Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 19 de Julio del 2015

Mc 6,30-34
Encontrarán descanso para sus almas

El Evangelio del domingo pasado nos presenta el momento en que Jesús comienza a enviar a los Doce. La lectura concluía: «Saliendo, ellos predicaron que se convirtieran; y expulsaban a muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los sanaban» (Mc 6,12-13). El Evangelio de este Domingo XVI del tiempo ordinario nos relata el regreso de los apóstoles junto a Jesús, después de esa primera misión que se dirigía a los pueblos vecinos de la Galilea: «Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado».

Entendemos que ellos cuenten a Jesús lo que han hecho: han expulsado muchos demonios y han sanado a muchos enfermos. Pero, ¿por qué tienen que contarle también lo que han enseñado? ¿Acaso Jesús no les dijo lo que tenían que enseñar? Le cuentan lo que han enseñado precisamente porque quieren verificar que han enseñado exactamente lo mandado por Jesús y no su propia doctrina. Hemos dicho que el término «apóstol» pertenece al lenguaje cristiano. El apóstol, por definición, enseña lo mandado por Jesús. En la misión universal los apóstoles son enviados a hacer discípulos de Jesús, es decir, a proclamar la enseñanza de Jesús: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizandolos... y enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19.20).

En cuanto verdadero apóstol, San Pablo aclara: «Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (2Cor 4,5). El mismo gran apóstol, cuya escritura es Palabra de Dios –las cartas de San Pablo son parte importante del Nuevo Testamento–, sintió la necesidad de verificar su enseñanza y lo hizo ante Pedro, que había recibido de Jesús la garantía de la infalibilidad: «De allí a tres años (se refiere al momento de su conversión), subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía» (Gal 1,18). Y, después de varios años de misión, sube nuevamente a verificar: «Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén... Subí movido por una revelación y les expuse el Evangelio que proclamo entre los gentiles... para saber si corría o había corrido en vano» (Gal 2,1.2).

Después de esa primera misión, Jesús enseña a los Doce que parte esencial de su condición de apóstoles es el descanso, que consiste en procurarse momentos de soledad y silencio en compañía de Jesús: «Él, entonces, les dice: “Vengan también ustedes aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco”... Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario». El Evangelio repite: «Aparte, a un lugar solitario», con Jesús. Si la tarea apostólica no está sustentada por la oración corre el riesgo de ser estéril e, incluso, dañina. El descanso del cual habla Jesús es muy distinto del que promueve hoy día el turismo. El descanso verdadero lo concede él: «Vengan a mí... Yo les daré descanso» (Mt 11,28). Jesús se refiere al descanso del alma que sólo él puede dar: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11,29). La razón profunda de las enfermedades del alma (psyché) del mundo moderno es que no se da al alma este descanso verdadero.

A continuación Jesús nos ofrecerá una de esas lecciones de mansedumbre y humildad que él nos da: «Aprendan de mí». En efecto, la gente se dio cuenta de que él se retiraba en la barca con sus discípulos y los precedieron a pie por la orilla, de manera que «al desembarcar, vio mucha gente». Jesús no logró su objetivo. Pero, lejos de manifestar la más mínima molestia, siente compasión, que es expresión de la mansedumbre de su corazón: «Sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas».

Vemos que el Evangelio insiste en la enseñanza, la de Jesús y la de sus enviados. Esa enseñanza es la luz que da sentido a la existencia humana. Gracias a esa enseñanza los seres humanos dan un rumbo a sus vidas y dejan de estar «como ovejas sin pastor». El Evangelio de hoy exhorta a los discípulos de Cristo a instruirse en su enseñanza. No hay tiempo mejor empleado que el que se emplea en conocer la doctrina de Cristo, que hoy día tenemos sintetizada de manera excelente en el Catecismo de la Iglesia Católica. Todos los temas morales que hoy día se debaten encuentran allí la respuesta de Cristo. Hay que recurrir a esa enseñanza, «no sea que nos encontremos corriendo en vano».

Podemos observar que, de todas maneras, Jesús logró su objetivo: que los Doce descansen un poco. En efecto, quien enseña a la gente al desembarcar es él mismo, mientras los Doce aprenden de él, que es manso y humilde de corazón, y de esa manera «encuentran descanso para sus almas».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles