Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 12 de Junio del 2011

Jn 20,19-23
La Promesa del Padre y del Hijo

El Evangelio de hoy nos presenta un hecho que es ubicado en el tiempo con mucha precisión: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana». Es el día de la resurrección de Jesús, que ocurrió antes del amanecer de ese día, el tercero después de su crucifixión, muerte y sepultura.

La escena presentada es la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos que se encontraban reunidos, convocados por la noticia de que su cuerpo no se encontraba en el sepulcro y por el mensaje de Jesús mismo transmitido por María Magdalena: «Jesús le dijo: “... Vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes”. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho esas palabras» (Jn 20,17-18).

Pero la solemnidad de Pentecostés, que celebramos hoy, ocurre cincuenta días después. Pentecostés es una palabra griega que significa «quincuagésimo». Es el nombre que los judíos daban a la fiesta de la renovación de la alianza con Dios, para ponerla en relación con la Pascua, día en que se celebraba la liberación de los judíos de la esclavitud de Egipto. Son fiestas muy antiguas que se celebraban en Israel todos los años. Nosotros no tendríamos ningún conocimiento de esas fiestas, si en esos mismos días no hubieran ocurrido respectivamente los hechos cristianos principales: la resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo había sido prometido por Jesús repetidamente en los discursos de la última cena con sus discípulos. Les dijo: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho... Yo les digo la verdad: Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; pero si me voy, se lo enviaré» (Jn 14,26; 16,7).

El Espíritu Santo iba a ser enviado por Jesús después de que él ascendió al cielo y por eso el día de su Ascensión ordenó a sus discípulos «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre: “La Promesa –les dijo– que ustedes oyeron de mí... que serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”» (Hech 1,4-5). Esa promesa se cumplió diez días después de la Ascensión, el día de Pentecostés: «De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hech 2,2-4). Comenzó así la predicación y la misión de la Iglesia, que no ha cesado hasta hoy y que no cesará hasta el fin de los tiempos, «porque los poderes del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

¿Cómo se explica, entonces, que el día de la resurrección, cuando Jesús se apareció a sus discípulos, parece comunicarles ya el Espíritu Santo? Leemos: «”Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”». Pero, si continuamos la lectura, vemos que los apóstoles no parecen entonces quedar llenos del Espíritu Santo ni comenzar la misión. Más bien retoman su oficio anterior: «Simón Pedro les dice: “Voy a pescar”. Le contestan: “También nosotros vamos contigo”» (Jn 21,3).

Podemos afirmar que ese gesto tan expresivo de Jesús fue un gesto profético y que, como tal, anunciaba lo que se iba a realizar indefectiblemente. Hay otros casos de tales gestos en la Biblia. Así anuncia a Pablo su destino el profeta Agabo: «Tomó el cinturón de Pablo y con él se ató sus manos y sus pies y dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles”» (Hech 21,10-11). Esa profecía se cumplió. Jeremías, por medio de una faja de lino que se destruye completamente, después de haberla escondido en el río Eufrates, anuncia: «Así dice el Señor: Del mismo modo destruiré la mucha soberbia de Judá y de Jerusalén» (Jer 13,9). Pueden citarse otros ejemplos.

El gesto de Jesús nos revela que el Espíritu Santo sería necesario para poder prolongar la misma misión salvífica de Cristo: «Así los envío yo»; que esa misión consiste en liberar al mundo del pecado: «A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados»; que vendría como un viento, representado en el soplo; y que procede del Padre, pero también de Cristo resucitado sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo... que procede del Padre y del Hijo».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles