Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 28 de Junio del 2015

Mc 5, 21-43
He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia

Si tuvieramos que definir con una sola frase la misión de Jesús, tendríamos que adoptar sus misma palabras: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). El Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario nos presenta a Jesús realizando esa misión, es decir, actuando en favor de la vida. ¿Por qué es necesario que él venga a dar vida al ser humano? ¿Cuál es el contexto en que esa definición adquiere pleno sentido?

Para responder a esta pregunta nos fijaremos en la primera lectura de este domingo, que está tomada del libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorrupción y lo hizo imagen de su propio ser. Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sab 2,23-24). Según el relato de la creación, «creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó» (Gen 1,27). Dios es vida plena y no hay nada más contrario a la imagen de Dios que la muerte. Dios creó al hombre dotado de la inmortalidad, que en el segundo relato de la creación está representado por el árbol de la vida.

La muerte del ser humano no estaba en el plan de Dios. Pero en el mismo segundo relato de la creación se explica el origen de la muerte: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás» (Gen 2,16-17). Es la primera vez que aparece en la Escritura la palabra muerte. Aparece según la expresión hebrea enfática: «Morir morirás». El ser humano ya era como Dios en cuanto a poseer la vida inmortal. Pero no era Dios, conocedor del bien y del mal; él recibe de Dios la norma de conducta. Cuando quiso ser como Dios también en eso, entonces comió del árbol de la ciencia del bien y del mal; y entonces, lejos de ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal, dejó de ser como Dios en la inmortalidad: se convirtió en un ser mortal. Todo esto, siguiendo el libro de la Sabiduría, lo resume San Pablo: «Por un hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte; y la muerte afecta a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12).

Ahora entendemos el contexto de la frase de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». Él vino –podríamos decir– para volver al ser humano al Paraíso; o mejor, para reparar el mal del pecado y restituir el plan de Dios.

El jefe de la sinagoga, Jairo, suplica a Jesús: «Mi hijita está en las últimas; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Jairo cree que Jesús tiene poder de dar vida plena a un enfermo que está próximo a la muerte. Jesús accede inmediatamente a esa súplica y parte seguido de una multitud.

No vemos que Jesús se apresure en su camino hacia la casa de Jairo. Se deja entretener por la mujer que sufría hemorragias desde hacía doce años y que está segura que con sólo tocar los vestidos de Jesús quedará sana. El relato se detiene detallar el carácter incurable de ese mal: «Había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, estando siempre peor». Su mal también tiene relación con la vida. En efecto, se pensaba en ese tiempo que la vida estaba en la sangre, de manera que derramar sangre era como morir un poco. La mujer tocó a Jesús e «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». Jesús quiere concederle no sólo ese bien, sino también un bien mayor, a saber, conocerla y felicitarla, tratandola de la forma más afectuosa posible: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». A ninguna otra mujer da Jesús el trato de «hija».

La demora pareció fatal. En efecto, llegan emisarios de la casa de Jairo y le dicen directamente: «Tu hija murió. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús no había hecho sentir ninguna molestia; al contrario. Su tardanza en acudir se debe a que su poder de dar vida vence a la muerte. Por eso, antes de que Jairo explote en llanto ante la triste noticia, le pide que siga confiando: «No temas; sólo ten fe». Llegado junto a la niña, da a ella, que está muerta, una orden, como si estuviera viva: «Talithá kum» (Niña, levantate). El resultado dejó a los cinco presentes llenos de estupor: «Inmediatamente, la niña se levantó y se puso a caminar».

Jairo y la hemorroísa nos dan ejemplo de fe en Jesús. Si ellos hubieran estado en esa barca con Jesús, cuando se desató la tormenta que amenazaba con hundir la barca, ellos dos habrían permanecido sin miedo, al observar a Jesús plenamente sereno; ellos no habrían merecido el reproche: «¿Por qué están tan miedosos? ¿Todavía no tienen fe?». Jesús vino a darnos la vida plena, vida eterna, y la fe en él nos abre a ese don.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles