Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de Diciembre del 2015

Lc 3,10-18
Juan evangelizaba al pueblo

El Evangelio de este Domingo III de Adviento nos presenta a Juan Bautista en el cumplimiento de la misión asignada a él por Dios desde antes de su nacimiento. En efecto, su padre, Zacarías, mientras servía en el templo, recibió este anuncio del ángel Gabriel: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor;... estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, los convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él... para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,13-17). Y cuando el niño nació y se reunieron parientes y conocidos para la circuncisión e imposición del nombre, su padre en su alabanza a Dios, se dirige a ese niño diciendo: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, a dar a su pueblo conocimiento de salvación, en el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios» (Lc 1,76).

La misión de Juan es entonces «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto... preparar al Señor sus caminos». Cuando el niño se hizo adulto y comenzó su misión, el evangelista Lucas asegura que en él se cumplió aquel oráculo de Isaías: «Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas...» (Lc 3,4). Pero esta es una metáfora. Las multitudes que oyen la predicación de Juan quieren saber, en concreto, qué deben hacer para estar «bien dispuestos»: «Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, que las comparta con el que no tiene; y el que tenga para comer, que haga lo mismo”». Lo que está por manifestarse son «las entrañas de misericordia de nuestro Dios»; lo que se debe hacer para estar bien dispuesto es la práctica de la misericordia. En efecto, Juan menciona dos obras de misericordia: «Vestir al desnudo; dar de comer al hambriento». Con estas dos, indicadas a modo de ejemplo, Juan recomienda todas las obras de misericordia, corporales y espirituales.

Esa es la actitud general apropiada para acoger al Señor que viene. Pero también lo consultan unos publicanos y unos soldados que han venido a su bautismo: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». Ellos han recibido el bautismo de conversión y están dispuestos a hacer lo que Juan les diga. Habríamos esperado que Juan les mandara dejar su oficio, sobre todo, el de publicano que era considerado equivalente a pecador. Pero Juan les manda la honestidad, la justicia y la verdad: «No cobren más que lo asignado... no extorsionen con la fuerza, no hagan denuncias falsas, quedense satisfechos con su paga». Estas son las actitudes esenciales para recibir la salvación de Dios.

El testimonio de Juan, su predicación y sus admirables resultados de conversión despertaban interrogantes en la gente: «Como el pueblo estaba a la espera, todos discurrían en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo». Con su humildad, Juan deja en evidencia una vez más que él es el más grande de los nacidos de mujer (cf. Lc 7,28), como lo define Jesús: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego». Los más grandes entre los hombres son los más humildes; su grandeza consiste en la humildad, porque ellos son capaces de comprender la verdad acerca del ser humano. Antes de su nacimiento el ángel Gabriel dijo sobre Juan: «Él será grande ante el Señor». ¡Y lo era! Sin embargo, para hacer comprender su pequeñez en relación con aquel cuya venida anuncia, Juan asegura que él no es digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias, que era oficio reservado a esclavos. Pero da también otra razón más profunda de la grandeza de aquel que viene: «Yo los bautizo con agua... Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego». El Espíritu Santo es la fuerza de Dios.

Juan fue anunciado como motivo de gozo y alegría para sus padres y –agrega el ángel– «muchos se gozarán en su nacimiento». Su mensaje es también un mensaje de gozo: «Dar a conocer la salvación... por las entrañas de misericordia de nuestro Dios». Por eso Lucas concluye el relato de su misión diciendo: «Evangelizaba al pueblo». Es necesario conservar el verbo «evangelizar», porque expresa una acción única en la cual interviene Dios mismo con su fuerza salvadora. No es mera información, como es el caso de una noticia, aunque sea una muy «buena noticia», porque una noticia se dirige sólo a la mente. San Pablo define el Evangelio como «fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16). Traducir «Evangelio» por «Buena Noticia» es reducirlo y, por tanto, falsearlo. El Evangelio es una «fuerza de Dios». Esto sí que lo define. No hay evangelización si no se recibe en la fe; y cuando se recibe en la fe, es una fuerza de Dios que salva, que transforma la vida y produce pleno gozo. La predicación de Juan puede llamarse «evangelizar al pueblo», porque quienes la recibían, incluso publicanos y soldados, cambiaban de vida, y estando bien dispuestos para recibir al Señor, recibían la salvación «por las entrañas de misericordia de nuestro Dios» y se llenaban de gozo. Este es el clima que debe caracterizar el Año Jubilar de la misericordia que ha sido proclamado por el Papa Francisco.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles