Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 06 de del 2015

Mc 7,31-37
Todo lo ha hecho bien

Durante su vida pública Jesús hizo un solo viaje fuera de Israel. Se dirigió al norte hacia la región de Tiro y Sidón. Lo que Jesús hizo y enseñó en esa región anuncia ya la universalidad de su misión, que quedará consagrada en su envío final: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario nos refiere un milagro que hizo Jesús en tierra pagana en favor de un sordomudo: «Jesús vino de nuevo al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le trajeron un sordo y con impedimento para hablar y le rogaron que impusiera la mano sobre él».

Es claro que la fama de Jesús había superado los límites de Israel y, por eso, se dirigen a él con ese ruego. Esta vez Jesús no reacciona como había hecho en este mismo viaje ante el ruego de la mujer, descrita como «pagana, sirofenicia de nacimiento», que le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Ya había quedado claro que, si bien el pan de los hijos correspondía a Israel, también los perritos, a saber, los otros pueblos, se saciarían de las migajas que cayeran de la mesa de los hijos (cf. Mc 7,24-30). Jesús queda siempre vencido ante un ruego hecho con absoluta confianza. Ni la mujer ni los que le presentan al mudo dudan de que él pueda concederles lo que le piden.

El hombre es descrito como sordo y con una traba para hablar. Si no oye, no tiene posibilidad de articular algún sonido comprensible. Tiene, entonces, la imposibilidad de comunicarse. Siendo la comunicación esencial al ser humano, ese hombre sufre una grave deficiencia. Está cerrado a lo que otros puedan comunicarle por medio de la palabra hablada y también a lo que él pueda comunicar a otros. ¿Cómo se comunica con él Jesús?

Observamos que Jesús mantiene su forma discreta de actuar, cuando se trata de ejercer su poder. Por eso, aparta al sordo de la gente y trata con él a solas. Usa, entonces, el lenguaje del tacto y del gesto, que es el único que el sordo puede captar: «Apartándolo de la muchedumbre, a solas, le metió sus dedos en los oídos y escupiendo le tocó la lengua». Luego, hace un gesto impactante e inconfundible para indicar de dónde procede su poder: «Mirando hacia el cielo dio un gemido y le dijo: “Effathá”, esto es: “Sé abierto”».

Jesús se muestra en todo unido a Dios; su poder es el de Dios. Su gemido expresa el pesar de Dios por la situación del hombre que, a causa de la incomunicación, no está bien; en realidad, está mal. La palabra que Jesús pronuncia no la dirige al sentido del oído del sordo para decirle: «Abrete», como suele traducirse; la dirige al hombre sordo para decirle a él que esté abierto a la comunicación con los demás seres humanos y, sobre todo, con Dios. La palabra de Jesús es, entonces, una palabra que cada uno debe recibir como dirigida a sí mismo, pues muchas veces, aunque gozamos del sentido del oído, estamos cerrados a la comunicación con los demás, sobre todo, a escucharlos y compartir sus penas. Aunque tenemos oídos, muchas veces nos cerramos a la verdad que nos comunica Dios por medio de la predicación, como lo expresa la sabiduría popular: «No hay peor sordo que el que no quiere oír».

«Inmediatamente, se abrieron sus oídos y se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente». Que el sordo comience a oír es un milagro que le devuelve el uso de uno de sus cinco sentidos. Pero que inmediatamente comience a «hablar correctamente» es un milagro más impactante. Para ese sordo comenzar a oír sería lo mismo que para uno de nosotros caer en el centro de la China donde nadie habla más que chino. Aunque tengamos capacidad de oír, nada entenderíamos y menos aun podríamos comunicarnos por medio de la palabra. Él, en cambio, comenzó a comunicarse correctamente articulando palabras y conceptos que nunca había oído. Esto es lo que admira a los presentes que exclaman, refiriendose a Jesús: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Devolviendo al sordo la capacidad de la comunicación, de la cual carecía, Jesús vuelve a ese hombre a la perfección que Dios quería para él. Por eso, el hecho evocó en los presentes la acción creadora de Dios. En efecto, del único que se puede decir con verdad: «Todo lo ha hecho bien» es de Dios mismo. Y también de Jesús, quien siendo el Hijo de Dios, es el mismo Dios verdadero, como lo declaramos en el Credo: «Dios verdadero de Dios verdadero». La perfección que Dios quería para el ser humano se perdió por el pecado, cuyo efecto más claro es la muerte. De ese mal, el mayor de todos, vino a liberarnos Jesús: «He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Vino a devolvernos a la perfección original.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles