Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 01 de Noviembre del 2015

Mateo 4,25-5,12
Sean santos, porque yo, el Dios de ustedes, soy santo

La Solemnidad de Todos los Santos, que celebra la Iglesia el 1 de noviembre, es una fiesta de tal importancia que prevalece en el calendario litúrgico sobre el domingo, «día del Señor». Es porque los santos son el testimonio más claro del poder de Jesucristo que pueden ofrecer los hombres y mujeres. Los santos son un testimonio de amor y alabanza a Jesucristo. De ellos se puede decir lo mismo que se dice de Jesús: «Pasó por el mundo haciendo el bien... porque Dios estaba con él» (Hech 10,38).

Los santos canonizados son mucho más numerosos que los días del año y hay muchos otros hombres y mujeres que gozan de la felicidad eterna cuyas vidas no conocemos. Para que ninguno quede excluido del honor y la admiración que les debemos, la Iglesia ha instituido esta fiesta. Los santos son bienaventurados, son eternamente dichosos. En ellos ya se verifica lo que el apóstol Juan dice en futuro: «Seremos semejantes a Él (Dios), porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2).

El Evangelio que la Iglesia considera más apropiado para esta Solemnidad es el de las «bienaventuranzas», porque a los santos corresponde eternamente la noción de «bienaventurados, dichosos, felices». En estas ocho fórmulas, más una novena, Jesús explica por qué son dichosos. Cada una de ellas comienza con la afirmación: «Bienaventurados»; sigue la indicación de quién goza de esa suerte; finalmente, se dice el fundamento de su felicidad. El fundamento es siempre una acción de Dios que es prometida y garantizada. Siempre es Dios quien hace plenamente feliz al ser humano. Ningún otro, y menos alguna cosa creada, podría garantizar la felicidad plena del ser humano, su bienaventuranza.

Quedamos sorprendidos cuando examinamos quiénes son los destinatarios de la felicidad: los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los que trabajan por la paz, lo perseguidos por causa de la justicia. ¡No aparece como causa de felicidad ni el dinero, ni el poder, ni el placer, ni las comodidades de este mundo, que son cosas que los hombres y mujeres tanto anhelan, por las cuales luchan y se afanan! Todos buscan la felicidad. Pero la buscan donde no se encuentra. Las bienaventuranzas nos advierten de cuán errados están.

Los pobres de espíritu son los que se sienten indigentes ante Dios, no son autosuficientes ni arrogantes, no ostentan méritos propios ante Dios sino que esperan de Él la salvación como un don. Ellos son dichosos, porque –lo asegura Jesús, que es la Verdad– «de ellos es el Reino de los cielos», es decir, la posesión de Dios.

Los mansos son los que no se imponen a los demás por la fuerza y la violencia, los que no ejercen presión sobre los demás para doblegarlos. Ellos ceden, pero son dichosos, porque heredarán la tierra.

Los que lloran son los que sufren cualquier aflicción y la soportan con paciencia. Esta es tal vez la más difícil de entender de las bienaventuranzas, porque la aflicción se opone a la felicidad. Sin embargo, son ya dichosos, porque experimentan ya el consuelo de Dios. Esta bienaventuranza la pueden entender sólo los que han experimentado ese consuelo. Esa experiencia mueve a San Pablo a la alabanza: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra» (2Cor 1,3-4).

Los que tienen hambre y sed de justicia. El concepto bíblico de justicia puede identificarse con el concepto de santidad. Consiste en identificarse con Dios mismo, según el antiguo precepto: «Sean santos, porque yo, el Señor Dios de ustedes, soy santo» (Lev 19,2). El anhelo de santidad –hambre y sed–, entonces, es causa de felicidad, porque –promete Jesús–, serán saciados. Esa hambre y sed ha caracterizado a los santos que veneramos hoy. Ellos han sido saciados.

Los misericordiosos son los que se compadecen del dolor ajeno y socorren eficazmente a quien sufre por cualquier causa. Ellos serán socorridos por Dios mismo: «Obtendrán misericordia».

Los puros de corazón son los que no dejan entrar en su mente pensamientos de odio, de envidia, de lujuria, de vanidad, etc. Son los que tienen los pensamientos de Dios. Por eso, ellos verán a Dios.

Los que trabajan por la paz son los que procuran establecer la situación de plenitud en que puede desarrollarse el ser humano armónicamente. A ellos se les promete la condición de hijos de Dios. Esta debe ser la condición de todo cristiano.

Los perseguidos por causa de la justicia son los que a lo largo de la historia han sufrido persecución por su vida santa. El primero que sufrió tal persecución fue el mismo Jesús. La promesa que hace feliz es la misma que se ofrece a la primera bienaventuranza: «De ellos es el Reino de los cielos».

La novena bienaventuranza no tiene la misma estructura y está más desarrollada. Se refiere a la promesa de felicidad para los que son perseguidos por causa de Cristo: «La recompensa de ustedes será grande en el cielo». Esta última bienaventuranza está en el origen de la fiesta de hoy. En efecto, esta fiesta se estableció como el recuerdo de todos los mártires, a quienes pronto se agregaron todos los santos. Que despierte en nosotros el anhelo de contarnos entre ellos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles