Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Marzo del 2016

Jn 8,1-11
He venido a salvar el mundo

En el Evangelio del domingo pasado leíamos que los fariseos y escribas murmuraban contra Jesús diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,2). En el Evangelio de este Domingo V de Cuaresma vemos con qué resultado acoge Jesús a los pecadores; en un caso concreto se nos presenta el cumplimiento de su propia declaración: «Yo no he venido a condenar el mundo, sino a salvar el mundo» (Jn 12,47).

«De madrugada fue Jesús de nuevo al templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces, él se sentó y les enseñaba». No se le puede dar más publicidad: «Todo el pueblo acudía a él». La enseñanza que ellos van a recibir ese día no la olvidarán nunca más. A ellos debemos que esa enseñanza se haya transmitido y la podamos recibir también nosotros.

Esa gran publicidad es la que querían aprovechar sus opositores para desacreditarlo definitivamente: «Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En la ley Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. ¿Tú, qué dices?”». Ellos son especialistas en la ley de Moisés y es verdad que la ley decía eso: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán muertos tanto el adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). La ley se refiere en primer lugar al varón; ¿por qué no trajeron al varón y lo presentaron allí en medio de todo el pueblo? Descargan la culpa sobre el más débil.

Era comprensible que quisieran conocer la interpretación de Jesús –«Tú, qué dices?»– sobre ese punto de la ley que estaba permanentemente cuestionado por la realidad. En efecto, por citar un caso, Herodes vivía en situación pública de adulterio y ningún escriba o fariseo se atrevía a reprenderlo, no digamos nada de apedrearlo. El único que le reprochaba esa conducta era Juan el Bautista: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Pero le costó la vida. Si la intención era conocer la interpretación de Jesús sobre la ley –la única interpretación auténtica, porque él es la Palabra de Dios–, ¿qué necesidad hay de hacerlo con toda esa publicidad? El evangelista responde: «Esto lo decían para ponerlo a prueba, y tener de qué acusarlo». Saben que Jesús no iba a aprobar la lapidación de la mujer y, entonces, lo iban a acusar ante todo el pueblo de laxismo y de connivencia con el pecado. No les interesa la ley de Dios; les interesa tener un medio para desacreditar a Jesús. Y para obtener ese objetivo no vacilan en manipular a esa mujer y ponerla en evidencia ante todo el pueblo. ¡Este es un pecado mayor que el adulterio!

Jesús se muestra completamente sereno y dueño de la situación. Él no se descompone ni se agita, ni siquiera dirige una mirada a los acusadores de la mujer: «Jesús, inclinandose, se puso a escribir con el dedo en la tierra». Todos los comentaristas se han esforzado por interpretar este gesto y discernir qué es lo que escribía. No sabemos cuánto rato escribió. Sabemos que debió interrumpir la escritura ante la insistencia de la pregunta: «Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les respondió».

En su respuesta no se trata de abolir la ley. Jesús había declarado: «Yo no he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17). Tampoco se trata del sexto mandamiento del Decálogo –«No cometerás adulterio»–, que Jesús mantiene firme. De hecho, dice a la mujer: «En adelante no peques más» y es uno de los mandamientos que indica el joven rico como necesario guardar para alcanzar la vida eterna (cf. Mt 19,18). Se trata de la ley que establece la sanción que se debe aplicar a quien comete adulterio. Tampoco esta ley es abolida; Jesús solamente establece una condición para su aplicación: «El que de ustedes no tenga pecado que sea el primero en lanzar una piedra sobre ella». La condición necesaria y suficiente para la aplicación de esa ley es que el primero en lanzar una piedra esté libre de pecado; el segundo y tercero y todos los demás ya podían seguir. La condición no se cumplió y los que habían avergonzado a la mujer y querían desacreditar a Jesús quedaron ellos avergonzados y desacreditados con la máxima publicidad: «Se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más ancianos; y quedó Jesús solo con la mujer, que seguía en medio».

¿Tenemos que admirar la honestidad de esos hombres? No. Lo que ocurre es que ante Jesús la conciencia de ellos estaba al desnudo. Ha habido santos confesores, como el Cura de Ars y el Padre Pío, que manifestaban a los penitentes los pecados ocultos y los que ni ellos mismos recordaban. Ante Jesús, esos hombres se sintieron igual que Adán ante Dios después de su pecado: «Oí tu voz en el jardín y temí, porque estoy desnudo; y me escondí» (Gen 3,10). Por eso, los comentaristas ven en el gesto de escribir en el polvo de Jesús la realización de una profecía de Jeremías: «Todos los que te abandonan, Señor, serán avergonzados; en la tierra serán escritos, porque abandonaron el manantial de aguas vivas, el Señor» (Jer 17,13).

«Quedó Jesús solo con la mujer, que seguía en medio». Todo el pueblo sigue como espectador. Jesús, que hasta entonces ha estado escribiendo en el suelo, se levanta y no ve a nadie más que a la mujer: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella responde: «Nadie, Señor». Pero tanto ella como el pueblo esperan la sentencia de Jesús, que llega como una plena rehabilitación: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». El relato nos deja aquí. Pero podemos estar ciertos que Jesús obtuvo el objetivo. Hasta ahora la mujer no había dado muestras de arrepentimiento. Después de su encuentro con Jesús y de experimentar su infinita bondad, que es expresión de la misericordia de Dios, podemos estar seguros que sintió dolor de su pecado y quedó convertida para siempre. Para esto vino Jesús al mundo. El encuentro con él tiene ese resultado.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles