Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 14 de Junio del 2015

Mc 4,26-34
Ha parecido bien al Padre de ustedes dar a ustedes el Reino

Después de los tiempos litúrgicos de Cuaresma y de Pascua y de las grandes solemnidades de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y la Sangre de Cristo (y del Sagrado Corazón, que se celebró el viernes pasado), retomamos el tiempo litúrgico ordinario con la celebración del Domingo XI y la lectura del Evangelio de Marcos, correspondiente al ciclo de lecturas B.

Sabemos que el concepto más frecuentemente usado por Jesús en su predicación es el de «Reino de Dios». Pero no encontramos en el Evangelio una definición precisa de este concepto. Jesús usa muchas parábolas y comparaciones para explicar a qué se refiere con este concepto; pero son muy distintas unas de otras y cada una aclara sólo un aspecto de esa realidad. Y, sin embargo, nosotros oramos multitud de veces pidiendo al Padre: «Venga a nosotros tu Reino». ¿Qué es lo que le pedimos exactamente?

El Reino de Dios, que constituye el centro de la predicación de Jesús –como hemos dicho–, no es fácil encerrarlo en una definición precisa que lo agote. La dificultad la experimenta el mismo Jesús, quien se pregunta: «¿Cómo asemejaremos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?».

Explicando la petición del Padre Nuestro, el Catecismo de la Iglesia Católica (N. 2816) intenta una explicación: «El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproximó en el Verbo encarnado, ha sido anunciado a través de todo el Evangelio, vino en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios, desde la Santa Cena, ya vino y en la Eucaristía el mismo está en medio de nosotros. El Reino de Dios vendrá en la gloria, cuando Cristo lo entregue a su Padre». El Catecismo agrega una cita de San Cipriano: «Puede, ciertamente, el Reino de Dios ser Cristo mismo, quien deseamos cada día que venga, cuyo Adviento anhelamos que se nos presente pronto. En efecto, siendo Él mismo la Resurrección, puesto que en Él resucitamos, así el Reino de Dios puede entenderse que es Él mismo, porque en Él reinaremos» (De dominica Oratione, 13). El Reino de Dios es Cristo mismo en nosotros. Esta ya no es una semejanza; es una identidad.

Jesús presenta el Reino de Dios en dos parábolas que tienen relación con el crecimiento. En la primera dice: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo...». La segunda es semejante a ésta: «(El Reino de Dios) es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Toda semilla tiene un dinamismo propio y contiene, por así decir, en sí todo la planta que ha de surgir. Todo está en ella y, en contacto con un ambiente adecuado, se desarrolla y crece. ¿Por qué insiste Jesús en esto, por medio de dos parábolas?

Jesús se encontraba ante esta dificultad, que es más bien una dificultad de sus seguidores: si él es el Cristo, el que tenía que venir al mundo enviado por Dios como el Salvador, ¿por qué lo siguen solamente los pescadores humildes de Galilea y no los poderosos del mundo de entonces? A eso responde Jesús: los origenes son humildes, pero el desarrollo posterior será grande e inexorable. Es normal que el origen sea humilde, como es normal que la semilla, que dará origen al árbol en el cual se cobijarán grandes pájaros, sea pequeña.

¿Estas comparaciones rigen también hoy? ¿Encuentra hoy la predicación del Evangelio la misma dificultad? Jesús declaró la vigencia perpetua de su Palabra diciendo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35). Los cristianos están expuestos hoy a la misma dificultad que encontraban los discípulos de Jesús en su tiempo. El mundo ha asistido estos días a un espectáculo deportivo, la final de la Champions League, en la cual se ha gastado infinita cantidad de recursos y que ha atraído la atención de millones de hombres y mujeres; en estos días se realizó también la reunión de los ocho grandes de la tierra –el G8– (siete, por la exclusión de Rusia) en el castillo de Elmau en Baviera, en un costoso escenario rodeada de medidas de seguridad desmesuradas. Y esos mismos días la Iglesia celebró la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tratando de dar realce a este misterio admirable por medio de procesiones por las calles de las ciudades. Pero esas manifestaciones de culto a Cristo no tenían el despliegue de recursos de esas otras actividades del mundo, ni veían la participación de los poderosos de la tierra, ni siquiera, a nivel local, de los grandes de nuestra patria. Ese grupo de fieles sencillos que daban culto a Cristo son el grano de mostaza de nuestro tiempo. A ellos dice hoy Jesús como decía a sus discípulos de Galilea: «No temas, pequeño rebaño, porque ha parecido bien al Padre de ustedes dar a ustedes el Reino» (Lc 12,32).

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles