Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 18 de Octubre del 2015

Mc 10,35-45
El Hijo del hombre vino a entregar la vida

Nosotros, que ya conocemos el desenlace de la vida de los Doce apóstoles (obviamente, considerando a Matías) y que sabemos que ellos son el fundamento sobre el cual se edifica la Iglesia de Cristo, quedamos sorprendidos al leer en el Evangelio de este Domingo XXIX del tiempo ordinario la petición que hacen a Jesús los hijos de Zebedeo. Más aun si observamos el momento en que la hacen. Jesús parece tener con ellos un diálogo de sordos. Sordos son los apóstoles, se entiende.

«Se acercan a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te pidamos”. Él les dijo: “¿Qué quieren que les conceda?”. Ellos le respondieron: “Concedenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”». Ellos han confesado que Jesús es el Cristo y, según la expectativa de Israel, al Cristo (el Ungido) corresponde heredar el trono de David, su padre, y tener un Reino eterno. En ese Reino ellos aspiran a los puestos de mayor honor y poder, a derecha e izquierda del rey mismo. Decíamos que Jesús parece dirigirse a sordos, porque sus palabras inmediatamente anteriores, dirigidas expresamente a los Doce, son estas: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, y a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34). Era el tercer anuncio de su pasión. Por eso, después de escuchar esa petición, Jesús les dice: «No saben lo que piden».

En realidad, lo que ellos piden es muy poco. Jesús quiere darles algo mucho mejor. Pero, para esto, pone una condición: «¿Pueden beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Jesús usa expresiones idiomáticas que nosotros no usamos. Pero sabemos que son expresión de una muerte violenta y que así lo entendieron Santiago y Juan. La condición es, entonces, seguirlo a él hasta el extremo de sufrir una muerte semejante a la suya; en otras palabras, «tomar su cruz y seguirlo» (cf. Mc 8,34). Los dos hermanos aceptan la condición: «Sí, podemos». Cumplida la condición, habríamos esperado que Jesús se comprometiera a concederles lo que pedían. Pero, en realidad, los hermanos dieron garantía de algo que no podían cumplir con sus propias fuerzas. De hecho, cuando Jesús fue llevado a crucificar, los apóstoles se dispersaron y lo dejaron solo. Jesús lo sabía: «Miren que llega la hora en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo» (Jn 16,32). Lo que Jesús les promete es algo mucho mejor que la gloria terrena que ellos ambicionan; les concede poder unirse con él en su muerte: «La copa que yo voy a beber, ustedes sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado». Es una profecía de su martirio. Santiago fue el primero de los Doce que murió mártir. Lo hizo decapitar Herodes Agripa poco antes de la Pascua del año 44 d.C. (cf. Hech 12,2-3). No conocemos las circunstancias de la muerte de Juan.

Para que ellos pudieran dar ese testimonio fue necesario un don que Jesús llama «la Promesa del Padre». Lo anuncia poco antes de ascender al cielo: «Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre... Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán fuerza y serán testigos (mártires) míos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,4.8). Si los apóstoles hubieran entendido a Jesús, habrían ambicionado eso. Fue eso lo que ambicionaron una vez que recibieron el Espíritu Santo, que les concedió la verdad completa sobre Cristo. Lo atestigua San Pablo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo... y conocerlo a él, el poder de su resurrección y la comunión con él en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte» (Fil 3,8.10-11). Santiago y Juan no sabían aún lo que pedían. Lo que Jesús les concede es el don supremo.

Los otros diez apóstoles tampoco entienden, pues ambicionan eso mismo: «Los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». Esto motivó una enseñanza de Jesús ya repetida: «El que quiera ser grande entre ustedes, será el servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será el esclavo de todos». El servidor y el esclavo son los más bajos en la escala social. Pero a los ojos de Dios el que elige esa condición es el más grande y el primero. Dada la dificultad de entender esto, Jesús lo enseña con su propia vida: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». ¿Cuál es el servicio que Jesús vino a darnos? Él ve a toda la humanidad sometida a la esclavitud del pecado que lleva a la muerte, completamente incapaz de liberarse por sí misma. Vino a pagar el rescate que nos da la libertad y la vida. Es el servicio supremo. Eso no podía conseguirlo de otra manera que entregando su propia vida: «El Hijo del hombre vino a servir y entregar la vida». Lo que nosotros debemos pedirle es poder unirnos a él en este servicio.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles