Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Noviembre del 2015

Lc 21,25-28.34-36
Velen, orando en todo momento

Este domingo comenzamos un nuevo año litúrgico, es decir, un año en el cual la sucesión del tiempo está determinada por los diversos aspectos del misterio de Cristo. Si consideramos que nuestra vocación consiste en reproducir en nosotros la imagen de Cristo, sobre todo su condición de Hijo de Dios, entonces para nosotros el año litúrgico es el verdadero año, el que debe marcar el ritmo de nuestra vida. El año calendario está determinado por el movimiento de los astros –la tierra en torno al sol– y, como tal, es caduco; el año litúrgico está determinado por el misterio de Cristo, que es Dios y Señor de todo tiempo. La eternidad del año litúrgico está indicada por esta sentencia de Cristo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Lc 21,33).

El año litúrgico comienza con el tiempo del Adviento, que comprende las cuatro semanas precedentes a la Navidad. Celebramos hoy el Domingo I de Adviento. «Adviento» procede del latín «adventus» y significa: «venida, presencia». Dos venidas contemplamos en el misterio de Cristo.

La primera venida de Cristo ocurrió hace veintiún siglos y está indicada por esta afirmación de San Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer» (Gal 4,4). Esa venida tuvo cumplimiento, cuando el Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, nació de ella virginalmente y reveló al mundo su misterio. ¿Cómo nos afecta a nosotros esa venida? Respondemos con las palabras de Juan: «Vino a lo propio y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo acogieron les dio el poder llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Para acoger a Cristo en nuestra vida y llegar a ser hijos de Dios es necesario vivir al ritmo del año litúrgico.

La segunda venida tendrá lugar al final del tiempo. Sobre ésta nos habla Jesús en el Evangelio de este domingo: «Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria». Nuestra vida transcurre en el tiempo intermedio entre la primera y la segunda venida de Cristo. Para este tiempo intermedio rige la promesa que nos hizo Jesús, cuando concluyó el tiempo de su primera venida y fue elevado al cielo: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Con estas palabras, nos revela que el sentido de nuestra existencia consiste en «estar con él todos los días» de nuestra vida.

Las cuatro semanas del Adviento tienen dos fases. En la primera fase contemplamos la venida final de Cristo, como lo hacemos en este Domingo I de Adviento. Pero, a medida que nos acercamos a la Navidad, la liturgia llama nuestra atención sobre su primera venida, sobre la situación de la humanidad antes de Cristo y lo que significó su venida para el ser humano y para la historia humana.

Las señales que indica Jesús de su segunda y definitiva venida son terrificantes para unos y llenas de consuelo para otros. Para unos dice: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo...». Para otros, que son sus discípulos, dice, en cambio: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación».

Dos actitudes, que son las propias de este tiempo del Adviento, recomienda Jesús a sus discípulos: «Guardense de que no se emboten sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida (bíos), y venga aquel Día de improviso sobre ustedes, como un lazo». El libertinaje, la embriaguez (hoy día debemos agregar la droga «recreativa») y el excesivo afán por la vida (en sentido biológico) hacen que nuestro corazón se haga insensible al misterio de Cristo. Los que están en este caso serán sorprendidos por el «aquel Día», como el lazo sorprende a su presa. El Adviento debe ser, entonces, un tiempo de moderación en los placeres de esta vida para que el corazón se conserve atento a Cristo.

La segunda recomendación es la oración constante: «Velen, orando en todo momento, para que tengan la fuerza de escapar a todo esto que está por venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre». Jesús recomienda «la oración en todo momento». El Adviento nos invita a examinar nuestra vida de oración de manera que incluyamos en nuestra jornada diaria momentos prolongados de oración. El tiempo dedicado a la oración es el tiempo verdadero, porque es el que tiene dimensión eterna: no pasará.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles