Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Noviembre del 2015

Mc 13,24-32
Reunirá a sus elegidos

Acercandonos al fin del año litúrgico, el Evangelio nos pone ante la pregunta por el sentido de todo lo que existe: ¿tiene un sentido o es absurdo? Es evidente que la historia humana es una serie de eventos ordenados en el tiempo a los cuales se trata de encontrar una concatenación. ¿Habrá un evento que será el último y definitivo y que dará sentido a todo? Los miles de millones de hombres y mujeres que han sido parte de la historia humana –unos de manera más determinante que otros, pero ninguno de manera completamente irrelevante–, ¿han quedado reducidos a nada, es decir, a una existencia absurda? La respuesta a estas preguntas no la puede alcanzar la inteligencia humana por sí sola; es objeto de revelación. En el Evangelio de este Domingo XXXIII del tiempo ordinario Jesús responde a esas inquietudes.

Para entender las palabras de Jesús es necesario ubicarlas en su contexto. Cuando Jesús salió del templo la última vez que enseñó allí, ante la admiración de uno de sus discípulos por lo imponente de su construcción, Jesús declara: «¿Ves estas grandes construcciones? No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruido» (Mc 13,2). El templo era la Casa de Dios y para un judío del tiempo de Jesús el fin del templo era también el fin del mundo. A esto se refiere la petición que le hacen cuatro de sus discípulos, cuando Jesús está sentado en el monte los olivos frente al templo: «Dinos cuándo sucederán estas cosas, y cuál será el signo de que todas estas cosas están para cumplirse» (Mc 13,4). Como hemos dicho, «estas cosas» son la destrucción del templo y el fin del mundo. Para nosotros es claro que ambas cosas no coinciden, pues el templo fue destruido hace veinte siglos (en el año 70 d.C. para ser exactos) y el fin del mundo está todavía por cumplirse. Pero esa pregunta fue la ocasión para que Jesús hablara sobre el fin del mundo. El problema es que los signos que él da no distinguen el fin del templo del fin del mundo. Debemos separarlos nosotros.

Es claro que el evento que pondrá fin a la historia humana es la venida final de Cristo. Por eso Jesús, antes de dar algún signo de ese evento, previene a sus discípulos de los falsos anuncios: «Miren que nadie los engañe. Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy", y engañarán a muchos» (Mc 13,5-6). Repite luego la misma advertencia: «Si alguno les dice: "Miren, el Cristo aquí, mirenlo allí", no lo crean. Pues surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán signos y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los elegidos. Ustedes, pues, estén sobre aviso; miren que les he predicho todo» (Mc 13,21-23).

Bastaría uno solo de los signos que Jesús indica para que se produzca un cataclismo total: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas». Estos no son signos; éstos son ya el fin. El evento final, cuando ocurra, será inequívoco: «Entonces verán al Hijo del hombre viniendo entre nubes con gran fuerza y gloria». Si la primera venida de Jesús al mundo fue oculta, inadvertida y extremadamente humilde, hasta el punto de nacer en condiciones infrahumanas –en un pesebre– y morir en una cruz, su última venida, la que pondrá fin a la historia, será con gran poder y gloria y nadie dejará de advertirla.

¿En qué forma afectará a nosotros ese evento final? Jesús nos revela lo que el Hijo del hombre hará en su venida: «Enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo». Entendemos que los que serán reunidos desde el extremo de la tierra son los que estarán vivos en ese momentos; y los que serán reunidos hasta extremo del cielo, serán los que ya habrán muerto. Lo que importa no es estar vivo o muerto, cuando venga el Hijo del hombre, sino contarse entre los elegidos.

Jesús nos ha revelado lo que ocurrirá al final. Queda todavía por responder la pregunta de sus discípulos: «¿Cuándo sucederá?». En la respuesta que Jesús da hay que distinguir entre ambos eventos finales. En lo que se refiere a la destrucción del templo Jesús responde: «En verdad les digo que no pasará esta generación hasta que todo esto se cumpla». Los que oían a Jesús estaban vivos cuando fue destruido el templo. Desde entonces, los judíos lloran ante el muro de los lamentos, que es lo que queda de los fundamentos de la explanada en que estaba edificado el templo. No quedó piedra sobre piedra, según la predicción de Jesús. En lo referente al fin del mundo, en cambio, Jesús responde: «Sobre aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre». La única actitud coherente con este desconocimiento del día y la hora es vivir cada día como si fuera el último. Esta es la recomendación de Jesús.

Jesús nos revela que su venida con gran fuerza y gloria será el fin de la historia humana y que entonces serán reunidos con él sus elegidos. Éstos compartirán con él su vida gloriosa para siempre. Pocas veces ha dado Jesús tanta fuerza a una palabra suya: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Lo dice para que nosotros creamos en la firmeza de su palabra. De paso, nos revela nuevamente que el cielo y la tierra, que nos parecen tan permanentes, tendrán un fin: «Pasarán». Sólo permanece firme su palabra. En ella debemos confiar.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles