Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 08 de Marzo del 2015

Jn 2,13-25
Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo

El domingo pasado el Evangelio nos mostraba a Jesús en el Monte Tabor revestido de gloria ante sus tres discípulos más cercanos. El punto culminante de ese relato es la voz de Dios que declara la identidad de Jesús: «Este es mi Hijo, el amado» (Mc 9,7). Nadie puede dar una definición más exhaustiva y sintética de la identidad de Jesús que Dios mismo: «Es mi Hijo». En el Evangelio de este III Domingo de Cuaresma, por su parte, Jesús se refiere a Dios, llamandolo «mi Padre», cuando manifiesta su celo por el templo de Jerusalén: «No hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado».

Muchos creen en Dios. Pero también cree el diablo, como hace notar Santiago: «¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen, y tiemblan» (Sant 2,19). Lo importante no es sólo creer en Dios, sino principalmente en qué Dios creemos. Los cristianos ciertamente creemos en un solo Dios. Pero, si alguien nos pregunta en cuál Dios creemos, es decir, quién es Dios para nosotros, tenemos que responder sin vacilar: el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esto lo comprendió bien San Pablo, que bendice a Dios diciendo: «Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3). Pablo ya creía en un solo Dios, más aun, era fariseo e intachable en el cumplimiento de la ley de Dios, cuyo mandamiento principal es: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor» (Deut 6,4). ¿En qué consistió, entonces, su conversión? Precisamente en corregir su idea de Dios y adoptar la idea de Dios que nos revela Jesús: «Dios es mi Padre». Este es el Dios en quien creemos los cristianos.

Jesús nos reveló a Dios mostrandose él, como su Hijo. No tenemos otro modo de conocer al Dios verdadero que conociendo a Jesús, meditando sus palabras y contemplando sus acciones. Entonces podemos concluir: Dios es tal que tiene semejante Hijo. Una analogía nos puede ayudar a comprender: uno puede estudiar mucho sobre Miguelángel, pero no sabrá bastante sobre él mientras no contemple sus esculturas; contemplando, por ejemplo, la Pietà, conocerá sobre él más que todo lo que puedan decirle los libros: sabrá que es un hombre tal que fue capaz de crear esa maravillosa obra. Para adquirir ese conocimiento sobre Miguelángel es necesario contemplar su obra. De manera análoga, nunca podremos conocer al verdadero Dios, mientras no conozcamos a Jesús, su Hijo. Conociendo a Jesús podremos decir: si así es el Hijo, ya sé como es Dios, su Padre. Jesús declara: «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino que hace lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo» (Jn 5,19). Y a sus discípulos que quieren ver al Padre, les asegura: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Vemos a Dios en su Hijo.

En el Evangelio de este domingo, Jesús contrapone dos casas, entre las cuales no hay componendas: «No hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado». No hay cómo componer el servicio de Dios y el servicio del dinero: «Ustedes no pueden servir a Dios y a mammona (el dinero)» (Mt 6,24). Es una revelación de cómo es Dios. En el templo se cambiaba dinero, porque los judíos venidos de otras partes para celebrar la Pascua tenían que pagar el tributo al templo con moneda judía. Pero ese cambio de moneda era un mercado; el interés de hacerlo no era Dios, sino el dinero. Por otro lado, los que vendían animales los vendían para el sacrificio; pero ellos no tenían interés por la gloria y alabanza de Dios en que consiste el sacrificio, sino por el dinero que ganaban. Con su actitud, Jesús revela un Dios que no se presta para que algunos se enriquezcan.

La actitud de Jesús –expulsar del templo con un látigo a los cambistas y vendedores, volcando sus mesas– hace que sus discípulos recuerden un Salmo: «El celo por tu casa me devora» (Sal 69,10). Jesús no resiste, cuando él mismo es golpeado, humillado y crucificado. Todo eso lo soporta, como el cordero que es llevado al matadero (cf. Is 53,7), por amor a nosotros. Pero no tolera que se ofenda el honor de su Padre.

Los discípulos repararon en el Salmo: «El celo por tu casa me devora»; pero no repararon en lo más impactante, a saber, que Jesús llamara a Dios «mi Padre» y que, con la autoridad que recibe de Dios, pudiera interrumpir una actividad que era habitual en el templo. Las autoridades judías, en cambio, reparan en eso y le preguntan: «¿Qué signo nos muestras para obrar así?». Equivale a: ¿Qué signo nos muestras de que eres Hijo de Dios y puedes decidir lo que se hace o no se hace en el templo? Jesús da un signo; pero ellos no lo entendieron: «Destruyan este Santuario y en tres días lo levantaré». El templo tenía diversos sectores; el Santuario era la parte más sagrada. Después de su resurrección al tercer día, los discípulos comprendieron ese signo y el evangelista nos puede decir: «Hablaba del Santuario de su cuerpo». Nos revela que el verdadero Santuario es el cuerpo de Jesús. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9) afirma San Pablo.

En esta Cuaresma debemos tratar de purificar nuestra idea de Dios. Debemos dedicar tiempo a contemplar a Jesucristo y ver que Dios es el objeto de su vida; que todo lo hace por amor a su Padre. A ese Dios, el Padre de Jesucristo, merece que también nosotros lo amemos con todo nuestro ser y nos comportemos como hijos suyos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles