Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 31 de Mayo del 2015

Mt 28,16-20
Dios uno en la sustancia, trino en las Personas

Es natural que la liturgia celebre la Solemnidad de la Santísima Trinidad en el domingo siguiente a la Solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos con María, la Madre de Cristo, en el cenáculo. Con la venida del Espíritu Santo se completó la revelación del Dios verdadero y nuestra adopción como hijos de Dios.

El misterio de Dios, a saber, que Él es uno en la sustancia y trino en las Personas, ha sido revelado a nosotros por medio de dos envíos de parte de Dios. El primero, se puede decir que es «carnal», es decir, histórico, verificable por los sentidos humanos. Respecto de éste Juan usa la expresión fuerte: «La Palabra... se encarnó»; y asegura: «Hemos visto su gloria, gloria que recibe el Padre como Hijo único» (Jn 1,14). Él mismo escribe a los discípulos: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... lo anunciamos a ustedes, para que también ustedes estén en comunión con nosotros» (1Jn 1,1.3). Ese es el primer envío. Tuvo lugar en el momento de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María y se prolonga en toda la vida de Jesús.

El segundo envío es espiritual. Fue prometido repetidas veces por Jesús como necesario para completar la revelación del misterio de Dios: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los llevará a la verdad completa» (Jn 16,13). Y momentos antes de ser elevado al cielo Jesús reiteró esa promesa: «Recibirán fuerza, cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo, y serán mis testigos» (Hech 1,8). Este segundo envío tuvo lugar el día de Pentecostés (cincuenta días después de la Resurrección de Cristo). Este envío no es verificable por nuestros sentidos, no es un evento que pueda registrar la historia humana; es espiritual. Dios lo envía al corazón. Sólo en dos ocasiones permitió Dios que se manifestara visiblemente: en el Bautismo de Jesús se manifestó en la forma de una paloma que descendió sobre él; y el mismo día de Pentecostés se manifestó como una ráfaga de viento y como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de los presentes.

El Evangelio de hoy nos presenta la misión universal que Jesús resucitado y con la plenitud de su poder divino encomienda a sus discípulos. No sólo declara haber recibido del Padre todo poder en el cielo y en la tierra, sino que espera que todos los hombres y mujeres de todos los pueblos sean discípulos suyos, es decir, que reciban participación de su condición de Hijo de Dios. De esto se trata. Para este fin indica dos medios: «Bautizandolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñandoles a guardar todo lo que yo les he mandado».

San Pablo resume con mucha claridad la acción de las tres Personas divinas en la revelación del misterio de Dios y en nuestra adopción como hijos de Dios: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (primer envío)... para que nosotros recibieramos la filiación. Y, en cuanto ustedes son hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo (segundo envío) que clama: “Abbá, Padre”» (Gal 4,4-6). Nosotros invocamos al Padre como hijos suyos con la misma invocación de Jesús –«Abbá, Padre»–, gracias a ambos envíos, el de su Hijo y el del Espíritu Santo. Queda así revelado el misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Ahora podemos entender la fórmula que Jesús nos manda usar junto con el bautismo (baño con agua): «En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». A decir verdad, es una fórmula extraña, incluso gramaticalmente. ¿Por qué no dice, más bien: «En los nombres del Padre...», tratandose de tres nombres? No, porque el Nombre es uno sólo, indica al Dios único, el Dios que los judíos ya conocían desde la revelación de su Nombre a Moisés: «Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que Yo soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘YO SOY’ me ha enviado a ustedes”. Siguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los israelitas: YHWH, el Dios de los padres de ustedes... me ha enviado a ustedes. Este es mi Nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación”» (Ex 3,14-15). El Nombre con que se reveló en el Antiguo Testamento el Dios único Creador y salvador, es YHWH. Los judíos lo veneraban como a Dios mismo porque el Nombre, en el caso de Dios, está en lugar de su Persona: «No tomarás en vano el Nombre de YHWH, tu Dios» (Ex 20,7). Y cantaban en su liturgia: «YHWH, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2). Cada vez que recurría ese Nombre en la Escritura ellos decían: «El Señor».

La fórmula con que Jesús nos manda bautizar nos revela que ese Nombre, el Nombre del único Dios, designa a tres Personas distintas. El Dios con el cual nosotros entramos en comunión por el Bautismo y por los demás Sacramentos no es un Ser monolítico y solitario, sino una comunión de tres Personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidas por el amor. A esa comunión estamos destinados a entrar nosotros por medio del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
​Obispo de Santa María de Los Ángeles