Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 07 de Junio del 2015

Mc 14,12-16.22-26
Misterio de la fe

La Iglesia celebra la Eucaristía todos los días y en todos los puntos de la tierra, pues en este Sacramento se realiza por excelencia la promesa de Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Pero, además, destina en el calendario litúrgico un día especial para alabar a Dios y darle gracias este don admirable, la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que celebramos este domingo.

En el Evangelio se nos relata el momento en que Jesús, en la última cena con sus discípulos, instituyó este misterio. El relato de Marcos deja claro que Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Pascua: «El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba la Pascua, le dicen sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas la Pascua?”». Hay cosas que en ese relato no se dicen expresamente porque se dan por sabidas, en particular todo lo referente a la celebración de la Pascua judía.

La Pascua se celebraba el día 14 del mes de Abib o Nisan (el primero del año judío), «entre dos luces» (Ex 12,6), es decir, desde el atardecer del viernes hasta el amanecer del sábado. Dado que los meses del calendario judío eran meses lunares (28 días), el día 14 del mes, el día central, es siempre luna llena. Debía sacrificarse un cordero de un año, macho, sin defecto. Luego, se asaba al fuego y luego se comía. Era una comida ritual. Había que consumir el cordero completo (cosa posible para 13 varones adultos, Jesús con los Doce), alternando con lecturas de los hechos maravillosos obrados por Dios en favor de su pueblo, sobre todo, de la liberación de la esclavitud de Egipto. Esto era sacrificar y comer la Pascua. En este contexto Jesús introdujo un gesto nuevo que él mismo explicó: «Mientras ellos comían, tomando pan, bendijo, lo partió y lo dio a ellos, y dijo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Y tomando una copa, dando gracias, la dio a ellos, y bebieron de ella todos. Y les dijo: “Esto es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos”». En lugar de la carne del cordero, da a comer su propia carne y en lugar del sangre del cordero, que era derramada y con la cual se había sellado la antigua alianza, Jesús asegura que su sangre también será derramada y será el sello de una Alianza con Dios. Lo que quiere significar es que en adelante él mismo es el Cordero Pascual, el Cordero de Dios.

Esa noche, cuando concluyó la celebración, poco antes del amanecer, Jesús fue detenido y al día siguiente murió en la cruz. Si no hubiera antecedido el gesto y las palabras de Jesús de la noche anterior, en el contexto de la cena pascual, nunca habríamos comprendido que la muerte de Cristo en la cruz fue, en realidad, un sacrificio. Su muerte en la cruz fue un sacrificio voluntario, el único sacrificio eficaz que obtiene el perdón de los pecados. Los gestos de bendecir, dar gracias, partir el pan y entregarlo y de distribuir la copa, con las palabras: «Esto es mi cuerpo… esto es mi sangre» eran un anticipo y un anuncio de su sacrificio verdadero que ofrecería al día siguiente en la cruz. Este es el mismo sacrificio que se hace presente cada vez que se celebra la Eucaristía. En este sacrificio Jesús es el sacerdote y la víctima. Los que participan de ella comen verdaderamente el Cuerpo de Cristo y beben verdaderamente la Sangre de Cristo y quedan llenos de su misma vida divina.

La cláusula agregada por Jesús al don de su Sangre: «Sangre de la Alianza» es explicada por Lucas, que escribe: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre» (Lc 22,20). Esa sangre sella una Nueva Alianza de Dios con la humanidad, la Alianza que había sido anunciada por los profetas, la Alianza que sería eterna. La cláusula agregada por Jesús: «Derramada por muchos», la explica Mateo escribiendo: «Derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26,28).

Cuando el sacerdote termina de repetir los gestos y palabras de Jesús sobre el pan y el vino, durante la Eucaristía, y tiene en sus manos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, agrega la aclamación: «Misterio de la fe». El Cuerpo y la Sangre de Cristo, por medio de los cuales se nos da Cristo entero como alimento y se nos comunica su vida divina, es conocido solamente por la fe. Es, por tanto, un conocimiento mucho más firme y cierto que todo lo que podamos conocer por medio de nuestra inteligencia natural. El conocimiento que Dios nos infunde por medio de la fe transforma toda nuestra vida. En este caso, Jesús promete: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). Lo que esto significa lo sabe sólo quien tiene experiencia vital, como canta un antiguo himno latino refiriendose a esta presencia de Jesús: «Ni la lengua puede decir, ni la letra expresar, sólo quien tiene experiencia puede creer, lo que es amar a Jesús».

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles