Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 16 de del 2015

Jn 6,51-58
Permanece en mí y yo en él

Continuamos en este Domingo XX del tiempo ordinario la lectura del capítulo VI de San Juan, en el cual Jesús revela el misterio del Pan de Vida. Tomando como punto de partida la multiplicación de los panes, Jesús ha repetido: «Yo soy el pan de vida... Yo soy el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,35.51).

Hasta aquí los judíos, que lo escuchaban en esa sinagoga de Cafarnaúm, al oír estas declaraciones, han objetado sólo su origen celestial, diciendo: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo dice ahora: He bajado del cielo?» (Jn 6,42). Pero han tomado como una metáfora su declaración: «Yo soy el pan de vida... el pan vivo». La han tomado de la misma manera que se entienden otras declaraciones semejantes de Jesús tales como: «Yo soy el buen pastor... Yo soy la puerta de las ovejas... Yo soy la vid verdadera» (Jn 10,7.11; 15,1). Son sentencias con las cuales Jesús revela la relación que él tiene con nosotros. Pero nadie insistiría en que Jesús fue pastor –él fue carpintero–; menos aun en que él es una puerta o una vid. Entendieron, entonces, su afirmación: «Yo soy el pan de vida» como una metáfora, usada por Jesús para expresar la absoluta necesidad que tenemos de él para tener la vida eterna, la misma necesidad que tiene toda persona del pan material para mantener su vida terrena. Y esta comprensión es absolutamente verdadera; pero no es toda la verdad contenida en esas declaraciones.

En efecto, Jesús, en este caso, no usa una metáfora. Él quiere que sus palabras se entiendan literalmente. Por eso aclara: «El pan que yo daré es mi carne, por la vida del mundo». Recién ahora la atención se concentra sobre el pan mismo y no sobre su origen. La reacción de los presentes no se deja esperar: «Discutían entre sí los judíos diciendo: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”». Si el sentido intentado por Jesús no hubiera sido ese –sentido literal–, este era el momento para explicar cómo debían entenderse sus palabras. Pero él insiste, una y otra vez, en que deben entenderse literalmente. Lo hace dando a sus palabras la máxima solemnidad: «En verdad, en verdad les digo: si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes».

Esta es una de las sentencias de Jesús que los cristianos menos creen. Estamos hablando de los que confiesan que él es Dios y que él es la Verdad. Lo demuestra el hecho de que sean tan pocos los que procuran comer su carne y beber su sangre. Todos desean la vida eterna; pero no creen que el medio para poseerla sea el indicado por Jesús, a pesar de que él reafirma: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida». Para más insistencia, Jesús lo dice también en modo positivo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día». Se trata de una vida que comienza ahora y que continúa después de la muerte corporal; y tendrá su plenitud en la resurrección de la carne, en la que confesamos creer. Jesús acentúa la necesidad de la fe, por el paralelismo de esta afirmación con otra que ha hecho antes: «En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna» (Jn 6,47). Tiene vida eterna, porque cree en él y, por eso, no deja de alimentarse con su Cuerpo y su Sangre, que es el único medio que tenemos para gozar de esa vida.

Jesús sigue diciendo la virtud de este alimento: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él». Es la forma más estrecha de unión, unión en la misma vida. Nos recuerda su alegoría: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (Jn 15,5). Pero, si se puede, es más profunda aun, porque ciertamente el sarmiento vivo está en la vid; pero no se puede decir, de la misma manera, que la vid está en el sarmiento. Cuando Jesús quiere expresar el efecto de comer su carne y beber su sangre, la reciprocidad es completa: «Él permanece en mí y yo en él». Observemos que, cuando Jesús dice: «Yo», está hablando de su Persona: Dios Hijo.

Así se entiende su explicación ulterior: «Lo mismo que... yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí». Reaparece el pronombre: «Yo» –la Persona divina del Hijo– y también la Persona del Padre y la comunión de vida entre ellos: «Vivo por el Padre», que más tarde Jesús explicará de esta manera: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Esa misma comunión de vida se produce entre Jesús y –dice él– «el que me come». La vida de identificación con Jesús debe llegar hasta el punto indicado por San Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Su Cuerpo y su Sangre –separados, para expresar la muerte violenta que Jesús padeció– se nos dan hoy en el Sacramento de la Eucaristía, en lo que aparece a nuestros sentidos como pan y vino. No debemos privarnos de sus efectos maravillosos. Es verdaderamente «Sacramento de nuestra fe».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles