Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 25 de Octubre del 2015

Mc 10,46-52
Cuando el pobre grita, el Señor lo escucha

El Evangelio de este Domingo XXX del tiempo ordinario nos presenta el encuentro de Jesús con Bartimeo, que es descrito como «un mendigo ciego que estaba sentado al margen del camino». La actitud de Bartimeo es la perfecta antítesis del hombre rico que había encontrado Jesús poco antes.

En el caso del rico, dado que sus riquezas le impidieron seguir a Jesús, él advirtió a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!... Es más fácil a un camello pasar por el ojo de la aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios» (Mc 10,23.25). En el caso de Bartimeo, pensamos interpretar bien la mente de Jesús, si concluimos: «¡Qué fácil es que un pobre entre en el Reino de los cielos!».

En ambos casos, Jesús se ponía en camino, cuando se produce el encuentro. En el caso del rico, él ha tenido todas las oportunidades de esta tierra, está en posesión de todas sus facultades y él mismo corre al encuentro de Jesús: «Jesús se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillandose ante él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?”». A él nadie impide acercarse a Jesús; más bien todos le abren camino con respeto. Él, obviamente, no pide limosna, pero tampoco pide misericordia; él acude a Jesús, para saber qué otra cosa tiene que cumplir para alcanzar la salvación con su propio esfuerzo. Jesús quiere hacerle comprender que la salvación no se alcanza con las riquezas, ni tampoco con el propio esfuerzo. Es necesario renunciar a ambas cosas e implorar la salvación como un don gratuito de Dios. Por eso, le dice: «Una cosa te falta: Anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres... Luego, ven y sigueme» (Mc 10,21). El rico no pudo cumplir eso; su propio esfuerzo no fue suficiente: «Abatido por estas palabras, se fue triste, porque tenía muchas posesiones» (Mc 10,22).

El encuentro con Bartimeo es el último que tiene Jesús antes de llegar a Jerusalén. También ocurre en el camino: «Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten misericordia de mí!”». El ciego ha tenido pocas oportunidades en esta vida. Está al margen del camino. No puede valerse por sí mismo, porque no ve. Él es indigente y depende de la limosna que le quieran dar. Cuando se entera de que es Jesús quien pasa, lo confiesa como el Hijo de David, el Cristo, e implora su misericordia, porque reconoce que con su propio esfuerzo no puede nada: «Ten misericordia de mí». La multitud, que va con Jesús por el camino, no le facilita las cosas; quieren dejarlo en su marginalidad: «Muchos lo increpaban para que se callara». Pero él persevera gritanto más fuerte: «Hijo de David, ten misericordia de mí». El ciego es un ejemplo de perseverancia en la súplica, es la oración que vence los obstáculos. Logra llamar la atención de Jesús: «Jesús se detuvo y dijo: “Llamenlo”». La multitud había hecho callar al ciego, movida por un exceso de celo por Jesús, pensando hacer lo correcto. Pero no conocían aún a Jesús; en particular, no conocían su misericordia hacia los afligidos. Por eso, cuando Jesús se detiene y llama al ciego, la multitud cambia inmediatamente de actitud y se alegra con él: «Llaman al ciego, diciéndole: “¡Ánimo, levantate! Te llama”».

Al escuchar que Jesús lo llama, el ciego se desprende de lo único que posee, su manto, que podría impedirle responder a ese llamado: «Arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús». La reacción del ciego al llamado de Jesús contrasta fuertemente con la reacción del rico, que se quedó enredado en sus muchas posesiones.

En su diálogo con Jesús resulta evidente la fe del ciego. Lo que pide no es una simple limosna; lo que pide a Jesús habría sido una impertinencia, si no hubiera estado seguro de que Jesús tiene poder para concederselo: «Rabbuni, que vea». Era ciego, pero esta petición revela que él ve a Jesús con más lucidez que todos los demás. Y no estaba errado: «Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y lo seguía por el camino». Al rico Jesús le dijo: «Sigueme»; pero no lo siguió. Al mendigo le dice: «Vete»; pero él lo siguió. El Evangelio lo presenta a nosotros como un ejemplo de fe en Jesús.

Después del encuentro con el rico, los discípulos se decían unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Mc 10,26). En el encuento con Bartimeo tenemos la respuesta: «Tu fe te ha salvado». La fe es un don de Dios, un don que Dios concede a los que quiere salvar.

El Dios de Israel se reveló como un Dios que toma a su cargo al huérfano y a la viuda y que alza de la basura al pobre. Su modo de actuar lo describe el Salmo 34: «Cuando el pobre grita, el Señor (Yahweh) lo escucha y lo salva de todas sus angustias» (Sal 34,7). Ese modo de ser de Dios lo vemos en Jesús; él nos muestra cómo es Dios: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles