Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 20 de del 2015

Mc 9,30-37
El que acoge a un niño como éste... a mí me acoge

El Evangelio de este Domingo XXV del tiempo ordinario nos muestra cuán difícil fue para los discípulos de Jesús cambiar la idea que ellos tenían sobre el Cristo, es decir, sobre el modo en que Jesús debía desempeñar su misión; en otras palabras, cuán difícil fue para ellos adoptar «los pensamientos de Dios» en lugar de «los pensamientos de los hombres». Es más, se trata de una imposibilidad. Es una de aquellas cosas a las cuales se refiere Jesús cuando, en la última cena, dice a sus apóstoles: «Todavía tengo muchas cosas que decirles; pero no pueden cargar con ellas ahora. Pero cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los llevará a la verdad completa» (Jn 16,12-13).

Fue necesario que viniera sobre los apóstoles el Espíritu Santo para que comprendieran que el Cristo no era un líder político que venía a reinar en esta tierra, sino el Hijo de Dios que hecho hombre venía a entregar su vida en redención de muchos, a derramar su sangre «por muchos para el perdón de los pecados». En efecto, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que después de que Jesús murió y resucitó, tal como lo había anunciado, y se les apareció vivo durante cuarenta días, cuando estaba por ascender al cielo, ellos todavía están con la idea de un reino terreno: «Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es en este momento, cuando vas a restablecer el Reino de Israel?”» (Hech 1,6). A Jesús no le queda más que remitirlos al Espíritu Santo: «No se alejen de Jerusalén: esperen que se cumpla la Promesa de mi Padre, que han escuchado de mí... cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,4.8).

Jesús retoma, por segunda vez, la enseñanza que había ya comenzado a exponerles abiertamente: «Iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”». El Evangelio insiste en su incomprensión: «Ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle». No podían asumir los pensamientos de Dios, a pesar de que tres de los discípulos –Pedro, Santiago y Juan– habían oído esos pensamientos de la voz de Dios mismo. En efecto, entre el primer anuncio de su pasión, cuando Jesús reprendió a Pedro por no tener los pensamientos de Dios, y este segundo anuncio, ha mediado la Transfiguración de Jesús (Mc 9,2-9). En esa ocasión la voz de la nube pronunció esta sentencia, refiriendose a Jesús transfigurado: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco...» (Mc 9,7). Son las palabras con que Isaías introduce las profecías acerca del «Siervo del Señor», pero con una significativa modificación: en lugar de «mi Siervo», la voz de la nube dice «mi Hijo». Es la voz de Dios que está diciendo a los discípulos que Jesús es su Hijo y que su misión será la de ese Siervo que cargaría sobre sí las culpas del pueblo y que sería llevado al degüello como cordero y como oveja muda (cf. Is 42,1-2; 53,3ss).

En este segundo anuncio de Jesús nuevamente aparece el contraste entre los hombres y Dios. Los sufrimientos y la muerte de Jesús son obra de los hombres, como lo aclara él: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, que lo matarán». Los hombres son capaces de la máxima injusticia y de la máxima crueldad: matar al Cordero inocente. Pero luego interviene Dios dandole nuevamente vida: «A los tres días resucitará». Este mismo esquema se ha repetido en toda la historia humana. Es evidente también hoy: donde se excluye a Dios, las obras de los hombres son muerte; donde se acoge a Dios, resurge la vida.

La incomprensión de los discípulos se manifiesta también en lo que discuten entre ellos, a pesar de los anuncios de Jesús: «Por el camino habían discutido entre ellos quién era el mayor». Jesús entonces formula uno de esos pensamientos de Dios que es difícil a los seres humanos asumir: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». ¡El primero es el que sirve, movido por el amor, incluso a los más pequeños! Y para ejemplificar Jesús indica al que era considerado el más insignificante: «Tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí sino a Aquel que me ha enviado”». Estas palabras resuenan con especial fuerza hoy día en nuestro país en que estamos discutiendo la aprobación de una ley de aborto que, en lugar de servir al más pequeño, inocente e indefenso, se propone eliminarlo. La aprobación de dicha ley sería el resultado de los pensamientos de los hombres, de los que quieren ser primeros en este mundo. Jesús declara que lo hecho con uno de esos niños es hecho a él mismo, más aun, al mismo Dios.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles