Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de Diciembre del 2015

Lc 3,1-6
Vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto

El domingo pasado comenzaba el Adviento recordandonos que estamos en un tiempo de espera de la última venida de Jesucristo, que será en gloria y majestad. La consigna que Jesús nos dio para este tiempo intermedio entre su primera y última venida es esta: «Velen, orando en todo momento» (Lc 21,36). En este Domingo II de Adviento el Evangelio nos pone en el clima de espera que tenía la humanidad antes de la primera venida de Cristo. El personaje obligado de esa espera es Juan Bautista, el Precursor. En efecto, la misión de Juan fue predicar la conversión para preparar el camino al Señor que viene.

En sus primeros capítulos, el Evangelio de Lucas nos ha narrado los hechos que rodearon la concepción y el nacimiento de Juan y la reacción de quienes fueron testigos de ellos: «Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: "Pues ¿qué será este niño?". Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él» (Lc 1,66-67). Su padre, Zacarías, alabando a Dios, hace esta predicción sobre él: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos» (Lc 1,76). No sabemos nada más sobre ese niño fuera de la observación general de Lucas: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). El lector queda, entonces, esperando esa manifestación, que ocurrirá varios años después. El Evangelio de hoy nos relata ese hecho.

Lucas incluye una cronología que es completamente inusual en los Evangelios: «En el año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás...». ¿Cuál es el evento tan relevante que se sitúa en la historia con tanta precisión? Podría parecer que se está situando a Juan. Pero no es así, pues, si se hubiera querido situar a Juan, el momento para hacerlo habría sido su nacimiento. Ni siquiera el nacimiento de Jesús se sitúa con semejante precisión. Respecto de Jesús, Lucas sólo observa: «Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo» (Lc 2,1). El evento que se quiere ubicar en la historia es la irrupción de la Palabra de Dios: «... aconteció (egéneto) la Palabra de Dios sobre Juan». Es la Palabra de Dios la que conduce la historia y le da sentido. Lo declara el Prólogo del IV Evangelio: «En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba hacia Dios y la Palabra era Dios... Todo aconteció (egéneto) por ella y sin ella no aconteció (egéneto) nada» (Jn 1,1.3). Si no hubiera intervenido en la historia la Palabra de Dios, Juan habría seguido en el desierto, esperando.

«Aconteció la Palabra de Dios sobre Juan... en el desierto». Allí lo había dejado Lucas después de su nacimiento. El desierto es el lugar más apropiado para escuchar la Palabra de Dios. Allí se prescinde de todo lo superfluo; se conserva sólo lo que es esencial. Juan es entonces un ejemplo de escucha de la Palabra de Dios: «Se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectas sus sendas...».

Juan es una advertencia para nosotros, que estamos rodeados de tantos bienes superfluos. Nuestra sociedad se ha descrito como «opulenta», lo más contrario al desierto y, por tanto, ajena a la Palabra de Dios. Los niños en nuestro país despilfarran $ 150.000.000 diarios en comida que se bota, ¡porque no les apetece comerla! Y los adultos no los educamos. En estos días previos a la Navidad a nadie se le ocurre recordar que se celebra el nacimiento del Hijo de Dios, pobre y humilde en un pesebre. Eso sería «políticamente incorrecto». Lo correcto en estos días es rendir culto al dios dinero y su ley del consumismo. Hemos hecho de la Navidad de Cristo una navidad del comercio. En su tiempo Jesús se indignó cuando hicieron del templo de Jerusalén un lugar de comercio y expulsó del templo a todos diciendo: «No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (Jn 2,16). Imaginemos cómo reaccionaría hoy si se paseara por nuestras calles y ciudades y viera que hemos hecho de su nacimiento una fiesta del consumismo. Acojamos la predicación de Juan: «Praparen el camino del Señor...».

Hemos destacado la gran cronología de Lucas. Observamos que el cómputo del tiempo se hacía según el personaje más importante de la historia de ese tiempo: «En el año quince del gobierno de Tiberio César...». Pero a nosotros este dato no nos dice nada. Si buscamos en un diccionario vemos que ese emperador gobernó desde el año 14 al 37 y que el año quince es, por tanto, el año 29. Esto es significativo para nosotros, porque corresponde a nuestro cómputo del tiempo. ¿Según qué personaje hacemos este cómputo? Según el único que divide la historia humana en antes y después. En efecto, hay que detallar: año 29 d.C. (después de Cristo). El punto central de la historia se ha ubicado en el nacimiento de Jesús. Es un hecho que nos invita a reflexionar, incluso a los que no tienen fe. Aunque todos los gobernantes de la tierra se pusieran de acuerdo (en una reunión como la «cumbre climática» que está transcurriendo en París) para imponer el cómputo del tiempo de otra manera, no lo lograrían. Ha tenido que intervenir una fuerza superior al ser humano para que el tiempo se cuente en el mundo según el nacimiento de un Niño que nació oculto, despreciado, en un lugar ignorado de la tierra y que concluyó su vida crucificado. Nada puede explicar este hecho evidente, excepto que ese Niño es el Hijo de Dios hecho hombre. Este es el hecho que celebramos en estos días. No estemos distraídos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles