Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 22 de Mayo del 2011

Jn 14,1-12
Sólo Jesús basta

El Evangelio de este Domingo V de Pascua nos transmite una parte del diálogo de Jesús con sus discípulos en el curso de la última cena con ellos. Leemos en este texto dos declaraciones fundamentales de Jesús, en las cuales revela su identidad. Ambas están motivadas por respectivas preguntas de uno de los doce: Tomás y Felipe.

El relato de esa última cena se abre con estas palabras: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). El lector sabe, desde el principio, que Jesús está a punto de regresar a su Padre. Ese es el lugar adonde va. Pero el camino hacia allá pasaba por ese «amor hasta el extremo (eis telos)», que se iba a cumplir cuando Jesús entregara su espíritu en la cruz. Sus últimas palabras nos refieren a ese extremo del amor: «Todo está cumplido (tetélesthai)».

En esta última cena Jesús habla tres veces acerca de su partida usando la misma expresión: «Adonde yo voy». La primera vez lo dice a todos sus discípulos: «Hijos míos... adonde yo voy, ustedes no pueden venir...» (Jn 13,33). Parece anunciar una separación definitiva. Pero, diciendolo particularmente a Pedro, aclara que es sólo temporal: «Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde» (Jn 13,36). Esa expresión alcanza su punto culminante después que Jesús dice claramente cuál es su destino –«voy a la casa de mi Padre»– y da por sabido el camino que conduce allá: «Adonde yo voy, ustedes ya saben el camino». Los apóstoles no saben qué destino es ese –la casa de mi Padre–, mal pueden conocer el camino, tanto más que Jesús había llamado también al templo de Jerusalén «la casa de mi Padre» (Jn 2,16). Tomás presenta la dificultad: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Y esto motiva la fundamental declaración de Jesús en la cual indica tanto el camino como la meta: «Yo soy el camino... Nadie va al Padre, sino por mí». La afirmación es definitiva: para llegar al Dios verdadero, que es el Fin último del ser humano y su felicidad eterna, no hay otro medio fuera de Cristo.

Los otros términos –«verdad y vida»– no son homogéneos con el término «camino». En efecto, este es una realidad material, en tanto que los otros dos son realidades abstractas. Además, Jesús las introduce sin que se haya hablado de ellas antes. Por eso, muchos las interpretan leyendo: «Yo soy el camino, porque soy la Verdad y la Vida». En la lengua que Jesús hablaba la conjunción «y» suele tener ese valor explicativo.

Con esa afirmación de Jesús quedó claro que su meta es el Padre. Esto suscita otra intervención, esta vez de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Con la expresión «el Padre» Felipe se refiere a Dios, pues afirma que verlo a Él basta, antecesor de la gran mística Santa Teresa: «Sólo Dios basta». Es la única vez en el Evangelio que alguien, fuera de Jesús, se refiere a Dios con el nombre de Padre. Pero la petición, no obstante ser admirable por los motivos indicados, es sin embargo, reprochable, porque revela un desconocimiento esencial: supone que Jesús mismo, a quien estaba viendo, no basta, y que el Padre, por tanto, es más que Jesús. Jesús aclara este error: «¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Y explica que él y el Padre, si bien son dos Personas distintas, son consustanciales, es decir, uno y otro son la misma sustancia divina, el mismo Dios. Lo dice en términos comprensibles para sus apóstoles: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Jesús, entonces, basta, porque él es el verdadero Dios.

La aclaración de Jesús a esa petición de Felipe nos recuerda un episodio de la vida de Santo Tomas de Aquino. Después que él expuso su enseñanza sobre la Eucaristía, quedó preocupado por haberse aventurado en un tema tan trascendente. Entonces, el Señor desde un crucifijo ante el cual oraba, le dijo: «Bien escribiste sobre mí, Tomás». Y le agrega: «Pideme lo que quieras». La respuesta del Santo no se hizo esperar: «Te pido a ti, Señor». El santo teólogo no incurrió en el mismo error que Felipe.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles