Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Enero del 2016

Lc 3,15-16.21-22
Hemos sido bautizados en Cristo Jesús

Celebramos este domingo la Solemnidad del Bautismo de Jesús en el Jordán, con la cual concluye el tiempo litúrgico de Navidad y se abre el tiempo litúrgico ordinario. Jesús eligió como punto de partida para su vida pública ese baño de conversión que predicaba Juan.

El Evangelio de Lucas ya nos había informado sobre la concepción prodigiosa de Juan –de una mujer estéril y de edad avanzada– y sobre su nacimiento. Estos hechos asombraron a los vecinos que se preguntaban: «¿Qué irá a ser de este niño?». El evangelista agrega: «En efecto, la mano del Señor estaba con él» (Lc 1,66). Pasaron varios años (29, para ser exactos), hasta que «en el año quince del gobierno de Tiberio César... (sigue la gran cronología de Lucas), vino la Palabra de Dios sobre Juan... y él se fue por toda la región del Jordán predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3,1-3). Según fue anunciado a su padre, él debía «ir delante del Señor para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (cf. Lc 1,17). El tenor de su predicación era severo contra los pecadores: «¡Raza de víboras! ¿Quién les ha enseñado a huir de la ira inminente?» (Lc 3,7). ¡Y lograba su objetivo, porque el pueblo acudía a él y se convertía!

La inmensa veneración que el pueblo tenía por Juan se manifiesta en la observación con que se abre el Evangelio de hoy: «El pueblo estaba a la espera y se preguntaban todos en su corazón acerca de Juan, si no sería él el Cristo...». Juan los saca inmediatamente de su error explicando la diferencia: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará a ustedes en Espíritu Santo y fuego». Se entiende que se pueda pensar que el Cristo es quien bautiza –con agua, como lo hacía Juan, o mejor aun, con Espíritu Santo–; lo que no se entiende es que el Cristo sea quien es bautizado y, menos aun, con un bautismo de penitencia para perdón de los pecados. El Bautismo de Jesús se conserva en los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, a pesar de su dificultad, porque fue un hecho histórico innegable. Por eso, nosotros celebramos hoy esta fiesta.

¿Por qué quiso Jesús comenzar su vida pública haciendose bautizar por Juan? La respuesta no es fácil. Si la explicación hubiera sido clara, los evangelistas ciertamente la habrían transmitido. Lo que se deduce, en cambio, es su falta de comprensión. En efecto, Mateo hace ver la dificultad poniendo una objeción en labios de Juan: «Juan trataba de impedirselo (que Jesús entrara al agua para ser bautizado por él), diciendo: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?”» (Mt 3,14). Y el mismo Lucas se resiste a escribir que Juan bautizó a Jesús. Lo dice sólo en forma indirecta: «Sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, habiendo sido bautizado también Jesús y estando en oración, se abrió el cielo...». El bautismo era un baño en el cual la persona se hundía completamente en el agua. La inmersión en el agua se consideraba muerte a la vida anterior; y la emersión se consideraba nacimiento a una vida nueva. Esta era la conversión que ese rito significaba. En el bautismo de Juan –sólo de agua– esto era sólo un signo. Sometiendose al bautismo, Jesús quiere poner un signo de su propia muerte y resurrección y, además, anunciar el bautismo con el Espíritu Santo, en el cual esa muerte a la vida de pecado y resurrección a una vida nueva, que es participación de la vida divina, se realiza verdaderamente. Así como la mirra, que trajeron los magos como regalo al Niño Jesús, anunciaba su muerte, también el bautismo al cual se sometió Jesús anunciaba su muerte y resurrección.

Así interpreta San Pablo el bautismo cristiano: «¿No saben ustedes que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? Hemos sido sepultados con él en la muerte por medio del Bautismo, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Si nos hemos injertado en él en la semejanza de su muerte, lo estaremos también en la semejanza de su resurrección» (Rom 6,3-5). El bautizado nace a una vida que es la de Cristo resucitado, es decir, vida eterna, pues «Cristo resucitado ya no muere más» (Rom 6,9).

Es cierto que la mayoría de los católicos hemos recibido el Bautismo siendo pequeños y así hemos nacido a la vida divina. Pero cuando Pablo habla del Bautismo y cuando Jesús manda hacer discípulos «bautizandolos», está pensando, sobre todo, en personas adultas que se convertían. En el caso de ellos, bautizar no se reducía al baño con agua, sino que incluía la imposición de las manos del apóstol, con la cual se infundía el Espíritu Santo, y sobre todo, la Cena del Señor, en la cual se recibía como alimento su Cuerpo y su Sangre. Era una sola celebración continua. Y así debe ser en todo adulto que se bautiza (se entiende por adulto quien es capaz de recibir la catequesis). Él debe recibir en la misma celebración el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. No tiene sentido dilatar estos últimos dos Sacramentos, pues el bautizado no estará ningún otro día de su vida mejor dispuesto para recibir la Confirmación y la Eucaristía que el día de su Bautismo. Por eso, en un adulto esos tres Sacramentos, que son los Sacramentos de la iniciación cristiana, no pueden separarse y adquieren su pleno sentido cuando se administran en la Vigilia Pascual, la noche de la Resurrección de Cristo. Esperamos que en la próxima Vigilia Pascual muchos hombres y mujeres mueran con Cristo al pecado y resuciten con él a la vida divina y luego participen con los hermanos en el banquete de su Cuerpo y su Sangre.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles