Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 29 de Mayo del 2011

Jn 14,15-21
Me manifestaré a él

Si hay algo claro en la enseñanza de Jesús es lo que él llama «su mandamiento». No es necesario ser especialista en estudios bíblicos para saber cuál es ese mandamiento de Jesús. Basta leer sus palabras: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros» (Jn 13,34)... «Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12). El mandamiento de Jesús no sólo consiste en el amor de unos por otros, sino también en una medida de ese amor. El mandamiento no se ha cumplido mientras no se ha alcanzado esa medida de amor. ¿Cuál es esa medida? Jesús la repite en las dos instancias en que formula su mandamiento: «Como yo los he amado». Él nos amó hasta entregar su vida en la cruz. Esa es la medida máxima, como él mismo lo declara: «Nadie tiene amor más grande que éste: que alguien dé su vida por sus amigos» (Jn 15,12). El mandamiento de Jesús consiste entonces en amar a los demás hasta la entrega de la vida. ¡No son muchos los que lo cumplen!

Jesús no cree las declaraciones de amor, cuando vienen de parte nuestra. Se aplica a nosotros lo que dice el Evangelio acerca de sus contemporáneos: «Jesús no confiaba en ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conoce lo que hay en el hombre» (Jn 2,24-25). Jesús no le creyó a Pedro, cuando éste le declaró su prontitud a dar su vida por él: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces» (Jn 13,38). Jesús nos dice a quién le cree: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama». Si el cumplimiento de su mandamiento consiste en el amor a los demás hasta la entrega de la propia vida, ¡no son muchos los que lo aman!

Pero a los que lo aman les hace dos promesas. La primera es el don del Espíritu Santo: «Yo pediré al Padre y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad». ¿Por qué los que aman a Jesús necesitarán el Espíritu Santo en la función de «paráclito»? Paráclito es un término judicial; designa al que está junto a un acusado para defenderlo. Los que aman a Jesús –se entiende, según su criterio de amor a él– entrarán inevitablemente en conflicto con los que odian a Jesús. Él nos advirtió. Después de repetir su mandamiento, agrega la consecuencia: «Lo que les mando es que se amen los unos a los otros. Si el mundo los odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no son del mundo, porque yo al elegirlos los he sacado del mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15,17-19). El mundo es ese ambiente que está completamente cerrado a Dios, a Cristo y a su Iglesia. Lo conocemos bien.

La segunda promesa es más consoladora. Pero ¡atención!, se cumple en los que aman a Jesús hasta la entrega de la vida: «El que me ame, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él». Jesús habla de una manifestación suya futura, es decir, en su gloria, como está ahora. Si nosotros no hemos tenido esa experiencia, ya sabemos por qué. La tuvo San Pablo, como lo expresa cuando entra en confidencias: «Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años -si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre -en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar» (2Cor 12,2-4). Es la experiencia que han tenido muchos santos, porque la santidad es la perfección en el amor. Todos debemos anhelar alcanzar esa meta para que podamos gozar de la promesa.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles