sus discípulos. Su llamada se expresa con esa invitación: «Sigueme». De sus primeros discípulos dice el Evangelio que «dejandolo todo lo siguieron». Es la invitación que renueva a Pedro, después de su resurrección, como leíamos el domingo pasado: «Tú, sigueme» (Jn 21,19.22).

Jesús indica también dos cosas que él hace por sus ovejas: «Yo las conozco... yo les doy vida eterna». El conocimiento que tiene Jesús de sus ovejas no es colectivo; es personal. Él conoce a cada uno por su nombre. Podemos decirle lo mismo que decía a Dios el salmista: «Tú me escrutas y me conoces, me conoces cuando me siento y me levanto; penetras mi pensamiento desde lejos» (Sal 139,2). Nadie nos conoce tanto como Jesús. No necesitamos largos preámbulos para darnos a entender con él.

Hemos dejado para el final lo más importante: «Yo les doy vida eterna». La vida eterna no es sólo la que tendremos después de nuestra muerte corporal. Jesús se refiere a la vida divina que él posee y que comunica a nosotros ahora. Esta vida es la única que merece el título de «eterna». Esta vida no cesa con la muerte corporal, se prolonga. Para comunicar esta vida a sus ovejas, Jesús nos da su propio cuerpo y sangre y declara: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54). La vida eterna, que nos comunica Cristo, no cesa con la muerte corporal, porque es, justamente, eterna. Con la resurrección se prolongará en nuestro cuerpo resucitado de carne y huesos.

Desde hace 53 años la Iglesia ha celebrado en este Domingo del Buen Pastor la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En este domingo oramos para que el Señor nos conceda en número suficiente los pastores que, con el poder de Cristo, recibido en el Sacramento del Orden, nos hagan oír la voz de Cristo y nos comuniquen la vida eterna.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles