Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Abril del 2016

Jn 21,1-19
¿Me amas más que a todo?

El Evangelio de este Domingo III de Pascua nos relata lo que el Evangelio de Juan llama una «aparición» de Jesús resucitado a sus discípulos: «Se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se apareció de esta manera...». Y concluye: «Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos».

Pero esta «tercera» vez no es homogénea las dos anteriores. En efecto, las dos primeras tienen lugar en Jerusalén, ambas ocurren el primer día de la semana, estando todos los discípulos reunidos a puertas cerradas (en el primer caso falta Tomás) y se usa la expresión «se puso Jesús en medio de ellos». En esta tercera instancia la acción tiene lugar al aire libre, a orillas del Mar de Galilea, no se indica el día, no están todos los discípulos reunidos –es posible contar solamente siete de ellos–, se usa la expresión «se apareció» Jesús o «se manifestó» y esto ocurre en la playa a distancia de ellos y no en medio de ellos.

Lo que más llama la atención en el relato es que no tiene en cuenta las «apariciones» precedentes, a pesar de decir expresamente que esta fue la tercera vez que se apareció Jesús a sus discípulos. En efecto, no parece haberles encomendado Jesús la misión, ni haberles dado el Espíritu Santo ni haberles transmitido el poder de perdonar los pecados. Los siete discípulos involucrados parecen cerrar el paréntesis de su seguimiento de Jesús y volver a su oficio precedente, a saber, la pesca en ese Mar de Galilea: «Simón Pedro les dice: “Voy a pescar”. Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo”. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada».

Según el Evangelio de Juan, es ahora cuando acontece la pesca milagrosa, como un signo de la misión que les encomienda Jesús resucitado. Después de una noche de trabajo completamente infructuoso, Jesús les dice: «”Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces». Fue con ocasión de este hecho asombroso que se les concede la fe: «El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor”». Notemos que le da el título de «Kyrios», el mismo que la Biblia griega –la LXX– usa para traducir el nombre de Dios: Yahweh. La confesión de fe cristiana más primitiva decía simplemente: «Jesús es Señor (Kyrios)» (Rom 10,9; 1Cor 12,3; Fil 2,11). Es una confesión de su condición divina.

Atraviesa también el relato el hecho de que la confesión de Jesús resucitado no se debe a un reconocimiento material de aquel que recorrió la Palestina con ellos y luego murió en la cruz: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor». Esta certeza no procede de una identidad material, sino de la fe. La resurrección de Jesús es un hecho de fe sobrenatural. En esa ocasión Jesús comió con sus discípulos, dejandoles claro que se trataba de una resurrección verdadera, en carne y huesos.

El Evangelio tiene una segunda parte en la cual se expresa la misericordia de Jesús con Pedro, que lo había negado tres veces. Quiere rehabilitarlo examinandolo en el amor. Tres veces lo negó; tres veces debe confesar su amor: «Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”». Hemos adoptado la traducción habitual de la pregunta de Jesús, en la cual la intensidad del amor de Pedro hacia Jesús se compara con el amor de los demás discípulos: «¿Me amas más que éstos?». Si este hubiera sido el sentido de la pregunta de Jesús, la respuesta honesta de Pedro debió ser: «Eso no lo sé, Señor; pero tú sabes que te quiero». Pedro no puede presumir de amar a Jesús más que los otros discípulos. En realidad, la pregunta de Jesús es otra. En su pregunta la intensidad del amor de Pedro hacia Jesús se compara con el amor de Pedro por las demás cosas: «¿Me amas más que a estas cosas?». Esta traducción del texto griego es perfectamente posible. Lo que Jesús quiere saber es si Pedro lo ama a él más que a todo, incluida su propia vida (cf. Mt 10,37-38). A esta pregunta Pedro puede responder con verdad: «Sí, Señor». En este momento Pedro no habría negado a Jesús, por nada de este mundo, ni siquiera por conservar su propia vida. Y, sobre esta garantía de amor, Jesús le confía el cuidado de su rebaño: «Apacienta mis corderos». Jesús quiere cerciorarse que Pedro será «el buen pastor, que da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11). Con la certeza de que Pedro estaba dispuesto a dar la vida por él –«le significaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios»–, Jesús le renueva su llamado: «Sigueme».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles