Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Enero del 2016

Mt 2,1-12
Yo soy la luz del mundo

La profecía de Isaías, que se lee como primera lectura de este domingo en que celebramos el misterio de la Epifanía del Señor, anunciaba la vocación de Jerusalén como luz para todos los pueblos: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria del Señor sobre ti ha amanecido!... sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada» (Is 60,1-3). Esta profecía la leían los judíos en el tiempo de Jesús y se preguntaban cuándo tendría cumplimiento y en qué forma. Las Escrituras de Israel –la Ley y los profetas–, dado que la Palestina era paso de caravanas que viajaban entre Egipto y Mesopotamia, y también porque había comunidades judías en la diáspora, habían sido llevadas más allá de los límites de Israel y eran conocidas por los sabios de otros pueblos. También ellos se preguntaban por el sentido de esos textos.

Entre los sabios de Oriente se destacaban los astrólogos, cuya ciencia se basaba en la convicción de que los hechos que determinan la historia humana eran anunciados por signos que aparecen en el cielo. A falta de otro nombre, a estos estudiosos del cielo el Evangelio los llama «magos». Ellos conocían también la profecía de Balaam sobre Israel: «Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel...» (Num 24,17).

Esta es la situación que refleja la introducción del Evangelio de hoy: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”».

En Israel era claro que todas esas profecías de salvación por medio de un personaje futuro, se cumplirían en un descendiente de David, el cual sería Ungido (Mesías, Cristo), como fue David. David fue el personaje que fue gracias a la unción, por la cual le fue comunicado el Espíritu del Señor. Por eso, cuando Herodes oyó el objetivo de los magos, inmediatamente indaga sobre «el lugar donde había de nacer el Cristo». Sabemos que el pueblo de David era Belén. Precisamente por eso la profecía de Miqueas anunciaba: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel». Quedó entonces claro que el rey, que los magos buscaban, tenían que encontrarlo en Belén. Hacia allá los encamina Herodes.

Este Evangelio se lee en la Solemnidad de la Epifanía todos los años. Pero, si lo estuvieramos leyendo por primera vez, lo que más nos llamaría la atención, es que mientras el nacimiento del Hijo de Dios es anunciado a personajes tan lejanos y de otros pueblos, su propio pueblo estuviera completamente ajeno a este hecho: «El rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén». Es el primer anuncio de que la salvación que este Niño trae no se limita a Israel, sino que abarca a toda la humanidad: «Caminarán las naciones a tu luz». Por eso, antes que los mismos judíos, supieron del nacimiento del Salvador esos magos que representan a pueblos lejanos. La tradición entendió bien esto y por eso los representa respectivamente con los rasgos de las razas conocidas: blanco, negro y amarillo.

Otra revelación sobre la identidad de ese Niño está dada por los dones que esos magos traen para el recién nacido. Dos de esos dones, ciertamente corresponden a la realidad, y estaban anunciados por la profecía de Isaías sobre Jerusalén: «Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas al Señor». Son dones que corresponden a la identidad del destinatario: el oro indica la realeza y el incienso la divinidad. Pero hay un tercer don que no estaba anunciado y que no corresponde ni a un rey ni a un dios: la mirra. ¿Qué nos revela la mirra? ¿Por qué hay que regalarle mirra a ese Niño? La mirra era un ungüento que se usaba para tratar el cuerpo de un muerto. Muchos años después el cuerpo sin vida de Jesús fue tratado con una abundante cantidad de mirra: «Vino también Nicodemo –el que anteriormente había ido a verle de noche– con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar» (Jn 19,39-40; cf. Lc 23,56)). Los magos saben que ese Niño, que es rey y de condición divina, deberá salvar al mundo por medio de su muerte. Muchos años antes, ellos aportan lo mismo que Nicodemo.

El profeta Isaías veía que Jerusalén no brillaba con luz propia, sino que reflejaba la luz del Señor y con ella iluminaba a todos los pueblos. El Niño que nació en Belén, en cambio, es, él mismo, la luz, como lo declara más tarde: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Lo dice con toda intención: «La luz del mundo», no sólo de Israel. Él invita a compartir su luz a todos los hombres y mujeres de todo el mundo. Eso es lo que el mundo anhela más que nunca en nuestro tiempo en que parece que las tinieblas lo envuelven y tratan de sofocar la luz verdadera: «Estaba viniendo al mundo la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). Dejemonos iluminar por él.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles