Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 31 de Enero del 2016

Lc 4,21-30
Vino a su casa y los suyos no lo recibieron

El Evangelio de este IV Domingo del tiempo ordinario retoma el relato de Lucas sobre la intervención de Jesús durante la liturgia del sábado en la sinagoga de Nazaret. En ese pueblo de la Galilea Jesús se había criado y había vivido hasta que comenzó su ministerio público. Por eso, aunque nació en Belén, él responde al nombre «Jesús de Nazaret» o «Jesús el Nazareno» (Jn 1,45; 18,3-8; 19,19; Hech 10,38).

Habíamos dejado el relato en un momento de alta expectativa, después que Jesús terminó la lectura del pasaje del profeta Isaías y se sentó, adoptando la actitud propia del maestro: «En la sinagoga los ojos de todos estaban fijos en él» (Lc 4,20). La alocución de Jesús debió durar un largo rato, explicando lo que Lucas resume en una frase: «Hoy se ha cumplido esta Escritura (que ha resonado) en los oídos de ustedes». Durante toda su explicación seguían los ojos de todos fijos en él.

Mientras Jesús habla se produce la reacción que anota Lucas: «Todos daban testimonio de él y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca». Daban testimonio unánime de que nunca nadie ha hablado de esa manera. Es lo que responden los enviados por los Sumos Sacerdotes a detener a Jesús, para explicar por qué no pudieron hacerlo: «Nunca un hombre ha hablado así» (Jn 7,46). Es que nadie puede leer la Palabra de Dios y comentarla como lo hacía Jesús. Él no sólo es el autor de esa Palabra, sino que él es esa Palabra. Nadie podía sustraerse a la admiración que producía.

Lucas crea gran expectativa también en el lector. Ante la afirmación que Jesús ha hecho, a saber, que él es el Ungido que da cumplimiento a toda las promesas de Dios, no pueden quedar indiferentes: o lo aceptan como tal o lo rechazan.

Si hubieran aceptado sus palabras con fe, mientras tenían los ojos fijos en él, se habría realizado lo que dice el Salmo 34 respecto de Dios: «Contemplenlo y quedarán radiantes y sus rostros no se avergonzarán» (Sal 34,6). Pero no podía dejar de pesar la circunstancia de que Jesús haya vivido entre ellos treinta años. Si Jesús es efectivamente lo que dice ser, ¿cómo no lo notaron ellos durante todos esos años? De hecho, Jesús vivió en ese pueblo sin que repararan mayormente en él. La pregunta que se hacen unos a otros: «¿No es este el hijo de José?», está formulada en griego de manera que espera respuesta afirmativa: «Sí, este es el hijo de José», que mantenía un bajo perfil. Esperan que él se acredite ahora haciendo allí las cosas que han oído que ha hecho en Cafarnaúm. Jesús conoce sus pensamientos y les dice: «Seguramente me van a decir el refrán: “Médico, curate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria”». En Cafarnaúm Jesús había curado a la suegra de Pedro y a muchos enfermos y endemoniados que le trajeron. ¿Qué habría ocurrido si hubiera hecho en Nazaret lo mismo? Tampoco habrían creído, porque la fe no se produce a consecuencia de un milagro. En la parábola del rico opulento y de Lázaro, el pobre, Jesús pone en boca de Abraham esta sentencia: «Aunque alguien resucite de entre los muertos, no se convencerán» (Lc 16,31). De hecho, Jesús resucitó a un muerto, que precisamente se llamaba Lázaro, y los judíos lo reconocieron ¡y no creyeron! (cf. Jn 11,47.57).

Jesús explica el rechazo que se va produciendo por medio de un refrán en el cual, él mismo se define como profeta: «En verdad les digo, que ningún profeta es bien recibido en su patria». Jesús aplica este principio incluso a los grandes profetas Elías y Eliseo. Muchas viudas había en Israel, cuando hubo una sequía de tres años y seis meses; pero ninguna de ellas habría obedecido el mandato del profeta: «Haz primero una tortilla para mí y traemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “No se acabará la harina en la tinaja, ni se agotará el aceite en la orza”, hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la tierra» (1Rey 17,13-14). Por eso, Dios mandó al profeta a pedir alimento a una viuda de Sarepta de Sidón, que creyó en la palabra del profeta. Y muchos leprosos había en Israel que pudieron haber sido limpiados por Eliseo; pero ninguno de ellos habría obedecido la orden de lavarse en el Jordán para quedar limpio de la lepra. Ni siquiera el rey de Israel sabía que había un profeta en Israel. En cambio, Naamán, el general del ejército sirio, se lavó en el Jordán y quedó limpio de su lepra (cf. 2Rey 5,8.14).

Esta argumentación de Jesús hizo que en la sinagoga de Nazaret la admiración se transformara en ira. No aceptan la libertad que reivindica Jesús para predicar su palabra y ejercer su poder fuera de Nazaret, e incluso en todo el mundo; y ya que no pueden retenerlo para beneficio exclusivo de ellos, deciden eliminarlo: «Levantandose, lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo». Jesús, en definitiva, ejerció su poder en medio de ellos, pero ¡para impedir que lograrán su objetivo!: «Atravesando en medio de ellos se marchó». Debió recordar Jesús ese momento, cuando tres años más tarde, vienen a detenerlo y lo identifican por su pueblo: «¿A quién buscan? – A Jesús el Nazareno – Yo soy -... Cuando les dijo “Yo soy”, retrocedieron y cayeron a tierra» (Jn 18,4-6).

La sentencia de Juan sobre la Palabra hecha carne: «Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11), se aplica a su pueblo de Nazaret, como hemos leído en el Evangelio de hoy; se aplica a su pueblo de Israel; y se aplica también a toda la humanidad. Los países de tradición cristiana somos «los suyos» de hoy; debemos preocuparnos, entonces, de no cerrarnos a la Palabra de Dios. Juan agrega: «A cuantos lo recibieron les dio el poder llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Para esto vino Jesús a los suyos; vino para elevarnos a la condición de hijos de Dios. Es necesario acogerlo en nuestra vida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles