Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 09 de del 2015

Jn 6,41-51
Todos serán enseñados por Dios

El Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario continúa el discurso del Pan de vida, pero se concentra en la identidad de Jesús, partiendo de su declaración: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,35). Él mismo ha definido ese pan diciendo: «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33). Si Jesús es ese pan de Dios, entonces, está revelando que él procede de Dios y que ha bajado del cielo para dar la vida al mundo. ¿De qué vida habla, puesto que el mundo sigue viviendo, aunque rechace a Jesús? Obviamente, Jesús no se refiere a la vida natural, que consiste en los procesos biológicos, de la cual gozan también los animales. Él se refiere a una vida que no se puede tener sin «el pan de Dios», una vida divina que el ser humano está llamado a poseer; es más, que ha sido creado para gozar de ella. A esta vida Jesús la llama «vida eterna». Jesús define su misión en relación a esa vida: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

«Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Objetan esa identidad suya arguyendo que su origen es terreno, puesto que ellos conocen a su padre y a su madre: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo dice ahora: He bajado del cielo?». Definen a Jesús como «hijo de José» a quien dicen conocer. Pero Jesús habla y actúa como «Hijo de Dios» y asegura que creer en él y venir a él es obra de Dios. Ya ha dicho a los judíos: «La obra de Dios es que ustedes crean en quien él ha enviado» (Jn 6,29). Ahora agrega: «Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae». Es más, Jesús agrega que Dios mismo es el maestro interior que da a conocer a Jesús: «Está escrito en los profetas: “Serán todos enseñados por Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí». El conocimiento de Jesús es la ciencia suprema; el maestro es Dios mismo. Quien aprende, se ve arrastrado hacia Jesús, por su propio anhelo, porque el ser humano está creado para gozar del Bien supremo y de la Belleza suprema, que están concentrados en Jesús. En la unión con Jesús encuentra el ser humano todo lo que busca. Recupera incluso la inmortalidad, perdida por el pecado. Lo afirma Jesús en la frase precedente al Evangelio de este domingo: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día» (Jn 6,40).

¡Qué bien nos hace elevarnos sobre el nivel de la tierra y meditar sobre esos anhelos profundos de nuestro corazón que nada de esta tierra puede saciar! El domingo, día del Señor, se nos ha dado para eso. En nuestra patria mucho se ha discutido en el último año sobre la educación. Pero siempre nos hemos quedado a nivel de tierra; no se alza la vista más allá del horizonte terreno, ni más allá del tiempo de nuestra vida terrena. Nadie recapacita en la enseñanza que da Dios, la que vislumbraba desde lejos el profeta Isaías: «Todos serán enseñados por Dios» (Is 54,13). Con tristeza constatamos que son pocos los que aprenden esa enseñanza, según el criterio de evaluación que formula Jesús: «Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí».

La obra de Dios en nosotros es la fe en Jesús. La fe es una obra de Dios, es un don de Dios. Dios nos quiere dar la vida eterna, concediendonos la fe. Lo dice Jesús en la forma más solemne posible, una forma en que sólo él habla: «En verdad, en verdad les digo: El que cree tiene vida eterna». Esa vida requiere un alimento. Por eso acto seguido agrega: «Yo soy el pan de la vida». Este pan es superior al ser humano, hasta el punto de darle una vida que él no posee. Lo explica Jesús así: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre». Este pan es vivo y comunica esa vida a quien lo come.

Concluye el Evangelio de este domingo con una declaración decisiva, que nos dejará esperando la continuación: «El pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo». La expresión: «Por la vida del mundo» tiene sentido sacrificial. Los presentes, que estaban formados en el culto de Israel, la entendieron así: «Ofrecida en sacrificio por la vida del mundo». Esto es lo que caracteriza al pan que Jesús promete. Nosotros agregamos: «Sacrificada y resucitada y por eso llena de la vida divina que comunica». En efecto, la carne de Jesús se nos da en alimento como existe hoy, es decir, resucitada y gloriosa. Este alimento se nos ofrece en la Eucaristía. Nunca dejará de asombrarnos, –se entiende– a los que somos enseñados por Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles