Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 24 de Enero del 2016

Lc 1,1-4; 4,14-21
Me ha enviado a proclamar un año de gracia del Señor

En este III Domingo del tiempo ordinario el Evangelio se abre con la lectura del prólogo de Lucas. Muy posesionado de su condición de autor, el evangelista declara que su propósito es «escribir por su orden las cosas que se han verificado entre nosotros, después de haberlas investigado diligentemente desde sus orígenes». El resultado es tal que permite a su destinatario –el ilustre Teófilo– conocer la solidez de las enseñanzas que ha recibido. Lucas habla de una investigación diligente de los hechos que escribe. ¿Cuáles fueron sus fuentes de información?

El evangelista describe sus fuentes en estos términos: «Los que desde el principio vieron con sus propios ojos las cosas que se han verificado entre nosotros y luego fueron servidores de la Palabra». Esta definición corresponde solamente a los Doce. En efecto, cuando Judas desertó y fue necesario reemplazarlo, el criterio establecido por Pedro, registrado por el mismo Lucas, fue este: «Uno de los que anduvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor Jesús convivió con nosotros desde el Bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado al cielo» (Hech 1,21-22), es decir, uno de los que han visto todo con sus ojos. Y, cuando fue necesario delegar el servicio de las mesas –se entiende, la administración– a siete varones llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, Pedro dice respecto de los Doce: «Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hech 6,4). A los Doce corresponde, entonces, formular la oración cristiana –todo el culto cristiano, como distinto del culto judío– y ser «servidores de la Palabra». El servicio de ellos fue velar para que todo lo que se enseñara sobre Jesús fuera ajustado a la verdad. Ellos fueron la fuente de información de Lucas. No existe otra fuente más sólida. Nunca imaginó Lucas que, pasando el tiempo, su escrito sería leído en la liturgia de la Iglesia y que se concluiría la lectura con la afirmación solemne: «Palabra de Dios». Nosotros, como el ilustre Teófilo, que significa «amado de Dios», debemos dejarnos iluminar por sus palabras durante este año en que leeremos domingo a domingo su Evangelio.

Después del prólogo, Lucas nos relata que, por la circunstancia del censo ordenado por César Augusto, Jesús nació en Belén de Judá. Pero se crió en Nazaret, el pueblo de Galilea de la Virgen María, su madre. En la segunda parte del Evangelio de hoy se nos relata el momento en que Jesús, después de haber comenzado su ministerio público, regresa a su pueblo de Nazaret: «Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura». El evangelista nos informa que durante treinta años fue costumbre de Jesús participar en la liturgia de la Palabra que se celebraba en la sinagoga todos los sábados. Pero hasta entonces se había mantenido anónimo. Esta vez ocurre algo insólito: «Se levantó para hacer la lectura». Podemos suponer que, en cierto sentido, esto era lo esperado ese día, porque la fama de lo que Jesús había enseñado en la sinagoga de Cafarnaúm y de los milagros que había obrado allá lo había precedido y todos estaban expectantes.

La sinagoga tenía un «ordo» de las lecturas correspondientes a cada sábado del año. Era difícil buscar una lectura cualquiera distinta de la correspondiente al día, porque se trataba de rollos de pergamino, y habría sido necesario rebobinar el rollo hasta encontrar el texto deseado. Podemos suponer, entonces, que la lectura que Jesús leyó era la que correspondía a ese día: «Le fue entregado el libro del profeta Isaías y, desenrollando el libro, encontró el pasaje donde está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor”». Al escuchar este texto de Isaías, en el cual el profeta habla en primera persona singular, la pregunta que todos los intérpretes se hacían es la que hacía el ministro etíope al diácono Felipe: «¿De quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?» (Hech 8,34). Jesús responde: «Hoy se ha cumplido esta Escritura». Es como decir: «El profeta dice esto de mí y yo le doy cumplimiento hoy».

El adverbio de tiempo «hoy» tiene en Lucas un sentido profundo; se trata del tiempo de la salvación. Lucas define ese adverbio con ocasión del bautismo de Jesús, cuando la voz del cielo le dice: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy» (Lc 3,22, según el texto de algunos manuscritos). Ese «hoy» es el eterno presente de Dios. Con ese mismo sentido Lucas usa el adverbio en otros momentos. Es la sentencia que dirige Jesús a Zaqueo: «Hoy ha entrado la salvación a esta casa» (Lc 19,9). Es la promesa que hace Jesús el buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Esperamos nosotros entrar en ese «hoy» de Dios, al cual también se refiere reiteradamente la Carta a los Hebreos: «Si hoy escuchan su voz, no endurezcan el corazón» (Heb 3,7-8.15; 4,7).

Jesús resume su presentación como el Ungido, enviado por el Señor a «proclamar un año de gracia del Señor». ¿Qué entendieron los presentes? La ley de Moisés ordenaba la celebración de un Año de gracia cada cincuenta años en Israel. En ese año los que habían debido venderse como esclavos recobraban la libertad, los que habían vendido sus tierras recuperaban su posesión y todas las deudas quedaban abolidas. Era un año de gracia, que se promulgaba haciendo sonar el cuerno (el yobel) en todo Israel. Pronto se dio a ese año el nombre del instrumento –«yobel»– de donde procede nuestra palabra «júbilo». Con esta imagen describió Jesús su misión, porque él vino a dar al ser humano la liberación definitiva de toda esclavitud, en modo especial, la que procede del pecado. De esa ley de Israel tomó la Iglesia la institución del Año Jubilar, que se celebra cada 25 años. En este momento estamos celebrando un Año Jubilar extraordinario de la misericordia, proclamado por la Iglesia. Sabiendo ahora cuál es su origen y sabiendo que las gracias que se reciben proceden de Cristo, podemos gozar con más abundancia de sus frutos espirituales.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles