Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 17 de Mayo del 2015

Mc 16,15-20
El Señor colaboraba con ellos

La Ascensión del Señor ocurrió cuarenta días después de su Resurrección. Su día propio es el jueves de la VI Semana de Pascua. Pero en nuestro país, por no ser feriado ese día, se traslada a este domingo.

Desde el principio, los cristianos vieron en este misterio el cumplimiento del texto, tal vez, más claramente mesiánico del Antiguo Testamento. Se trata del Salmo 110: «Dijo el Señor (YHWH) a mi Señor (adoní): “Sientate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies”» (Sal 110,1). Se trata de una persona a la cual David, a quien se atribuía el Salmo, llama: «Mi Señor» y que es invitado por Dios a ascender a su mismo nivel divino. Este es el texto del Antiguo Testamento que más veces es citado o evocado en el Nuevo Testamento en referencia a Jesús. El mismo Jesús lo refiere a sí mismo cuando pregunta: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. El mismo David lo llama: “Señor”; ¿cómo, entonces, puede ser hijo suyo?» (Mc 12,35-37).

Precisamente el último capítulo del Evangelio de Marcos, que se agregó a ese escrito poco después de la redacción de los Evangelios de Mateo y Lucas, concluye así: «El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Es el triunfo definitivo de Jesucristo, después de su muerte y su Resurrección. Los once discípulos, que presenciaron este evento, no quedaron desolados por la partida de Jesús; ellos quedaron llenos de consuelo y alegría al contemplar la victoria de su Señor. Con este evento la naturaleza humana, nuestra naturaleza, hecha suya por el Hijo de Dios, fue llevada al nivel de Dios, «se sentó a la derecha de Dios». Y allí esperamos llegar todos los que le pertenecemos, los que, gracias a la Eucaristía, somos un solo Cuerpo y un solo Espíritu en Cristo, como dice la oración de este día: «Dios omnipotente, haznos exultar de gozo..., pues la Ascensión de Cristo, tu Hijo, es nuestra elevación, y donde se adelantó la gloria de la Cabeza, allí está llamada la esperanza del Cuerpo» (Oración Colecta).

El gesto del vencedor era poner el pie sobre la cabeza del vencido. Así estaba anunciada la victoria del Hijo de la mujer sobre la Serpiente antigua: «Él te pisoteará la cabeza» (Gen 3,15). Es lo mismo que promete Dios al que se sienta a su derecha: «Pondré a tus enemigos como estrado de tus pies». ¿Cuáles son sus enemigos? Son los mismos enemigos nuestros, a saber, el pecado y la muerte, que entraron en el mundo por envidia de Satanás y ahora afectan a todo ser humano. El pecado y la muerte fueron vencidos por Jesús. Fueron puestos bajo sus pies. Él es nuestro Salvador.

Este gozo del triunfo de Jesús es lo que impulsó a los apóstoles a cumplir su mandato: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación». El Evangelio consiste en el anuncio gozoso –sobre todo, por medio de una vida libre de pecado– de que han sido vencidos el pecado y la muerte, gracias a la muerte y resurrección del Hijo de Dios hecho hombre, y que nosotros podemos participar de esa victoria incorporandonos a él por medio de la fe y el Bautismo: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará». El que no cree permanece en el pecado y la muerte, porque ha rechazado la salvación.

Lo que fue escrito en el siglo I tiene hoy valor de profecía cumplida: «Ellos, saliendo, predicaron por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban». Nadie habría creído en ese momento que la pretensión de universalidad de Jesús se habría realizado, por medio de esos hombres sencillos de Galilea. Este es el signo más evidente de credibilidad. Demuestra que verdaderamente «el Señor colaboraba con ellos» y que sigue colaborando con sus Sucesores hasta hoy, y que seguirá hasta el fin del mundo. Así lo enseña el Concilio Vaticano I: «La Iglesia, ella misma, por su admirable propagación, su eximia santidad, e inexhausta fecundidad en todos los bienes, por su unidad católica (universal) y su invencible estabilidad es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable de su divino legado» (Constitución dogmática «Dei Filius», Año 1870).

La fiesta de la Ascensión del Señor es un impulso a renovar el gozo por la victoria de Cristo, que es nuestra victoria, y a «salir», según su mandato, a anunciar el Evangelio con nuevo entusiasmo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles