Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de Junio del 2011

Jn 3,16-18
Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios

«Tanto amó Dios al mundo que dio al Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Estas palabras son el punto culminante de la conversación que tuvo Jesús con un fariseo llamado Nicodemo, magistrado judío a quien el mismo Jesús definió como «maestro en Israel». ¿Qué entendió Nicodemo cuando escuchó esas palabras? Nicodemo se había formado un concepto elevado sobre Jesús, disociandose en esto de los otros fariseos. Por eso viene a verlo de noche y comienza la entrevista con estas palabras: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3,2).

En esta conversación Jesús habla de sí mismo en tercera persona asumiendo el título de «Hijo del hombre». En efecto, en las frases anteriores a esa culminante Jesús dice a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,13-15). «Hijo del hombre» es una expresión idiomática judía que significa hombre; pero es propia de Jesús, pues solamente él la usa. Pablo, por ejemplo, cuando habla de sí mismo en tercera persona, dice: «Sé de un hombre en Cristo, el cual... fue arrebatado hasta el tercer cielo» (2Cor 12,2). ¿Por qué usa Jesús la expresión «Hijo del hombre» para hablar de sí mismo? Porque él habla desde un punto de vista distinto de todos los demás hombres. En todos los demás no es necesario acentuar la naturaleza humana, pues es evidente, en cuanto es proporcional a su persona humana. En el caso de Jesús, en cambio, es necesario marcar la diferencia y, por medio de ese título, acentuar su condición de hombre, porque su Persona es divina y la naturaleza humana es asumida por su Persona. Lo dice admirablemente el himno cristológico que cita San Pablo: «Siendo de condición divina... asumió la condición de esclavo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como un hombre» (Fil 2,6.7).

Nicodemo entiende que Jesús está hablando de sí mismo con la expresión «Hijo del hombre» y cree que él ha bajado del cielo. Hemos visto que comienza la conversación reconociendo eso. Pero ahora Jesús habla de sí mismo con una expresión que no significa hombre, sino Dios: «Tanto amó Dios al mundo que le dio al Hijo Único». Y afirma que la fe en ese Hijo Único es necesaria para tener vida eterna, es decir, la misma vida de Dios. Jesús está revelando a Nicodemo algo absolutamente nuevo: que Dios tiene un Hijo Único, que ese Hijo Único de Dios ha venido al mundo asumiendo la forma de Hijo del hombre y que ese Hijo del hombre es el que está allí hablando con él.

La salvación del ser humano consiste en gozar de la vida eterna que es la vida de Dios, y esta vida no se puede recibir sino creyendo que Jesús es el Hijo Único de Dios hecho hombre: «El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo Único de Dios». Los apóstoles creyeron en él. Por eso, incluso con riesgo de su vida, comienzan a predicar que «no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hech 4,12). El Nombre es el modo de referirse a su Persona.

De la afirmación de Jesús deducimos que Dios engendra un Hijo Único y, por tanto, Él es Padre. Padre e Hijo son dos Personas distintas, pero ambos son el mismo y único Dios. El Hijo asumió la naturaleza humana y se hizo hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios concediendonos una participación en la naturaleza divina, lo que Jesús llama «vida eterna». Pero en esto reconocemos la actuación de una tercera Persona divina que Jesús revela así: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad... él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y se lo comunicará a ustedes» (Jn 16,13.14.15). El Espíritu Santo nos comunica lo que es propio de Jesús, y lo que es propio de Jesús es el ser Hijo de Dios. Eso es lo que estamos llamados a ser nosotros por acción del Espíritu Santo.

Jesús ha revelado a las tres Personas divinas, por la acción que tienen en nuestra salvación: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ha quedado así revelado el misterio de la Santísima Trinidad, la verdad más fundamental del cristianismo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Personas distintas, pero una sola sustancia divina, un solo y único Dios. La felicidad plena en el cielo consistirá en gozar de su visión por toda la eternidad.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles