Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 15 de Marzo del 2015

Jn 3,14-21
Debe ser elevado el Hijo del hombre

Desde el principio la fe cristiana se vio enfrentada a un difícil problema: ¿Cómo explicar que la cruz, que era para los romanos un instrumento de tortura y de muerte, es para los cristianos el signo más luminoso de vida? Esto es lo que el mismo Jesús trata de explicar a Nicodemo en la conversación con ese magistrado judío, que nos presenta el Evangelio de este IV Domingo de Cuaresma.

Cuando los judíos presentaron sus acusaciones contra Jesús ante Pilato, pidieron su muerte gritando: «Crucificalo, crucificalo» (Jn 19,6). Pidiendo para Jesús ese género de muerte, lo que quieren es humillarlo infligiendole la muerte más ignominiosa, la muerte que se daba a los esclavos y a la gente despreciable. Un ciudadano romano, por muy criminal que fuera, no podía ser sentenciado a la crucifixión. Jesús murió crucificado entre dos criminales, también ellos judíos. San Pablo no disimula el problema, cuando escribe a los corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1Cor 1,23). Para los judíos la cruz era expresión del rechazo no sólo de los hombres, sino del mismo Dios, como estaba escrito en su ley: «Maldito todo el que está colgado de un madero» (Gal 3,13; cf. Deut 21,23).

En su conversación con Nicodemo Jesús ha hablado de un nacimiento nuevo que introduce en el Reino de Dios: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Y para explicarle más le aclara: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,3.5). Nicodemo ya había nacido del vientre de su madre y tenía la vida de este mundo. Pero Jesús está hablando de un nacimiento nuevo que corresponde a una vida nueva concedida por el Espíritu de Dios. Y, hablando de esta vida aparece en el horizonte la cruz. ¿Cómo explicar que la cruz será la fuente de esa vida nueva?

Jesús recurre a un episodio del Antiguo Testamento que se relata en el libro de los Números y que Nicodemo conoce bien. Los judíos salidos de Egipto se rebelaron contra Dios y contra Moisés. Dios, entonces, mandó serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos de ellos. Entonces reconocieron su pecado y pidieron a Moisés que intercediera para ser liberados. Dios dijo a Moisés: «Hazte una serpiente y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y la mire, vivirá». El relato sigue: «Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida» (Num 21,4-9). A esto se refiere Jesús cuando dice a Nicodemo: «Como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna».

¿En qué se parece Jesús a esa serpiente, fuera del hecho de que ambos son elevados? Se parece en que ambos son una demostración del amor de Dios. Esa serpiente de bronce sobre el mástil era una demostración del amor de Dios, que tan pronto como ve un signo de arrepentimiento concede la vida. Se trataba, sin embargo, de esta vida nuestra terrena, que es frágil y breve: «¡El hombre! Como la hierba son sus días, como la flor del campo, así florece; pasa por él un soplo, y ya no existe» (Salmo 103,15-16a). Jesús es infinitamente superior a esa serpiente. Jesús elevado sobre la cruz es demostración del amor supremo de Dios, que concede a quien cree en Jesús esa vida nueva sobre la cual Jesús hablaba con Nicodemo. Jesús la llama «vida eterna»; consiste en la vida plenamente feliz junto a Dios por toda la eternidad. La medida del amor de Dios que se demuestra en la cruz de Cristo la expresa él así: « Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

Ahora podemos entender por qué la cruz es el signo del cristiano; por qué todos queremos tener el crucifijo a la vista en nuestros templos, en nuestras aulas, presidiendo los parlamentos de nuestros países. La cruz es el signo del amor de Dios llevado hasta su extremo. Entendemos por qué San Pablo dice: «No quise saber entre ustedes, sino a Jesucristo, y éste crucificado... Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (1Cor 2,2; Gal 6,14). El mismo San Pablo reprende a los gálatas diciendoles: «¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién los hechizó a ustedes, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?» (Gal 3,1). En este tiempo de Cuaresma nosotros debemos detenernos a contemplar con viva fe el amor de Dios que se manifiesta en la cruz de para que se nos conceda el don de la vida eterna.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles