Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 20 de Diciembre del 2015

Lc 1,39-45
Mujer, grande es tu fe

«En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Con estas palabras comienza el Evangelio de este Domingo IV de Adviento. Todos los personajes son conocidos por el lector, porque han sido introducidos por Lucas anteriormente. Pero la acción se explica por las palabras que dijo el ángel Gabriel a María después de que le anunció que concebiría en su seno al Hijo de Dios: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella a quien llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,36-37). En conocimiento de esta información, María se pone en camino con prontitud para visitar a Isabel.

El Evangelio nos relata, entonces, el encuentro de esas dos mujeres, María e Isabel. María partió en su viaje desde su ciudad de Nazaret, donde recibió el anuncio del ángel Gabriel, hasta una ciudad de Judá, cercana a Jerusalén, donde habitaba Isabel con su esposo Zacarías, que era sacerdote en Israel. Una distancia de 100 km en línea recta. «María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». ¿Por qué el dueño de casa no interviene? Zacarías no interviene, porque está mudo, como le advirtió el ángel cuando le anunció que su esposa Isabel tendría un hijo, a pesar de su esterilidad y edad avanzada: «Te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no has creído en mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,20).

Ambas mujeres han concebido un hijo, aunque de manera muy distinta. Ambas conocen la identidad de su propio hijo y saben que el nombre respectivo fue dado por el mismo Dios. A Zacarías dijo el ángel: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan... será grande ante el Señor... estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre... irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías... para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,13.15.17). Por su parte, a María dijo el ángel: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,31-33). En el caso de Juan el anuncio se hace al padre, porque su concepción será con intervención de él y el niño será hijo de Zacarías; en el caso de Jesús el anuncio se hace a María, porque su concepción será sin intervención de varón y el Niño será Hijo del Altísimo.

En el encuentro de ambas mujeres adquieren relevancia los respectivos hijos. En efecto, «sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo». El niño ya estaba lleno del Espíritu Santo. Ahora queda llena de Espíritu Santo su madre movida por el Espíritu va a profetizar. El hijo comunica a la madre el espíritu profético: «Exclamando con gran voz Isabel dijo a María: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”». Nada en María indicaba que ella tenía en su seno un hijo, recién concebido; nada en ella llamaba la atención. Y, sin embargo, Isabel sabe que ella es la más bendita entre todas las mujeres que han existido y existirán y sabe que eso ocurre por razón de su hijo, a quien llama «fruto de tu vientre», indicando que ese niño ha sido concebido sin intervención de ningún otro, excepto de Dios, su Padre. Isabel sabe cuál es la identidad de ese hijo: «¿De dónde me viene a mí que venga a mí la madre de mi Señor?». El Hijo de María es el mismo a quien Isabel llama «mi Señor».

En el Israel de ese tiempo la jerarquía que se establecía por razón de la edad era estrictamente observada. El anciano era más respetable que el joven. Vemos, sin embargo, que en la visitación, Isabel, que es la más anciana, trata con más respeto a María, que es la joven y que ha venido a servirla, al punto de declararse indigna de ser visitada por ella. Debemos admirar la humildad de María, que no obstante haber sido constituida la Madre del Señor, se apresura en visitar a su pariente con el fin de servirla durante su embarazo. Ella es digna madre del que declaró: «No he venido para ser servido, sino para servir y entregar la vida» (Mc 10,45). Todo el peso de esa declaración se capta si se considera que quien la hace es Dios mismo que, hecho hombre, vino al mundo.

La intervención profética de Isabel concluye con una bienaventuranza que pone el acento en la fe de María: «Bienaventurada la que creyó que las cosas que le fueron anunciadas de parte del Señor, tendrían cumplimiento». La única actitud adecuada ante Dios es la fe, es decir, la certeza de que su Palabra es la verdad y que confiando en ella no quedaremos defraudados. Si Jesús admiró la fe de la mujer cananea, diciendole: «Mujer, que grande es tu fe» (Mt 15,28), imaginemos cuánto le agradaba la fe de su Madre María. La carta a los Hebreos nos advierte: «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb 11,6). Que sea la fe lo que domine en estos días, en que celebramos el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros, y la absoluta certeza de que «no se nos ha dado bajo el cielo otro Nombre por el cual podamos ser salvados» (Hech 4,12).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles