Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de Diciembre del 2015

Lc 2,41-52
Hijos de Dios por gracia

San Juan en su Evangelio afirma que la venida del Hijo de Dios al mun-do es la expresión máxima del amor de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que ten-ga vida eterna» (Jn 3,16). Pero ese Evangelio no nos informa sobre cómo se realizó en concreto ese don tan grande del amor de Dios al mundo. Por los Evangelios de Mateo y Lucas sabemos que el Hijo de Dios nació de una Virgen en Belén de Judá. Pero esto no basta. Debemos agregar que esa Virgen esta-ba casada con un hombre llamado José de la casa de David y que, por tanto, Dios dio al mundo a su Hijo único nacido en el seno de una familia. De esta manera Dios nos advierte que ningún niño debería venir al mundo fuera de una familia fundada sobre el matrimonio indisoluble de sus padres. La Iglesia celebra este domingo, el que cae dentro de los ocho días sucesivos a la Navi-dad, la solemnidad de la Sagrada Familia de José, María y Jesús.

Ya ha destacado el Evangelio de Lucas algo esencial en estos esposos –José y María– llamados a ser los padres del Hijo de Dios: «Cumplían todas las cosas según la ley del Señor» (Lc 2,39). ¡Norma fundamental en toda familia! Lo reafirma la introducción al Evangelio de hoy: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua». Es un viaje de más de 100 km; va-rios días, en ese tiempo.

Más de treinta veces subieron a Jerusalén durante la vida oculta de Je-sús. El Evangelio nos relata lo ocurrido en uno de esas peregrinaciones: «Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres». Debían ser peregrinaciones multitudinarias en las que subían muchas familias de Nazaret. Por eso el Evangelio explica que sus padres, hi-cieron un día de camino sin inquietarse, «pensando que estaría en la carava-na» y luego «lo buscaron entre parientes y conocidos». Lo encontraron en el templo de Jerusalén al tercer día.

En ese momento Jesús estaba «sentado en medio de los maestros, es-cuchándoles y preguntándoles». Pero ¿qué hizo en el templo durante los tres días y sus noches? Una sola respuesta es posible: estaba con su Padre, es de-cir, oraba. Si ya el Evangelio nos había dicho respecto de la profetisa Ana que «no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oracio-nes» (Lc 2,37), cuanto más se debe decir esto del Hijo de Dios. La conducta de Jesús nos recuerda también la del profeta Samuel cuando era un niño: «Samuel se acostaba en el Santuario del Señor, donde se encontraba el arca de Dios» (1Sam 3,3). En la respuesta que Jesús da a sus padres cuando lo en-cuentran en el templo expresa su vinculación con el templo: «Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?».

«La casa de mi Padre». Así llama Jesús al templo, al mismo que los ju-díos llamaban «casa de Dios». Es la primera vez que Jesús expresa su con-ciencia de Hijo de Dios. Ningún judío se refería a Dios llamandolo «mi Padre», porque llamar a Dios de esa manera significa reivindicar para sí la naturaleza divina. Esto es lo que entendieron bien sus contemporáneos, cuando Jesús comenzó su ministerio público: «Los judíos trataban con mayor empeño de matarlo, porque... llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Esta fue la causa de la muerte de Jesús, como dicen a Pilato: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7).

«Tu padre y yo te buscabamos». Al decir «tu padre», refiriendose a Jo-sé, María no está diciendo algo inexacto. Jesús no tiene en esta tierra otro padre –como es el caso de un niño adoptado–, y José es el que Dios le dio como padre, siendo el esposo de María. Jesús es Hijo de Dios y es hijo de Jo-sé. Es lo mismo que se puede decir hoy de todo el que vive fielmente su con-dición de cristiano: somos hijos de Dios por gracia y somos hijos de nuestros padres en la tierra. Debemos obediencia a nuestros padres de la tierra; pero más debemos obediencia a Dios, porque Él es nuestro creador y nuestro Fin último y será nuestro Padre eternamente: «El que ama a su padre y a su ma-dre más que a mí no es digno de mí» (Mt 10,37), dice Jesús, es decir, no es digno de compartir conmigo la condición de Hijo de Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles