Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 27 de del 2015

Mc 9,38-43.45.47-48
Jesús iba enseñando a sus discípulos

El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario es continuación del discurso que comenzó con esta introducción: «Iban caminando –Jesús y sus discípulos– por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos» (Mc 9,30-31). Nosotros, que nos definimos como discípulos suyos, debemos ser especialmente receptivos de esta enseñanza.

La enseñanza tiene dos partes. La primera se refiere a la actitud que deben tener los discípulos con los de fuera, es decir, los que no pertenecen a su mismo grupo; la segunda es un tratado sobre el «escándalo», contra otros y contra sí mismo.

La enseñanza de Jesús era dialogada con sus discípulos. Uno de ellos, Juan, le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no nos sigue a nosotros y tratamos de impedírselo porque no nos sigue a nosotros». El que habla es Juan; pero habla en plural, porque presenta el modo de pensar de los Doce. El apóstol esperaba la aprobación de Jesús. Pero Jesús no aprueba esa actitud. Notemos que el apóstol usa el verbo «seguir» y que ese seguimiento se refiere a ellos; repite: «no nos sigue a nosotros». Pero en el Evangelio la fórmula «seguir» se refiere siempre a Jesús. Él llama a seguirlo a él. Se insinúa, por tanto, una actitud sectaria de los discípulos, que Jesús rechaza. En su respuesta tampoco él se dirige sólo a Juan, sino a todos sus discípulos y los instruye de esta manera: «No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego pueda hablar mal de mí». Lo importante es, entonces, la relación con Jesús. Lo importante es creer en Jesús. En la conclusión de este mismo Evangelio, Jesús envía a sus discípulos y les dice: «Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios...» (Mc 16,17).

Esta enseñanza de Jesús debe orientar todo el trabajo ecuménico. Lo que hacen nuestros hermanos evangélicos en el nombre de Jesús debe ser aprobado. Esa enseñanza se dirige también a los distintos movimientos y grupos dentro de la misma Iglesia Católica. No se debe discriminar a nadie porque no pertenece al mismo grupo que yo pertenezco; lo que importa es que siga a Jesús y que acoja en su vida la Palabra de Jesús, como testimonio de amor a él: «El que me ama guardará mi Palabra» (Jn 14,23).

Enseguida Jesús formula un principio: «El que no está contra nosotros, está a favor de nosotros». Notemos que Jesús incluye en ese pronombre «nosotros» también a sus discípulos; los asume consigo. La sentencia de Jesús no significa que él se contente con una actitud indiferente o neutra respecto de él y sus discípulos. El sentido es más bien lo contrario: él no deja a nadie indiferente; hay que optar en contra o a favor, si no es en contra, entonces es a favor. Por eso, no se contradice esa sentencia con la que formula en otro lugar: «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,30; Lc 11,23).

El signo mínimo de que no se está contra alguien es darle a beber un vaso de agua. Respecto de ese mínimo Jesús declara: «El que les dé a beber un vaso de agua, por ser ustedes de Cristo, en verdad les digo que no perderá su recompensa». La recompensa es porque se toma como hecho a Cristo mismo: «Por ser ustedes de Cristo».

La enseñanza de Jesús sobre el escándalo es extremadamente severa. El escándalo es la inducción a otro a hacer el mal, a cometer un pecado que lo pone en estado de perdición eterna. Sobre el escándalo a otro, Jesús dice: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar». Un escándalo grave de nuestros días es la pedofilia; es inducir a los niños al pecado de impureza. La condenación de Jesús es clara: sería menos grave que le ataran una roca el cuello y lo echaran al mar.

Jesús no se refiere sólo a los niños. Él habla de «estos pequeños que creen en mí». Se refiere también a las personas sencillas y humildes que creen en él y respetan su ley sin tener mucha instrucción. Deben tener en cuenta esta sentencia de Jesús los parlamentarios de nuestro país que se declaran cristianos y que están a favor de la ley de aborto que se está tramitando. Se dice que la ley, en los tres casos considerados, no obligará a las mujeres a cometer el aborto. Es cierto que los cristianos bien formados rechazarán el aborto en todos los casos. Pero puede haber una mujer sencilla, «uno de esos pequeños» que no quieren ofender a Dios, pero que, a causa de su falta de instrucción, se sienta autorizada por la eventual ley a cometer aborto. En ese caso los parlamentarios que habrán votado a favor de esa ley habrán sido escándalo para esa mujer. Para esos parlamentarios –lo dice Jesús– habría sido mejor que les ataran una piedra al cuello y los arrojaran al mar.

Por último, Jesús repite tres veces su enseñanza respecto al escándalo contra sí mismo: «Si tu mano te escandaliza, cortatela; más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga». El hecho de repetir la sentencia tres veces –«si tu pie te escandaliza... si tu ojo te escandaliza»– indica la firmeza de la enseñanza. Jesús define «la gehenna» como un lugar de tormento eterno: «su gusano no muere y el fuego no se apaga». «El gusano que no muere» indica la intranquilidad de la conciencia por la separación de Dios que será eterna; «el fuego que no se apaga» indica el tormento físico extremo y continuo. Es lo que el lenguaje popular llama «infierno». Si por causa de la mano, el pie o el ojo se comete un pecado grave que excluye de la Vida eterna y arroja al fuego eterno, el mejor perder esos miembros.

Como decíamos, el Evangelio de este domingo contiene enseñanzas severas de Jesús. Pero son suyas y no debemos omitirlas ni atenuarlas. Al contrario, debemos tenerlas en la máxima consideración.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles