Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Marzo del 2016

Lc 24,1-12
No busquen entre los muertos al que está vivo

«¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado. Recuerden cómo les habló estando todavía en Galilea». Estas son las palabras que aquellos dos hombres con vestidos resplandecientes dijeron a las mujeres que fueron el primer día de la semana al sepulcro de Jesús con aromas y mirra a embalsamar su cuerpo. Resonaron en todos los templos en este Domingo de Resurrección.

En esas palabras hay un reproche. En efecto, un sepulcro es un lugar de muertos; no se debe buscar allí a uno que está vivo y menos aun venir con aromas a embalsamar a uno que vive. Según los dos hombres, ellas cometen ese error, porque no recuerdan lo que Jesús les habló, y citan las palabras de Jesús: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite». ¿Qué es lo que ellas no recuerdan? No necesitan recordar que el Hijo del hombre haya sido entregado en manos de los pecadores y haya sido crucificado, porque eso lo habían presenciado: «Todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo (la crucifixión y muerte de Jesús), al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho. Estaban a distancia, viendo estas cosas, todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea... Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto» (Lc 23,48-49.55-56).

¿Lo que no recordaban esas mujeres es acaso que, sobre el Hijo del hombre, Jesús había dicho: «Resucitará»? No. Eso no necesitaban recordarlo, porque ya lo creían. Lo creía también Marta. Cuando Jesús dijo a Marta refiriendose a su hermano Lázaro, que yacía en el sepulcro muerto hacía cuatro días: «Tu hermano resucitará», ella respondió: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día» (Jn 11,23.24). Creían en la resurrección de los muertos los discípulos de Jesús y también los fariseos; pero «en el último día». Lo único entonces que esas mujeres no recordaban y que no recordaban ni los Once ni todos los demás discípulos es la circunstancia de tiempo: resucitará «al tercer día».

Si ellas esa mañana hubieran encontrado el cuerpo de Jesús en el sepulcro y lo hubieran embalsamado, como era su intención, los anuncios de Jesús, que fueron repetidos, en cuanto a esa circunstancia de tiempo, se habrían demostrado falsos; y así toda su enseñanza habría sido cuestionada y habría terminado por olvidarse, como se olvida todo en la muerte.

Con su resurrección, todo lo que Jesús enseñó cobró sentido, en particular, su condición de Hijo de Dios, que era lo que más objetaban los judíos: «Si eres Hijo de Dios, ¡sálvate a ti mismo y baja de la cruz!» (Mt 27,40). Él no bajó de la cruz; pero hizo algo infinitamente mayor: él venció a la muerte, él murió y resucitó. De esa manera, queda claro no sólo que él es Hijo de Dios, sino que nos concede también a nosotros, que creemos en él, esa condición. Nunca nos habríamos atrevido nosotros a llamar «Padre» a Dios, si quien nos mandó hacerlo hubiera permanecido en la muerte. A un muerto no le habríamos creído.

La prueba más clara de la resurrección de Cristo es la existencia actual de la Iglesia. La Iglesia atraviesa los siglos –y lo hará hasta el fin del mundo– porque está en medio de ella Cristo vivo, según lo prometido por Cristo resucitado a sus discípulos: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,10). Esto es lo que ha vivido y enseñado siempre la Iglesia, como lo reafirma en nuestro tiempo el Concilio Vaticano II: «Cristo está presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20)» (Sacrosanctum Concilium, N.7).

Entre las mujeres que fueron al sepulcro ese primer día de la semana –«eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas»– falta ostensiblemente una: su madre María. Ella es la única que recordaba cada palabra de su Hijo y la meditaba en su corazón. Ella es la única que no va al sepulcro, porque sabe que él no está allí, sabe que él está vivo y que no debe ser buscado entre los muertos. En el tiempo que transcurre entre la muerte de Jesús y sus apariciones a sus discípulos ya resucitado, la fe perduró solamente en María. Ella nunca dejó de merecer a bienaventuranza que le dirige Isabel movida por el Espíritu Santo: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc 1,45). Que la fe en la resurrección de Cristo y nuestro contacto con Cristo vivo en la Eucaristía nos llene de gozo y transforme nuestra vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles