Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 13 de del 2015

Mc 8,27-35
El Hijo del hombre tiene que ser rechazado

En el Evangelio de este Domingo XXIV del tiempo ordinario se nos presenta el momento en que Jesús comienza a exponer a sus discípulos una enseñanza nueva y completamente inesperada, incluso, rechazada por ellos: «Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre tenía que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los Sumos Sacerdotes y los escribas, ser muerto y al tercer día resucitar. Y les hablaba de esto abiertamente». A partir de este momento, esta misma enseñanza la repetirá con insistencia. En efecto, el Evangelio de Marcos nos transmite otras dos instancias en que Jesús la reitera (9,31; 10,33-34).

Hasta aquí la enseñanza de Jesús había sido acogida por sus discípulos con veneración: «Quedaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,22). Habían sido testigos del poder de su palabra. En efecto, cuando perdonó los pecados al paralítico, todos glorificaban a Dios diciendo: «Jamás vimos cosa semejante» (Mc 2,12); cuando calmó la tormenta en el mar, llenos de temor, se preguntaban sobre su identidad: «¿Quién es este, a quien hasta el viento y el mar obedecen?» (Mc 4,41). Pero esta vez, cuando Jesús comienza a enseñarles que él sería rechazado y condenado a muerte, su enseñanza es objetada por sus discípulos, representados por Pedro: «Tomándolo aparte, Pedro comenzó a reprenderlo». Por primera vez una enseñanza de Jesús encuentra en sus discípulos resistencia.

Veamos qué fue lo que motivó, primero, que Jesús comience a enseñar que él tendría que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades y, como reacción a esto, que sus discípulos comiencen a resistir su enseñanza.

Antes de emprender el viaje a Jerusalén, Jesús va con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. Él sabe que tiene que prepararlos para lo que le espera en Jerusalén: «El Hijo del hombre ha venido a servir y entregar la vida en redención de muchos» (Mc 10,45). Les pregunta primero: «¿Quién dice la gente que soy yo?». La opinión de la gente es positiva; pero no es exacta y no produce reacción en Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». A él interesa más la respuesta a esta otra pregunta: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». La respuesta la da Pedro en representación de todos: «Tú eres el Cristo». Nosotros habríamos esperado que, ante esa respuesta, Jesús hubiera felicitado a Pedro por su comprensión de la verdad y hubiera mandado a sus discípulos difundirla. Pero la reacción de Jesús es esta otra: «Les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él». ¿Por qué, si él ha venido al mundo a revelarnos su identidad, prohíbe que se hable de ella? Porque la idea que ellos tienen del Cristo y la que tenía el pueblo en general no correspondía a la que tiene Dios. Mientras más se hubiera difundido aquella idea del Cristo, más se hubiera apartado a Jesús de su misión.

Había dos nociones contrapuestas sobre el Cristo. El pueblo esperaba a uno que, como hijo de David, heredara el trono de David y reinara, liberando al pueblo de la dominación extranjera. Se basaban en una línea profética que comenzó con la promesa hecha a David: «Afirmaré, después de ti, la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza para siempre... Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2Sam 7,12.14). Esta corresponde al pensamiento de los hombres. Pero había otra noción que comenzó con el profeta Isaías y sus cantos del Siervo del Señor: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma... Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no lo tuvimos en cuenta... Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus moretones hemos sido curados... El Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca... Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido...» (Is 42,1-2; 53,3.5.7.8). Esta noción del Cristo es la que corresponde al pensamiento de Dios. Esta es la que debía cumplir Jesús.

Nada habría sido más grave en la historia humana que apartar a Jesús de su misión. Es lo que trató de hacer Satanás con sus tentaciones: «Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todo esto te daré, si postrándote me adoras”» (Mt 4,8-9). Es lo que –ciertamente con menos conciencia– intentó hacer también Pedro. Por eso, recibe de Jesús una reprensión, a oídos de los demás discípulos, que nos sorprende por su severidad: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Luego, Jesús define quién es verdaderamente su discípulo: «Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame”». Este es el camino de los discípulos de Cristo. La Iglesia debe compartir la suerte de Cristo, su Señor. Por eso, su sello más claro de autenticidad es ser perseguida. Debería, en cambio, preocuparse mucho si fuera por todos aplaudida.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles