Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 10 de Mayo del 2015

Jn 15,9-17
Permanezcan en mi amor

El Evangelio de este VI Domingo de Pascua es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí Jesús describía su relación con nosotros por medio de la conocida alegoría de la vid: «Yo soy la vid; ustedes, los sarmientos» (Jn 15,5). En la lectura de este domingo Jesús explica cómo se debe vivir esa relación vital, que hace de nosotros un miembro suyo.

«Como el Padre me ha amado, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor». Esta frase es una auténtica declaración de amor. ¿Por qué lo dice en tiempo pasado: «Los he amado»? Porque está influyendo el punto de vista del evangelista y de la comunidad a la cual se dirige. El acto supremo de amor de Jesús es su muerte en la cruz, que había ocurrido hacía varios años en el momento en que se escribe este Evangelio. Es un hecho pasado, que conserva su actualidad, como lo enseña el Catecismo: «Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), Jesús vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rom 6,10; Heb 7,27; 9,12)» (N. 1085). En efecto, el evangelista se refiere a ese momento cuando dice: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (eis telos)» (Jn 13,1). Ese «amor hasta el extremo» se cumplió cuando Jesús murió. Su última palabra antes de morir fue: «Se ha llegado al extremo (tetélesthai)» (Jn 19,30).

«Como el Padre me ha amado». Es imposible calcular esta medida del amor de Jesús hacia nosotros. El amor entre el Padre y el Hijo no tiene medida; supera todo lo que podamos imaginar. Pero, Jesús quiere hacernos participar de ese amor. Por eso nos da modo de conocerlo, como afirma el mismo Juan en su primera carta: «En esto hemos conocido el amor: en que él (Jesús) dio su vida por nosotros». Y exhorta a participar de ese amor, concluyendo: «También nosotros debemos dar la vida unos por otros» (1Jn 3,16).

El apóstol hace esa exhortación basandose en el mandato de Jesús: «Permanezcan en mi amor». Debemos reconocer que este mandato de Cristo es casi completamente ignorado. No se ve por todos lados cristianos que estén esforzandose por permanecer en el amor de Jesús. ¿Qué significa ese mandato y cómo se cumple? En primer lugar, reconociendo el amor que Jesús nos ha tenido: él murió en la cruz por mí; su amor por mí no lo llevó sólo a hacerme algún favor, por muy grande que sea, que ya tendría yo que agradecer y corresponder; su amor por mí lo llevó a dar su vida. Contemplar ese acto de amor extremo, reconocerlo y agradecerlo, es un primer modo de permanecer en él. Esta contemplación engendra en nosotros el gozo, gozo colmado: «Les he dicho estas cosas –el amor que él nos tiene– para que mi gozo esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado». Nadie puede dejar de experimentar gozo al verse amado en esa forma por el Hijo de Dios hecho hombre.

El segundo modo de permanecer en su amor lo aclara el mismo Jesús: «Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor». No se trata de una serie larga de prescripciones que cumplir. El mismo Jesús resume todos sus mandamientos en uno sólo: «Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». Repite: «Lo que les mando es que se amen los unos a los otros». El amor consiste en procurar el bien del otro, olvidandose a sí mismo, negandose a sí mismo. Ese amor alcanza su grado máximo, cuando lo que se procura al otro es el Bien infinito, Dios, y cuando la negación de sí mismo para obtener ese fin es completa, a saber, dando la vida. Esto lo hemos visto en Jesús y, siguiendo el ejemplo de él, en todos los mártires. El apostolado es el acto máximo de amor, porque tiene como fin procurar al otro el Bien supremo, que es su salvación eterna. El apóstol «permanece en el amor de Jesús». Los misioneros dejan su patria, su familia y todos sus bienes, para procurar a otros la salvación. Por eso la Iglesia es esencialmente misionera –«creo en la Iglesia apostólica»–, porque ella entera y cada uno de sus miembros tienen el mandato: «Permanezcan en mi amor». El amor de Jesús lo impulsó a dar su vida por nuestra salvación: «Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida» (Jn 10,17). La Iglesia está enviada a hacer lo mismo.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles