Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 26 de Julio del 2015

Jn 6,1-15
¿Qué es eso para tantos?

El domingo pasado, en la lectura continuada del Evangelio de Marcos, habíamos dejado a Jesús enseñando muchas cosas a la multitud, movido por la compasión, porque «estaban como ovejas sin pastor». Veíamos, entonces, que era propio del pastor enseñar. La continuación de ese Evangelio es el milagro de la multiplicación de los panes, que nos muestra a Jesús dando alimento a esa multitud, que por seguirlo a él se había encontrado en lugar desierto. Comprendemos que también es propio del pastor alimentar a su rebaño. De aquí ha deducido la Iglesia que la misión del pastor consiste en guiar al pueblo de Dios, instruirlo en las verdades de la fe y santificarlo por medio de los Sacramentos, sobre todo, proveyendole el Pan de vida eterna.

El Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario nos relata el milagro de la multiplicación de los panes, pero tomandolo de Juan, porque en el Evangelio de Juan este relato sirve como antecedente al discurso del Pan de Vida que leeremos en los cuatro domingos sucesivos.

Jesús se encuentra en la otra orilla del mar de Galilea, seguido por una multitud, «porque veían los signos que él realizaba en los enfermos». Los milagros que Jesús obra son una manifestación de su poder. Por eso, los otros evangelistas los llaman: «dynamis». Para Juan esas manifestaciones de poder revelan la identidad de Jesús y suscitan la fe en él. Por eso, él los llama «signos» y nos relata siete de ellos. El evangelista explica ese término en la conclusión de su escrito: «Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre» (Jn 20,30).

«Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: “¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?”». No sabemos de qué magnitud es la dificultad, porque el evangelista no nos ha dicho aún cuánta gente es. Pero parece escapar al control de Jesús, que pide asesoría a Felipe. Para que el lector no obtenga esa impresión, el Evangelio aclara inmediatamente: «Se lo decía para probarlo, porque él sabía lo que iba a hacer». La respuesta de Felipe nos da una idea del problema: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Si consideramos que el salario diario de un obrero era un denario (cf. Mt 20,2) –digamos $ 10.000 de hoy–, según la estimación de Felipe, se necesitarían $ 2.000.000 para que cada uno recibiera sólo un poco, en ningún caso, lo suficiente. Igual impotencia manifiesta otro de los discípulos, Andrés: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Sin saberlo, Andrés ha aportado la solución del problema. En efecto, la respuesta a su pregunta es: «Eso, que parece una cantidad insignificante, gracias al poder divino, será suficiente para saciar a la multitud, y sobrar». La actitud que adopta Jesús es esa respuesta; él va a aportar el poder divino: «Dijo Jesús: “Hagan que se recueste la gente”... Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000». Recién ahora se nos informa de cuánta gente se trata: los hombres, sin contar mujeres y niños, son cinco mil. (De paso, observamos que en ese tiempo no se usaban mesas y sillas; la gente solía comer recostada sobre tapices, en este caso, sobre la hierba verde).

«Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, cuanto quisieron». El gesto de Jesús de «tomar en sus manos el pan, dar gracias (eucharistein) y repartirlo» es el gesto que ya entonces, en el momento en que Juan escribió su Evangelio (fines del siglo I), hacía el ministro cuando celebraba la Eucaristía. La multiplicación de los panes es un milagro, ciertamente; pero es llamado «signo», porque anuncia el verdadero pan que Jesús repartirá a sus discípulos, el pan que es su propio Cuerpo.

La preocupación de Jesús: «Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda», tiene una doble intención. Existía el peligro de que, una vez saciada la multitud, sin ningún esfuerzo de su parte, los trozos sobrantes, se despreciaran. Jesús nos enseña que no se debe botar la comida que sobra, mientras haya otras personas que sufren hambre. Recordemos que Lázaro esperaba saciarse con las migas que caían de la mesa del rico (Lc 16,21). Pero esa preocupación por los trozos sobrantes tiene otra explicación, que se deduce de su valor de signo. Nos revela que se conservaba parte del pan eucarístico, después de la celebración, para llevarlo a los ausentes y enfermos. Dado que ese pan era en verdad el Cuerpo de Cristo, comenzó a ser adorado en los lugares donde se conservaba. Así se desarrolló en la Iglesia la adoración eucarística ante el Cuerpo de Cristo que se reserva hoy en los sagrarios de nuestras Iglesias, o en forma solemne, cuando se expone en la custodia. El Catecismo nos asegura: «Jesús nos espera en este Sacramento del amor». Y nos exhorta: «No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración... No cese nunca nuestra adoración» (N. 1380).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles