Nuestra Liturgia
Comentario

Domingo 03 de Mayo del 2015

Jn 15,1-8
Lo limpia para que dé más fruto

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador». Con esta sentencia de Jesús comienza el Evangelio de este V Domingo de Pascua. Esta afirmación es obviamente una alegoría, que Jesús completa incluyendo a sus discípulos: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos». Junto con la alegoría del buen pastor, que veíamos el domingo pasado –«Yo soy el buen pastor... y se harán un solo rebaño un solo pastor»–, son tal vez los textos de más sentido eclesiológico del Evangelio de Juan.

Es cierto que en el Evangelio de Juan no aparece el término «Iglesia». Este fue el término que la comunidad cristiana adoptó para autodenominarse y distinguirse de la comunidad judía, que asumió para sí el término «Sinagoga». El término «Iglesia» lo difunde San Pablo a partir de la primera línea que se escribió de todo el Nuevo Testamento: «Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A ustedes gracia y paz» (1Tes 1,1). Luego, lo usa con profusión en todas sus cartas. Cuando se escribió el IV Evangelio (a fines del siglo I), la Iglesia era ya una realidad viva, provista de la estructura que le dio el mismo Jesús y luego, bajo la acción del Espíritu Santo, los Doce y sus sucesores. La alegoría de la vid permite a los creyentes profundizar en la comprensión del misterio de la Iglesia, a la cual pertenecen.

En realidad, la afirmación textual de Jesús suena así: «Yo soy la vid, la verdadera». ¿Quiere decir que hay una vid falsa? No. Lo que quiere decir es que en el Antiguo Testamento –«en la Ley, los Profetas y los Escritos»– ya aparecía esta alegoría, pero allí era sólo un anuncio, que en Jesús encuentra su cumplimiento. Cuando Juan usa ese adjetivo no lo hace en oposición a «falso» sino a «preanuncio». En efecto, el profeta Isaías había afirmado: «La viña del Señor de los Ejércitos es la Casa de Israel» (Is 5,7). Concuerda con el Salmo: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste...» (Sal 80,9). Isaías describe la solicitud del viñador: «La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar» (Is 5,2). Pero el resultado fue frustrante: «Esperó que diese uvas, pero dio agraces» (Ibid.). La «vid verdadera», en cambio, da mucho fruto y este fruto glorifica a Dios: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto... La gloria de mi Padre está en que ustedes den mucho fruto, y sean mis discípulos».

Jesús también describe la actividad del Viñador, su Padre, en relación con la vid verdadera: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto». Es una exhortación a la misión y a no poner límite al celo apostólico. Nadie puede estar en la comunidad de los creyentes, es decir, en la Iglesia, nadie puede estar injerto en Cristo, y permanecer inactivo. El miembro de la Iglesia que no siente ningún impulso a la misión, que no se preocupa de difundir el Evangelio a otros, terminará por ser cortado. Ese miembro no da gloria a Dios, está muerto. Por otro lado, el miembro que da fruto, es decir, que conquista a muchos para Cristo, tampoco puede sentirse satisfecho con sus logros. De éste el Viñador espera siempre más: «Lo limpia para que dé más fruto».

Jesús expresa el medio usado para lograr esa limpieza: «Ustedes están ya limpios por la Palabra que les he anunciado». La Palabra de Jesús, cuando es acogida y permanece en nosotros, obra la purificación de la cual habla Jesús. En otra ocasión, en el lavatorio de los pies a sus discípulos, cuando Pedro pide ser enteramente lavado para tener parte con Jesús, Jesús responde: «Ustedes están ya limpios, aunque no todos» (Jn 13,10). Había uno en cuyo corazón la Palabra de Dios, anunciada por Jesús, no había encontrado acogida. Ése no estaba limpio: «Jesús sabía quién lo iba a entregar y por eso dijo: “No están todos ustedes limpios”» (Jn 13,11).

Por último Jesús expresa en modo de promesa el resultado de esa inserción en él: «Si ustedes permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán». Si no es tan evidente para nosotros que podamos obtener todo lo que pidamos, es porque no cumplimos plenamente la condición –permanecer en Cristo y sus palabras en nosotros–; pero si preguntamos a cualquiera de los santos, esa promesa de Jesús es evidente para ellos. Por ejemplo, el santo Padre Pío dijo: «Vamos a edificar aquí un hospital que acogerá enfermos de todo el mundo» y al poco tiempo el hospital estaba construido. Santa Teresa de Jesús decía en cualquier parte de España: «Hay que fundar aquí un monasterio de carmelitas descalzas» y al poco tiempo el monasterio estaba fundado. Lo mismo se puede decir de todos los santos. Ellos cumplían la condición y Dios recibió abundante gloria de ellos.

† Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles